efectivamente: está claro que hay algo más que no nos van a contar..
pues eso:
Juan Manuel de Prada - Lo que Epstein esconde
A simple vista, uno puede creer que los archivos de Epstein tan sólo revelan la existencia de un pequeño grupo de personas inmensamente ricas y poderosas que vivían según sus propias reglas, probando todos los frutos prohibidos. Pero lo cierto es que en los archivos de Epstein aparecen cientos de personas, de procedencias geográficas y dedicaciones variopintas, una turbamulta en la que los magnates se alternan con los científicos, los políticos o los cineastas. Todos ellos se caracterizan por ser personas muy depravadas, gobernadas por los peores instintos, pero también por concebir las quimeras más desquiciadas y aberrantes. Se ha hablado mucho de las adolescentes que Epstein captaba para saciar los nefandos apetitos de la patulea que visitaba su isla, pero apenas se ha prestado atención, por ejemplo, a las cenas que Epstein organizaba con expertos en genética (algunos premios Nobel, incluso), donde se hablaba sobre la creación de una 'raza superior' y se defendían nuevas formas de eugenesia; o sobre las investigaciones sobre 'mejora de la especie humana' que el propio Epstein financiaba; por no hablar –en un plano más chusco o delirante– de esos correos electrónicos que cruzaba con supuestas eminencias de Harvard discutiendo métodos para criogenizar su cadáver, con especial fijación por su patética polla, que deseaba revivir para poder seguir 'sembrando' su ADN sobre la humanidad futura.
No cabe duda de que Epstein, si no era un poseso, era desde luego una persona muy seriamente infestada. Y, al mismo tiempo, era un pobre diablo obsesionado con la promesa de la antigua serpiente: «Seréis como dioses». Esta soberbia del hombre que se endiosa y se encarama en el trono divino es la gran tentación diabólica; e indudablemente era la aspiración última de este tarado narcisista, que había diseñado un plan de inseminación de mujeres que convertirían su rancho en una 'granja de bebés' evolucionados genéticamente. Y, a la vez que aspiraba a crear esa estirpe olímpica, Epstein había convertido su isla en una trampa irresistible para incautos, un panal de rica miel al estilo del que Samaniego nos describe en su célebre poema: «A un panal de rica miel/ dos mil moscas acudieron,/ que por golosas murieron/ presas de patas en él. [...] Así, si bien se examina,/ los humanos corazones/ perecen en las prisiones/ del vicio que los domina». Y el vicio que dominaba a las dos mil moscas atraídas por el panal de Epstein era la lujuria, casi siempre en sus variantes más perversas y menoreras. Como los demonios, Epstein se servía de las debilidades humanas para atraer a las gentes a las que deseaba someter.
Aquí podríamos preguntarnos por qué las élites están cada vez más acaparadas por gentes desaprensivas y degeneradas, criminales de la peor calaña sin límites morales de ninguna clase; lo comprobamos a nivel autóctono cada día, lo probamos cuando desviamos la vista allende nuestras fronteras. La respuesta es muy sencilla: cuando uno clava la vista en el cielo, cada vez se eleva más; cuando la fija en el barro, cada vez se entierra más en la podredumbre. Y las democracias occidentales, que son religiones antropoteístas, acaban exaltando los apetitos más rastreros y rebajando los impulsos más nobles: de ahí que los derechos de bragueta se hayan convertido en su motor íntimo y en su finisterre último. Así que es inevitable que una religión antropoteísta acabe encumbrando, lo mismo en el trono que en la academia, a auténticas alimañas que necesita para seguir 'evolucionando' hacia el corazón de las tinieblas, hacia Ctulhu, hacia Gog y Magog. A la postre, una horda –que es el destino último de los pueblos que dejan de mirar al cielo– debe ser gobernada por los satanes más bajos.
Aunque los medios de cretinización de masas traten de ocultarlo con todo tipo de piruetas y contorsiones, Epstein y Ghislaine Maxwell no eran simples extorsionadores que buscasen ordeñar a las moscas que caían presas en su panal de rica miel. El padre de Ghislaine, el turbio magnate Robert Maxwell, fue enterrado sacrílegamente en el Monte de los Olivos en Jerusalén con honores de Estado, en un funeral o aquelarre al que asistieron primeros ministros y gerifaltes de los servicios secretos israelíes. Tras su muerte, se supo que Maxwell había sido agente del Mossad durante décadas; y resulta evidente que su hijita 'heredó' y continuó la labor proterva del padre, utilizando al tarado de Epstein como socio financiero. En este sentido, conviene reparar en el giro belicista del berzotas de Trump, convertido en un pelele en manos de Netanyahu, que lo ha obligado a santificar sus desmanes en Gaza y, no contento con ello, lo empuja a asumir causas tan fétidas como el ataque a Irán, que a Trump sólo pueden acarrearle calamidades.
Pero, más allá de que Trump sea un pobre pelele en manos de Israel (como antes lo fueron otros presidentes gringos, tanto republicanos como demócratas), sorprende la 'diversidad' de la patulea que concurría en la isla de Epstein. Encontramos escoria de todas las ideologías y procedente de todos los ámbitos de poder; es como si quienes diseñaron el panal de rica miel quisieran asegurarse de que nunca se supiese la verdad; pues, si tal cosa ocurriese, el inicuo orden mundial se derrumbaría enteramente. Con los archivos de Epstein ocurrirá a la postre lo mismo que ocurrió con la última crisis económica, en la que a la postre los conglomerados financieros eran 'demasiado grandes para caer' y, para evitar que su caída derribase los castillos en el aire de la economía financiera, se repercutieron todas las calamidades sobre la sufrida economía real. Así ocurrirá con los archivos Epstein, cuyo completo desvelamiento desenmascararía la infestación demoníaca que sufren las élites que nos gobiernan; y cuyo desvelamiento parcial sólo servirá para que terminemos aceptando las aberraciones más malignas como el líquido amniótico de nuestras vidas.
Hay mucha gente que, cuando pretende localizar la última instancia del mal en las urdimbres secretas que gobiernan el mundo, necesita recurrir a grotescas teorías conspirativas y complots de ámbito universal, planificados por organizaciones secretas, olvidando remontarse hasta un complot todavía más secreto y tentacular de naturaleza preternatural. Como escribía Charles Baudelaire en su diario íntimo: «La mejor astucia del Demonio es persuadirnos de que no existe».