Abolir el Estado mejora las carreteras, de Brad Edmonds
Mire en el reverso de su tarjeta bancaria o de débito. Mire también en
la de crédito. Quienquiera que sea su banco, en el reverso de la tarjeta
verá los logotipos de otras entidades – Cirrus, Plus, quizás otras.
Cirrus es un sistema de gestión bancaria de Mastercard; Plus es de Visa;
así hay muchas. Existe cooperación entre compañías, y los gerentes de
redes son independientes. Por ejemplo, las tarjetas de débito de Visa
tienen un logotipo de Cirrus en su reverso.
Esto significa que usted puede usar su tarjeta de débito obtenida en
pequeño banco local con tres sucursales para obtener dinero en efectivo
de un cajero a lo largo de todo el país. Sí, cada banco le carga uno o
dos dólares de comisión. Deben hacerlo. Un solo cajero cuesta 100.000
dólares, cuesta dinero mantenerlo y administrarlo (empleados tienen que
poner dinero en él, y retirarlo a diario), y les cuesta a los bancos
propietarios alquilar Cirrus para que circule el dinero.
Más importante es lo que aprehendemos de las habilidades del mercado.
Una de las objeciones a la privatización de las carreteras es que
tendríamos que parar en un peaje en cada cruce. Un viaje de cinco
minutos al supermercado requeriría, para mí, tres peajes, 75 centavos, y
llegarían a convertirse en ocho minutos, si tenemos en cuenta dicha
objeción. Pero esto no es así, y he aquí el porqué:
Nuestro tiempo está valorado en peniques. Cirrus y Pulse nos cargarían,
conjeturando en exageración, tres o cuatro dólares por proveernos de
cintas magnéticas codificadas para nuestros coches. Maquinas instaladas
sobre las carreteras, o sensores bajo el pavimento, contabilizarían sus
desplazamientos. La información se transmitiría a Cirrus y a Pulse, y de
ellas a sus proveedores de carreteras. Podría contratar el servicio en
bonos de tres o cuatro meses, dependiendo de los medios de su proveedor.
Algunos propietarios de carreteras, en los bosques, seguirían teniendo
garitos de peaje, lo cual funcionaría a las mil maravillas – menos
tráfico y un ritmo de vida más sosegado hacen que no sea un problema de
gran importancia. Uso peajes a veces en Atlanta, y el retraso sólo es de
unos pocos segundos.
No piense que sus gastos saldrían disparados, recuerde que las empresas
privadas, las cuales tienen que satisfacer a los consumidores para
permanecer en el comercio, proveen todo a mejor calidad y menor precio
que el Estado, sin la repugnante inyección moralista de forzar a la
gente a pagar aquello que no desea utilizar. El precio que usted paga
por la gasolina probablemente contiene 50 céntimos por galón de
impuestos para sufragar la carretera y su mantenimiento. Esto significa
que, actualmente, estoy pagando unos 25 o 35 dólares mensuales por el
uso de las carreteras. Con su privatización, los costes con total
seguridad bajarían considerablemente. Esto ocurre siempre que algo es
movido de las manos estatales a las privadas.
Hay otros beneficios que seguirían a la privatización de las carreteras.
Las carreteras privadas existentes actualmente tienen menos accidentes
que las públicas, en parte probablemente porque están mejor mantenidas:
Si los constructores de carreteras privadas permiten que permanezcan
baches, ganan reputación de tener altos porcentajes de accidentes o
realizan reparaciones durante las horas punta de tráfico, deben vérselas
con las demandas y con la decantación de la gente por otras carreteras.
La contaminación de los automóviles y su control serían regulados
gracias a la privatización de las carreteras. Si la polución aumenta,
los individuos residentes cerca de las carreteras contaminantes
demandarían al objetivo más obvio: El propietario de la carretera. Estos
por consiguiente cobrarían más a aquellos coches que no hubieran pasado
una correcta revisión. Las fábricas de automóviles instalarían
controles de polución en los coches y anunciarían lo bien que funcionan,
como actualmente hacen Toyota y Honda. Lo realizan, pero con las
regulaciones de niveles de polución del Estado y diciéndonos que tipos
de controladores y de que empresa usar. Sin la interferencia
gubernamental los ingenieros serían libres para proveer diferentes
tecnologías para reducir costes y mejorar la potencia ofreciendo a la
vez motores menos contaminantes. Con el justificante de revisión
codificado en su vehículo señalando edad, fabricante y modelo, habría
una cláusula separada de polución en su declaración mensual. Los
conductores de los nuevos Hondas tendrían un descuento mientras que los
de coches antediluvianos pagarían mayores precios que el estándar de los
peajes.
