Holocausto en el Campamento 22
Responsabilidad colectiva. La primera vez que escuché el término fue
hace más de una década en boca de un refugiado norcoreano. Explica la
política del régimen de Pyongyang de extender el delito de subversión a
toda la familia del acusado e incluso a sus vecinos. El razonamiento es
simple: el opositor ha contaminado ideológicamente a su entorno,
cuyos miembros deben responder por no haber prevenido las grietas en el
sistema de pensamiento único. Hasta tres generaciones de una misma
familia -abuelos, padres e hijos-, cuando no los residentes de un bloque
entero, son enviados juntos a prisión.
Los exiliados norcoreanos llevan años describiendo la aplicación de la Responsabilidad colectiva, ejecuciones
en grupo, abortos forzados de fetos que también se consideraban
genéticamente contaminados, ensayos de armas químicas en presos o la
existencia de campos de concentración con decenas de miles de presos
políticos. La reacción inicial al escucharlos suele ser la misma con
la que se recibieron las primeras noticias sobre Auschwitz. Debe haber
un error. Exageran. Nadie sería capaz...
No hay, sin embargo, contradicciones ni fisuras en los relatos.
Sorprende en cambio la similitud y concreción de los detalles, a pesar
de ser ofrecidos por personas que no se conocían entre ellas, procedían
de partes diferentes de Corea del Norte y habían estado en diferentes
prisiones. Entonces empiezas a pensar que es posible: que en pleno siglo
XXI, el de la información y la tecnología, Pyongyang esté llevando a
cabo una masiva limpieza ideológica y logrando, además, que pase
desapercibida para el resto del mundo.
Zonas de Control Total
Esta semana se han hecho públicas fotografías por satélite que confirman
y ofrecen nuevos detalles sobre los campamentos de concentración
norcoreanos, conocidos como "Zonas de Control Total". La claridad de las
imágenes ha permitido, junto a la información de funcionarios que
trabajaron en ellos, identificar el lugar exacto donde se encuentran los
centros, incluido uno situado en la norteña región de Hoeryong. Es el C-22, denunciado desde hace décadas y donde las organizaciones de Derechos Humanos calculan que podría haber encerradas hasta 50.000 personas.
Kwon Hyok trabajó como administrador en el C-22 antes de abandonar su
puesto y cruzar la frontera, pidiendo asilo en Corea del Sur. Su voz es
especialmente valiosa porque no viene del legítimo resentimiento de la
víctima, sino del arrepentimiento del verdugo. Kwon asegura haber
participado en pruebas que incluían el gaseado de presos para comprobar
los efectos de las armas químicas del régimen. "No sentía nada", ha
confesado al describir la pasividad con la que vivió las ejecuciones.
"Me habían convencido de que eran los enemigos del Estado y debía
aplastarlos".
La indiferencia con la que el mundo suele recibir declaraciones como las
de Kwon, pruebas materiales como las últimas imágenes de Google Earth o
los testimonios de los supervivientes demuestran la facilidad con la
que se olvidan las lecciones del pasado, en el caso de que hubieran sido
aprendidas en primer lugar. Toda esa evidencia indica que los
norcoreanos están padeciendo purgas similares a las que vivió la Unión Soviética de Stalin o la China maoísta de la Revolución Cultural (1966-1976). Y todo, sin que ocupe apenas la atención en foros internacionales o medios de comunicación
El silencio se explica en parte por el aislamiento del último Estado
estalinista del mundo y las dificultades de acceso de la prensa. Pero
hay otras razones: Corea del Norte mantiene intimidada a la comunidad
internacional con sus armas nucleares, la creciente capacidad de sus
misiles de largo alcance y un calculado comportamiento errático con el
que envía el mensaje de que sus acciones son impredecibles. Es el matón
del patio del colegio, al que todos rehúyen. La política de
apaciguamiento de surcoreanos, japoneses, europeos y estadounidenses ha
sido interpretada por Pyongyang como una señal de que nada de lo que
haga tendrá consecuencias, empezando por el maltrato de su pueblo.
Los gulags norcoreanos fueron creados en los años 70
por el fundador de la patria y Presidente Eterno Kim Il-sung, ampliados
por su hijo Kim Jong-il y mantenidos estos días por el tercero de la
dinastía, Kim Jung-un. El joven Kim, de quien se cree que no ha cumplido
los 30, en el poder desde hace un año, es la esperanza reformista de
Occidente, a pesar de que mantiene invariable el sistema totalitario de
sus antecesores.
El país sigue siendo una inmensa cárcel para sus 23 millones de
habitantes. Altavoces repartidos en cada calle, plaza y edificio
despiertan a la población con loas al líder. Todos los ciudadanos llevan
un pin con la imagen de uno de los tres Kim. El gulag espera no solo a
quienes critican al régimen, sino a los que no le muestran suficiente
devoción. Corea del Norte es, de lejos, el lugar menos libre y
políticamente más reprimido del mundo.
Pero hasta los dirigentes norcoreanos saben que ni siquiera la
propaganda o el aislamiento pueden garantizar la supervivencia de una
dictadura. Todas, tarde o temprano, terminan cayendo. De ahí medidas
como la Responsabilidad colectiva. La política del castigo general anula
incluso a los disidentes que podrían mostrar mayor coraje, los que
están dispuestos a pasar largas temporadas en la cárcel o a arriesgar la
vida. Las consecuencias de sus actos serán pagadas por su pareja, sus hijos, sus padres e incluso amigos.
Los brotes de rebeldía son así cortados de raíz, extendiendo un sistema
de espionaje comunitario en el que todo el mundo espía a todo el mundo.
Nadie se fía de nadie. Y la más mínima sospecha es denunciada, porque
no hacerlo podría suponer el fin propio.
Nacer y crecer en el campo de concentración
El resultado es que la mayor parte de las cerca de 200.000 personas que
están encerradas en los campos norcoreanos, según fuentes de la
disidencia, probablemente nunca se opusieron al régimen. Han sido
condenas por si acaso. Algunos, como Shin Dong Hyuk, ni siquiera llegaron a entrar en el campamento. Nacieron en él como consecuencia de la política de Responsabilidad colectiva.
El padre de Shin fue condenado a cadena perpetua como responsable
subsidiario de la huida del país de sus dos hermanos en 1965. Años de
buen comportamiento le valieron un permiso especial para contraer
matrimonio con una reclusa y Shin fue el resultado de esa relación. El
joven pasó los 22 primeros años de su vida en el Campamento 14, situado
en Kaechon, donde asistió a la ejecución de su madre y de uno de sus
hermanos y vio como torturaban a su padre hasta dejarlo permanentemente
lisiado.
Shin Dong Hyuk logró escapar a Corea del Sur en 2005. Las cicatrices de
su paso por el Campamento 14 siguen siendo visibles: la amputación de un
dedo por tirar accidentalmente una máquina de coser al suelo,
quemaduras en la espalda por las torturas recibidas desde que tenía 13 años
y las heridas que se produjo en las piernas al saltar la verja
electrificada de la prisión durante su huida. "Nunca me había planteado
escapar porque no pensé que pudiera existir otra vida más allá. Un
recluso empezó a contarme cómo era todo fuera y juntos decidimos
intentarlo", recuerda Shin, cuyo relato se recoge en su libro
autobiográfico 'Escapada al mundo exterior'. Para él, como para cientos
de supervivientes de los campos de concentración norcoreanos, la
pregunta es cuándo empezará el mundo a creer su historia.
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