Noruega, el paraíso eléctrico >> Coche Eléctrico
El país escandinavo se ha convertido en el epicentro mundial de la
movilidad ecológica: ostenta la mayor proporción de coches eléctricos
por habitante del planeta, y es también el único mercado donde la
demanda de modelos a pilas supera a la de los térmicos. Tres expertos
analizan las claves del fenómeno, que se sustenta en una amplia variedad
de factores en perfecto equilibrio: desde beneficios fiscales y de
circulación, hasta una producción eléctrica limpia y abundante,
procedente de fuentes renovables, y altas dosis de renta per cápita y
conciencia social.
España, 1.500 coches eléctricos y una población de 47 millones; Noruega,
13.000 modelos y cinco millones de habitantes. España, 435 vehículos
con baterías matriculados en 2012; Noruega, casi 4.000. Y así se podría
seguir… El país escandinavo supera todas las expectativas al hablar de
automóviles a pilas y se ha convertido en una auténtica referencia
mundial, un caso de estudio que analizan con detenimiento gobiernos,
fabricantes y asociaciones. Es la nación con la mayor proporción de
coches eléctricos por habitante (2,6 por cada 1.000; 0,031 en España) y
la zona geográfica en la que alcanzan mayor peso específico: casi un 3%
de cuota de mercado en 2012, en torno al 5% en 2013 y se espera que
supere el 10% a final de 2014, debido a su rápido crecimiento.
Ni siquiera Japón y EE UU, los dos países donde se venden más
eléctricos, logran acercarse a las cifras noruegas. En 2012 las
matriculaciones fueron de 15.000 y 14.200 coches, respectivamente, pero
su porcentaje de penetración sobre el total se quedó en solo 0,28% y
0,10%. Después va Francia, con 5.600 coches en 2012 y una cuota del
0,30%.
Pero, ¿cuáles son las claves que explican semejantes diferencias entre
Noruega y el resto del mundo? Tres expertos las desgranaron en el EVS27,
el mayor congreso mundial sobre el vehículo eléctrico, que se celebró
el pasado noviembre en Barcelona, recalando por primera vez en España. A
modo de resumen, la respuesta es variada y abarca factores sociales,
económicos, políticos, fiscales y energéticos.
Los tres ponentes fueron Harald N. Rostvik, escritor, profesor y
arquitecto, especialista en ecología y sostenibilidad y precursor de los
coches eléctricos en Noruega; Petter Haugneland, responsable de
comunicación de la asociación noruega del vehículo eléctrico, la mayor
de este tipo, con más de 7.000 miembros y 20 años de vida, y Francsico
Carranza, de Nissan Europa, ingeniero y gerente del área de
planificación corporativa y con amplia experiencia en la movilidad libre
de emisiones.
Todos coinciden en señalar que Noruega es un caso único y difícilmente
repetible, que ha creado el caldo de cultivo ideal para la expansión del
vehículo con baterías. Pero también que se puede aprender, y mucho, de
sus particularidades.
Para empezar, el país escandinavo conforma una de las sociedades más
avanzadas y con mejor economía del mundo: tiene la tercera renta per
cápita más elevada (tras Luxemburgo y Catar), uno de los mejores estados
del bienestar y el mayor índice de desarrollo humano del globo. Este
indicador valora el nivel de educación, riqueza y salud de su población,
y sitúa a Noruega en el primer puesto mundial. La conciencia social se
alía así a los presupuestos desahogados, y crea una de las mejores bases
de partida posibles.
También es una nación rica en recursos naturales. Al mismo tiempo que se
coloca tercera como exportador mundial de petróleo (por detrás de Rusia
y Arabia Saudí), potenciando sus ingresos, consigue producir el 98% de
su electricidad de una forma limpia, aprovechando su abundante
infraestructura de generación hidráulica (presas, saltos de agua). La
producción anual llega a 130 o 140 TWh (tera vatios hora), y parece
sobrar electricidad. Según el gobierno, aunque todo el parque móvil
particular fuera eléctrico, bastarían cinco TWh/año para cubrir la
demanda de energía que provocarían estos coches.
