Lo que no se dice sobre Bangladesh
Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Dominio Público” en el diario PÚBLICO, 23 de mayo de 2013
Este artículo analiza las causas de la pobreza en Bangladesh,
cuestionando muchas de las argumentadas en los mayores medios de
información. El problema mayor que tiene Bangladesh (el país más
pobre del mundo junto con Haití) no es la falta de recursos, sino el
control sobre estos recursos. Bangladesh no es un país pobre, aunque la
mayoría de la población lo sea.
Cuando usted vaya a comprarse una camisa o cualquier producto textil,
mire donde está hecho el producto. Verá que la gran mayoría procede de
países mal llamados pobres (en realidad tienen grandes cantidades de
recursos, por lo general, controlados por intereses financieros y
económicos extranjeros) donde los seres humanos que los producen viven y
trabajan en condiciones misérrimas. Uno de ellos es Bangladesh. Este
país es sumamente rico. Su tierra, extremadamente fértil, puede producir
suficiente alimento para poder satisfacer las necesidades nutritivas de
una población veinte veces superior a la actual. Y a pesar de ello, la
mayoría de la población, y muy en particular la que vive en las zonas
rurales (82%), que constituye la mayoría, está malnutrida, con amplios
sectores experimentando hambre. En realidad, Bangladesh es
considerado, junto con Haití, el país más pobre del mundo, lo cual
quiere decir que es el país que tiene un mayor porcentaje de población
pobre, a pesar de que los datos muestran que Bangladesh (así como Haití)
tiene los recursos para salir de la pobreza (ver “Cólera en Haití”, El Plural, 16.12.12; y “Continúa el escándalo del cólera en Haití” Público, 27.02.13).
No
es, pues, la falta de recursos la causa de su pobreza, sino el control
de estos recursos. El 16% de los propietarios de tierra controlan el 60%
de toda la tierra, la cual cultivan para producir alimento que se
exporta a los países llamados “desarrollados”. Esta casta de terratenientes se alía y está
al servicio de compañías agropecuarias extranjeras que dirigen la
explotación de la tierra (es decir, lo que se produce, cómo se produce y
cómo se distribuye).
Esta estructura productiva es la que se reproduce por un sistema
político que teóricamente se define como democrático y representativo:
tiene incluso pluralidad de partidos políticos y elecciones
parlamentarias. Este sistema, sin embargo, está influenciado enormemente
por el bloque de poder financiero-económico-político constituido por
los grandes terratenientes del sector agrícola, que son los que en
realidad gobiernan aquel país. Esta enorme concentración de la
propiedad de la tierra crea una enorme pobreza. Y la gran mayoría del
alimento que se produce se consume fuera del país.
Esta oligarquía agrícola está aliada con otros intereses domésticos
ligados también a las grandes compañías extranjeras que realizan su
producción en Bangladesh a unos costes laborales bajísimos. La
población pobrísima expulsada del campo acepta salarios misérrimos, pues
no hay otros disponibles. Esta estructura económico-política dictamina
que la gran mayoría de la población trabajadora esté totalmente
desprotegida, lo cual ocurre en todos los sectores productivos de la
economía, incluyendo el textil. Este sector está controlado por
las grandes compañías textiles que hoy dominan el mercado internacional,
tales como Benetton, H&M o Mango entre muchas otras, y una larga
lista de cadenas internacionales de distribución y comercio, como El
Corte Inglés, que están todas ellas en Bangladesh por el bajísimo coste
de los salarios de los trabajadores (21 céntimos por hora) que trabajan
en unas condiciones miserables, en fábricas carentes de los más mínimos
requisitos de seguridad. Desde 2005 han muerto más de setecientos
trabajadores en incendios en fábricas. El más reciente, hasta hace
unos días, fue el fuego de la fábrica textil de Tazreen, que ocurrió el
pasado 24 de noviembre de 2012, tal como indica David Bacon en su
artículo “Bangladesh disaster: Who Pays the Real Price for your Shirt?”.
The Progressive (26.04.13). En aquel incendio 112 trabajadores
perecieron, un número elevadísimo para un accidente de esta naturaleza. Y
la causa son las pésimas condiciones en las que se encuentran las
fábricas. Ninguna de ellas tiene salidas de emergencia (en realidad
todas las puertas están cerradas con llave para evitar la salida de los
trabajadores, excepto en las horas de entrada y salida) y no disponen de
extintores de fuego.
En la desgracia que ocurrió hace
unas semanas en Rana Plaza (a 29 kilómetros de Dhaka), donde perecieron
más de mil trabajadores, el edificio se vino abajo debido a que se
abrieron muchas y amplias grietas en las paredes y en los tejados,
aperturas que habían aparecido paulatinamente hasta entonces y que
habían sido denunciadas por los propios trabajadores, siendo sus avisos
ignorados por el propietario del edificio, el Sr. Sohel Rana, que es,
por cierto, uno de los dirigentes del partido gobernante Awami League. Pocos días después del colapso de la fábrica,
20.000 trabajadores de fábricas cercanas a la que se derrumbó se
manifestaron en protesta. La estructura de poder que gobierna Bangladesh
es plenamente consciente de que está sentada sobre un volcán, lo cual
ocurre en la mayoría de los países mal llamados pobres. De ahí la enorme
represión que existe en estos países. Y la policía inmediatamente se
movilizó para frenar y cortar la posibilidad de que se iniciara la
explosión del volcán.