¿No es grandioso el mercado? Sólo soy una persona describiendo las
previsibles soluciones del mercado; imagine lo eficiente que serían 280
millones de mentes trabajando al unísono.
La realidad continúa proveyendo aparentemente obstáculos en la mente de
los estatistas: ¿Qué hay sobre las nuevas carreteras y su dominio legal?
De nuevo el mercado viene al rescate. Primero, puesto que las
carreteras existen, el comienzo no involucraría más que a los
empresarios interesados. (¿A quién pagarían cuando compraran las
carreteras? A los acreedores del Estado. Una vez que el Estado vende
todas sus tierras, la deuda estará pagada completamente. Incluso de esta
manera, los nuevos caminos están siendo construidos en todo momento por
los promotores inmobiliarios que compran la tierra y la destinan a los
nuevos usos. Ellos construyen nuevas carreteras en su propiedad.
La tierra a través de Estados es barata en algunos sitos y cara en
otros. Las anchas rurales interestatales no serían un problema. (Habría
alguna correlación entre los peajes y la calidad/congestión). Los
precios serían más altos donde los propietarios de la autopista no
tengan competencia, y más bajos donde la gente tuviera alternativas. Si
los precios de los tramos de autopista suben excesivamente, la gente
usará aviones, trenes y autobuses, y de esta forma los propietarios de
las autopistas se verán forzados a bajar los precios. (Si piensas que
viajas gratis por la autopista, piensa de nuevo; estás pagando por los
impuestos de la gasolina uno o dos céntimos por milla actualmente).
Cualquiera que quisiese construir una nueva carretera interestatal
tendría el gran obstáculo de comprar tierra que posiblemente abarque
cientos de millas. Ampliar y ensanchar las carreteras existentes seria
más viable. En Los Ángeles y otras ciudades grandes donde el tráfico
está constantemente entorpecido, los dueños de las pistas tendrían,
estarían incentivados, y tendrían los suficientes fondos monetarios para
comprar la tierra adyacente a las carreteras para que se puedan
ensanchar. Los dueños también tendrían motivo para mejorar los
intercambios, tal como el Spaghetti Junction en Atlanta. Las pistas, en
general, mejorarían. (Yo le entreviste a un ingeniero de pistas hace
unos años y me dijo que el diseño circular en las entradas cambia de
radio a propósito, lo cual se caracteriza por tener que constantemente
mover el volante, para “mantener alerta al conductor”. ¿Quien de
nosotros tiene problemas concentrándose durante quince segundos?)
Si no hubiésemos tenido el forzoso gobierno de los últimos 200 años,
¿podría haber surgido el sistema interestatal? No sabemos ni nos
interesa. Sin un sistema interestatal, podríamos estar seguros de que
igualmente tendríamos el comercio y quizás hasta bastante más (cuando se
construyeron los ferrocarriles, financiados en parte mediante subsidios
estatales, bastante tierra entre las costas no fue apropiada y por lo
tanto se mantuvo disponible para su uso. Hoy en día seguiría disponible
si no fuera por el gobierno). Tenemos lo que tenemos. La única manera de
mejorar es abolir el gobierno.
La ultima pregunta: ¿Qué hay del asunto de Cirrus, y el resto, sabiendo
donde estemos? (Al dueño solamente le interesaría el kilometraje). Los
proveedores de servicios garantizarían la privacidad, como lo hacen hoy.
En las estaciones gasolineras, donde se usa la tarjeta de crédito, años
atrás el número completo de la cuenta se solía imprimir en el recibo.
En la gran mayoría, ya no se imprime porque los proveedores de tarjetas
de crédito presionaron a los comerciantes a que modificaran sus
maquinas. Es verdad, sin embargo, que los proveedores de tarjetas pueden
revelar su ubicación a alguna policía privada o agente de compañía de
seguro si es que se presenta una evidencia contundente de que usted ha
cometido algún crimen; el mercado determinaría si es que las compañías
de tarjetas llegarían a hacer eso. Hoy lo hacen. La diferencia es que
podría enjuiciar mas fácilmente a la compañía de tarjeta de crédito así
como a la agencia que investiga los crímenes que al Estado hoy en día.
La mejor manera para mejorar nuestras circunstancias es la de abolir el
Estado.
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