La inaplazable por necesaria liberización farmacéutica
PP,
PSOE y farmacéuticos establecidos no quieren aumentar la competencia
permitiendo la libre apertura, porque eso disminuiría los ingresos de
los actuales propietarios de farmacias
MÁS de seis millones de parados. Esa es la cifra oficial de la más
lacerante sangría de cuantas padece nuestro país. Seis millones de
personas son muchas personas. Muchas familias. Muchos proyectos de vida.
Muchas ilusiones rotas. Y muchas situaciones de extrema necesidad
física y de extrema humillación psicológica. Frente a esto, el Gobierno
de la nación debe hacer algo. Si todo se limita a subir impuestos a
quien todavía produce, y a recortar prestaciones a quienes ya no pueden
producir, más pronto que tarde el sistema se colapsará. Por eso, a
finales del año pasado, hemos tenido conocimiento de ciertos proyectos
legislativos que el Gobierno se propone acometer para incentivar el
movimiento económico que, se quiera reconocer o no, es la base sobre la
que pivota el sistema fiscal. Dicho de otro modo, pagar impuestos está
bien, a condición de que haya quien los pague.
Pues bien, una de esas iniciativas es el conocido como APL (anteproyecto
de ley) de servicios profesionales, dado a conocer el 20/12/2012. En
ese texto se hace referencia fundamentalmente a tres profesiones: La de abogado/procurador, la de arquitecto/arquitecto técnico y la de farmacéutico de oficina de farmacia. Ocupémonos de la profesión de farmacéutico:
Desde el 24 de enero de 1941, en España quedó limitado el número de farmacias por Decreto.
Desde ese día, ha sido cada vez más difícil abrir una nueva farmacia.
Todas las normas estatales y autonómicas que regulan la apertura de
nuevas farmacias obedecen, de una u otra forma, a obstaculizar lo más
posible estas aperturas, y todas intentan que si hay que abrir un poco
la mano, las nuevas boticas vayan a parar a manos de amigos o allegados.
En la mayoría de los casos, las nuevas farmacias son para quienes
transmitieron la suya a su recién licenciado hijo/a (o tal vez la
vendieron en el mercado de licencias de farmacia), y optaron por una
nueva alegando sus dilatados méritos profesionales, los cuales no pocas
veces se resumen en la tenencia de uno o varios farmacéuticos adjuntos
llevando su botica, mientras ellos disfrutan de la vida con un
refinamiento exquisito.
Bien, pero el paro sigue subiendo y las cotizaciones a la seguridad
social, en consecuencia, siguen bajando. ¿Y qué creen ustedes que se le
ocurre al ministro De Guindos, persona de notables implicaciones
familiares en el mundo de la farmacia? Nada más, y nada menos, que
reconocer en el texto que comentamos que la competencia crea empleo y
bienestar, y que, en consecuencia, proyecta permitir la entrada de
capital no farmacéutico en la farmacia. Dicho de otro modo, plantea
permitir que personas y sociedades sin titulación universitaria en
farmacia puedan ser propietarias de este tipo de establecimientos, cosa
que ahora mismo no es posible, con la salvedad de una proporción de
capital que permite la ley de sociedades profesionales.
De Guindos plantea mantener el oligopolio, pero modificando la cualidad
de los oligopolistas. Y ante este proyecto legislativo, los
farmacéuticos establecidos salen en tromba a cargar contra el Gobierno
porque pondría (sic) «la salud pública en manos del Gran Capital -así,
en mayúscula, como si se tratara de una tesis sobre Marx-, que sólo
busca el beneficio económico».
Sin embargo pocos saben que en el informe sobre Sanidad que Rajoy
encargó hace ya más de un año a sus más directos colaboradores, había un
apartado específico que versaba sobre la necesaria reforma
farmacéutica. Ese informe apuntaba sin reservas hacia el modelo
navarro de farmacias, que básicamente es un modelo que garantiza las
farmacias necesarias, y a partir de ahí otorga libertad de
establecimiento a todo farmacéutico que quiera establecerse, con un
límite cuantitativo bajísimo como cláusula de cierre. En suma,
frente al modelo español que garantiza clientes a las farmacias, el
modelo navarro garantiza farmacias a los pacientes.
En este punto, el lector se preguntará: «Si el modelo que propicia
nuevas aperturas es el navarro (constatado además por 12 años de
experiencia sin menoscabo sanitario alguno, sino todo lo contrario),
¿por qué razón ni De Guindos lo propone como fórmula competitiva, ni los
farmacéuticos establecidos reconvienen al Gobierno con esa propuesta
ante la «amenaza sanitaria» que supone la llegada del «Gran Capital?».
¿Y por qué el PSOE, que conoce el modelo navarro, no lo opone como
fórmula alternativa en lugar de sólo quejarse de que entrará ese gran
capital que es tan pernicioso, que luego coloca a todos sus dinosaurios
de la política?».
¿Qué sentido «competitivo» tiene mantener intacta la restricción del
número de farmacias y limitarse a cambiar la cualidad de los futuros
oligopolistas? Desde luego, incrementar la competencia no, pues el
número de farmacias no aumentará. ¿Qué sentido tiene que el PSOE y los
farmacéuticos establecidos, conocedores del modelo de mínimos, no lo
abanderen para evitar la implantación de esa plaga egipcia que son las
multinacionales?
La respuesta a todas estas preguntas sólo puede ser una. A saber: PP,
PSOE y farmacéuticos establecidos no quieren incrementar la competencia
permitiendo la libre apertura, porque eso disminuiría los ingresos de
los actuales propietarios de farmacias. Si De Guindos realmente
piensa hacer «esa concesión» a las grandes cadenas, ha sido por
imposición de Bruselas, no por incrementar la competencia ni, desde
luego, para mitigar el lacerante problema del empleo.
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