La ingente producción abarata los precios de la electricidad (0,11 euros
por kWh) y el alto coste de la gasolina cierra el círculo (1,90 euros
el litro). Además, entran en juego muchos otros beneficios fiscales y de
circulación. Por ejemplo, los modelos eléctricos están exentos de
impuestos, hasta el punto de que cuestan lo mismo, o incluso menos, que
los equivalentes de combustión, que por su parte soportan gran carga
impositiva. Y una vez adquirido el coche, su conductor puede atravesar
peajes y utilizar los transbordadores gratis; evitar atascos
desplazándose por los carriles reservados para el transporte público;
aparcar en la calle sin coste e incluso recargar su modelo en cualquier
poste sin tener que pagar siquiera la electricidad. Y estos beneficios
no han de prorrogarse cada año, como sucede en España, sino que el
parlamento noruego ha establecido que se mantendrán hasta 2018 o hasta
que se alcancen los 50.000 eléctricos vendidos, lo que primero
acontezca.
El resultado es que la demanda de coches eléctricos es mayor que la de
térmicos. De hecho, el pasado octubre el vehículo más vendido en Noruega
fue un modelo a pilas, el Nissan Leaf. En ningún otro país del mundo ha
sucedido algo parecido. Las ventas mensuales rondan las 500 unidades,
casi como en un año en España, y el auge es tan rápido que de 2010 a
2013 en el país escandinavo se han matriculado en torno al 20% de los
eléctricos comercializados en toda Europa: 10.551 frente a 52.729.
Alemania se ha quedado en 7.634, y eso que su población ronda los 82
millones (solo cinco en Noruega).
Los postes de recarga han proliferado en proporción, creando una
adecuada red de abastecimiento energético. En 2009 había apenas 500,
pero en 2013 se han superado ya los 4.000. Y eso en la calle. En el
ámbito doméstico tampoco hay problema, porque buena parte de la
población reside en viviendas unifamiliares, no en edificios, y disfruta
de garaje y poste propios.
Para el profesor N. Rostvik existe otro factor fundamental, que es la
mayor experiencia de Noruega con el coche eléctrico, que roza ya los 25
años. Y es que todo empezó en 1989, con él y otros tres protagonistas,
importando el primer coche eléctrico que pisó Noruega. Se llamaba Larel y
era un Fiat Panda reconvertido a pilas en Suiza. A pesar de sus
repetidos intentos para contactar con el gobierno, para plantearles su
visión de movilidad alternativa y solicitar incentivos, la
administración noruega no les hizo caso y el cuarteto apostó por aplicar
medidas drásticas para recabar su atención: se dedicaron a atravesar
peajes sin pagar, estacionar en zonas prohibidas y producir todo el
ruido y molestias que pudieron. El coche terminó siendo embargado y
subastado para cobrar las multas generadas. Pero la prensa se hizo eco
de sus andanzas y, tras años de lucha, llegaron los frutos. En 1994 se
puso en circulación el primer autobús eléctrico; en 1996 se eliminaron
las tasas a la importación de modelos con baterías y en 1997 se
estableció la gratuidad de las carreteras de peaje para los conductores
de coches a pilas. Y se inició así una bola de nieve que fue rodando y
creciendo con el tiempo, hasta llegar a la actualidad.
Think City
Entre medias, en 1991, se creó una compañía nacional fuertemente
subvencionada, Pivco-City Bee, centrada en el desarrollo de un proyecto
de coche de ciudad eléctrico. La empresa se renombró posteriormente como
Think y, tras cuatro quiebras y salvaciones estatales, cesó su
producción definitivamente en 2011, con su colapso final. En opinión de
N. Rostvik, la marca se adelantó demasiado y el mercado no estaba
preparado todavía para Think. Tampoco se muestra de acuerdo con la
política de subvenciones, que a su modo de ver limitaron el desarrollo y
competitividad de la firma.
Petter Haugneland, por su parte, responsable de comunicación de la
asociación noruega del vehículo eléctrico (NEVA, en sus siglas en
inglés), no comparte del todo la visión de N. Rostvik, porque cree que
el papel de Think fue vital para que Noruega sea hoy referente mundial.
