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Réquiem por la discoteca Liberty

Réquiem por la discoteca Liberty

Réquiem por la discoteca Liberty
25 de enero de 2013 a las 3:31

Compostelanos, Liberty ha muerto. La mítica discoteca no volverá a abrir como tal porque la noche no da para más. Ni para Liberty ni para al menos otros tres populares locales del Ensanche que en este desdichado mes de enero han cerrado, aunque en esos casos sus propietarios siguen buscando a incautos emprendedores que quieran dar la batalla nocturna. A día de hoy, solo uno de ellos parece tener encauzada su continuidad.

El problema es serio, no hay coñas que valgan. Hablamos de puestos de trabajo, de respetables actividades económicas que con las copas dieron de comer a muchas familias y, en el caso de la discoteca de Alfredo Bañas, de recuerdos borrosos para varias generaciones que la disfrutaron o padecieron, según los gustos, a caballo de cuatro décadas de altibajos. En los 80 tuvo épocas memorables en las que se llenaba de macarras; en las sesiones vespertinas sus sillones acomodaron las inquietas posaderas y los primeros besos de miles de jovenzuelos que ahora podrían contar un par de divorcios; y más adelante, a rebufo del cierre de la discoteca del Araguaney, lo petó en madrugadas en las que se quedaba pequeña para las hordas de universitarios que hacían cola con el objetivo de atravesar el benevolente filtro del difunto Arturo. Desde hace un tiempo funcionaba al trantrán y aunque es difícil fijar el inicio de su decadencia, sospecho que viene de lejos. La decoración estaba trasnochada, nunca mejor dicho, y tampoco destacó por organizar saraos atractivos para anclar a la clientela. Abrían la puerta, sin más, y ya se veía que el menudeo copero solo le daba para ir tirando. Era carne de cañón.

Entendámonos, no estamos hablando de Studio 54 y musicalmente tampoco era Ministry of Sound, ni mucho menos, pero a fuerza de resistir –y no tener que pagar una renta, la espada de Damocles de la hostelería- siempre tuvo un hueco en la desvencijada noche local, que va cuesta abajo. Mamés, que se había fogueado en su local hermano, Apolo, innovó lo justo a los mandos de una cabina en la que los discos que entraban habían sido trillados previamente en las radiofórmulas, pero el servicio era serio y atento, sin estridencias. Quisiera no ponerme sentimental, porque al fin y al cabo se trata de ocio y dinero, pero me da lástima por tipos como José Antonio, el camarero de bigotes y ojos claros. Estoy seguro de que ese hombre, al que hace unos días le dijeron que no volviera a su trabajo, tiene el récord de copas servidas en la capital gallega. Una noche me contó que había empezado con Agrasar, el primer propietario, por lo que llevaba allí tanto tanto tiempo como la puerta. Poco después, más o menos cuando otro bigotudo entraba en el Congreso de los Diputados pistola en mano, la adquirieron Blanco y Ferrol, empresarios naturales de Santa Comba con fuertes conexiones en Brasil que ya están de vuelta en el mundo de los negocios. En los últimos años intentaron dinamizar el local con una gerencia renovada y también buscaron gestores pujantes que se hicieran cargo, pero ahora parece que tienen intención de explorar otros usos para el espléndido bajo. Con todo, siempre cabe la posibilidad, remota, de que algún loco quiera coger las riendas para darle otra oportunidad a la música.

Va a ser un año repleto de obituarios nocturnos, ya lo adelanto. Unos irán claudicando por inanición, otros por la presión de las autoridades, que están acojonadas desde lo del Madrid Arena, y la mayoría cambiarán de manos buscando la reencarnación en un futuro cada vez más desfigurado. Me atrevería a decir que ninguno aguantará los treinta y pico años de Liberty, una de las pocas discotecas que mantenía el ritual de cerrar la sesión nocturna con la misma canción: el premonitorio Ojalá de Silvio Rodríguez. Maldita crisis, ojalá pase algo que te borre de pronto.

Buenas noches.

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