Pero existe otra forma de represión –que apenas ha salido en los
medios-, dirigida por las grandes corporaciones textiles extranjeras
que, aliadas con las élites gobernantes del país, configuran las
intervenciones públicas que sostienen un sistema basado en una enorme
explotación. Y me estoy refiriendo a la gran industria certificadora
(que maneja 80.000 millones de dólares) que trabaja para estas compañías
textiles. Estas compañías protegen a las compañías explotadoras,
defendiéndolas legal y mediáticamente, minimizando y trivializando el
daño y la participación de las mismas en la contratación de aquellas
fábricas. Detrás de cada corporación (sea textil o no) existen compañías
de certificación que intentan minimizar los costes (incluyendo los
costes mediáticos de imagen) que estos desastres suponen para las
compañías.
¿Qué puede hacerse frente a esta situación?
Muchas cosas:
1. Denunciar la situación de manera que la
movilización ciudadana en los países importadores de estos productos
boicotee los productos procedentes de lugares donde exista empleo en
condiciones que deberían considerarse inaceptables. Las empresas que
utilizan estos productos están entre las más rentables hoy, beneficios
que se están consiguiendo a base de una enorme explotación. Varias
cadenas de televisión en los países nórdicos han dejado de ofrecer
espacio de promoción a las industrias textiles que trabajan en
Bangladesh, incluida Suecia, contra H&M, industria textil sueca.
2.
Establecer normas en el comercio internacional, para que las
condiciones salariales y laborales, así como la existencia de derechos
humanos, como el de sindicalizarse, sean respetados, considerándolos
como condiciones indispensables para permitir el comercio.
Estas
intervenciones son las que ahora se están explorando para paliar la
enorme explotación que está ocurriendo en los países mal llamados
pobres. Estas intervenciones incluyen muchas que son bien intencionadas y merecen aplicarse. Pero hay
que ser conscientes de que son claramente insuficientes, pues la raíz
del problema es la enorme mala distribución de poder que existe en estos
países, donde hay unas minorías enormemente poderosas, en alianza con
grandes corporaciones (mal llamadas multinacionales, pues están todas
ellas basadas en un Estado-nación, el cual las protege en sus
intervenciones públicas).
Lo que debería ocurrir es una
enorme redistribución de los recursos de los que tales países ya
disponen, de manera que la demanda doméstica fuera el motor de la
economía, en lugar de las exportaciones, las cuales solo benefician a
sectores muy limitados de la población. El caso de China, que era,
antes de que lo fuera Bangladesh, el proveedor de trabajo pésimamente
pagado a las industrias textiles, muestra las grandes limitaciones de
una economía orientada a las exportaciones. El llamado “milagro
económico” chino se basa en una enorme opresión de las clases populares,
con un claro ataque a su bienestar social, como muestra el aumento de
la mortalidad infantil en las áreas rurales donde vive la mayoría de la
población. Un tanto semejante ocurre ahora en Bangladesh.
El
modelo basado en las exportaciones –que es el modelo neoliberal- se ha
experimentado ya en América Latina, en África y en Asia, y ha sido un
fracaso. Aparece sobre el papel como un gran éxito, pues el PIB
crece de una manera muy marcada (tanto como crece el sector exportador)
y, como consecuencia, el PIB per cápita promedio crece también muy
significativamente. Pero los promedios no incluyen información sobre la
distribución. En todos estos países ha habido una gran absorción de la
riqueza por parte de unas minorías que controlan el poder político a
costa del empobrecimiento de la mayoría de la población.
Y
la evidencia científica que avala lo dicho es abrumadora. Los únicos
países que han salido de la pobreza han sido los países que han llevado a
cabo medidas redistributivas que aumentaron la capacidad adquisitiva de
la población, convirtiéndose, con ello, la demanda doméstica en el
mayor motor de la economía.
Y ahí está la raíz del problema que se evita que aparezca en los mayores medios de información.
Si el gobierno de un país mal llamado pobre tomara estas medidas
redistributivas, inmediatamente originaría una enorme hostilidad en los
centros de poder de los países llamados desarrollados, hostilidad
debida, en parte, al enorme poder que las compañas ligadas a la
exportación tienen sobre los Estados de estas transnacionales (repito,
mal llamadas multinacionales) y también en parte al poder de las clases
más adineradas de los países desarrollados, que se solidarizan con las
clases adineradas de los países mal llamados pobres. A ambos les entra
pánico cuando oyen hablar y/o ven experiencias exitosas de
redistribución de recursos, que perciben (correctamente) que afectaría
negativamente a sus intereses. Es lo que mi amigo Jeff Faux, fundador del Economic Policy Institute, dijo en su momento:
“la alianza de clases de los poderosos en el mundo”. Pero de esto,
usted, lector, no leerá nada en los diarios, ni verá en la televisión.
Una última observación. La manera como se ha ido llevando la
globalización en el mundo, bajo el criterio neoliberal, no ha
beneficiado al mundo del subdesarrollo (véase Bangladesh), ni al mundo
desarrollado (véase la destrucción de la industria textil catalana).
Tiene que revertirse esta globalización, desglobalizando la economía
internacional, creándose zonas regionales (como el MERCOSUR) y de
integración económica de parecido nivel de desarrollo, evitando la
reducción de salarios como medidas competitivas (la típica solución
liberal), tema del que he escrito extensamente (ver mis dos libros
en Ariel Económica, “Globalización económica, poder político y Estado
del bienestar” y “Neoliberalismo y Estado del Bienestar”) y del cual
escribiré en otro artículo.
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