Esgrime que la creación de la compañía permitió que los noruegos
condujeran eléctricos y se habituaran a ellos antes que el resto del
mundo, y que eso otorgó ventajas y oportunidades competitivas a muchos
niveles.
En su exposición en el EVS27, Haugneland analizó también los resultados
de un estudio realizado entre 2012 y 2013 a más de 1.800 noruegos
conductores de modelos eléctricos. Y hay conclusiones llamativas. A
pesar de la famosa conciencia ecológica escandinava, el 41% mencionaron
que su motivación principal de compra fue el ahorro económico, y solo un
29% la ecología o el cuidado del entorno. El 91% se mostró “muy
satisfecho” con su modelo eléctrico, y el 60% volvería a comprar un
vehículo con baterías. Y solo siete de los 1.800 se calificaron como
“insatisfechos” con la movilidad eléctrica. Los beneficios más
valorados, asociados a los automóviles a pilas, fueron, la gratuidad de
los peajes (22,5%), la exención de impuestos en la compra (15%), los
bajos costes de utilización (más del 10%) y la posibilidad de circular
por los carriles del transporte público (menos del 10%).
El perfil tipo del usuario habla de un conductor con estudios
universitarios, ingresos medios-altos, padre de familia y con dos rangos
de edad principales: de 36 a 45 años, el mayoritario, y de 46 a 55. El
80% recarga el coche en su domicilio particular, y cerca de un 60% en el
puesto de trabajo.
El estudio también trataba de identificar cuáles eran los desafíos
pendientes para los conductores habituales, y destaca la ausencia del
precio o coste del coche como factor a mejorar, debido a los beneficios
fiscales del gobierno, que sitúa a los eléctricos en posiciones de
privilegio. Pero casi un 30% argumentaba que precisaría de una mayor
autonomía.
Francisco Carranza, de Nissan Europa, ve en el coche eléctrico una
oportunidad para mejorar la calidad del aire en las grandes ciudades y
reducir también la dependencia del petróleo de los países occidentales.
Dos aspectos importantes, porque la UE gasta a diario mil millones de
euros para satisfacer su necesidad de crudo y muchas capitales superan
con frecuencia los límites de emisiones fijados por la Organización
Mundial de la Salud (OMS).
En los años venideros la problemática se agravará, porque el parque
móvil mundial pasará de los 900 millones de vehículos actuales a una
previsión de nada menos que 2.500 millones en 2050, debido,
fundamentalmente, a la motorización masiva de países emergentes como
Rusia, China e India. Y junto a la tendencia poblacional de concentrarse
cada vez más en entornos urbanos, el panorama no parece que vaya a
resolverse por sí mismo.
Carranza abunda en que el coche eléctrico sigue teniendo sentido incluso
en países donde cuesten más y las ayudas e incentivos sean limitados,
como en España. En su opinión, el sobreprecio de un modelo a pilas
frente a uno de combustión se amortiza en cuatro o cinco años por el
menor coste de la electricidad frente a la gasolina o el gasóleo, que
permite recorrer 100 kilómetros por menos de dos euros, y también por
sus menores operaciones de mantenimiento, que reducen también la
factura.
Considera asimismo que el vehículo con baterías necesita primero de
conocimiento popular y segundo de incentivos, y cree que esta es,
precisamente, una de las grandes diferencias de Noruega frente al resto
de países, porque llevan más de 20 años implicados en la movilidad
eléctrica. Un detalle que ha dado tiempo a la población para entender
las aportaciones del vehículo eléctrico, y también a los políticos para
aplicar medidas de apoyo.
El mercado ha crecido de forma exponencial, y si en 2006 el parque
eléctrico noruego era de 1.600 unidades, en junio de 2013 había crecido
ya hasta las 13.000. El Nissan Leaf es el líder, con un 34% de las
matriculaciones, y de continuar los registros de ventas actuales, el
mercado de modelos a pilas crecerá a razón de unos 6.000 coches por año.
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