La comarca sumergida
El inspector F. G. pasa horas conduciendo por los pueblos de la Vega
Baja del Segura, una comarca al sur de Alicante con casi medio millón de
habitantes y cuna de la industria del calzado español. Conduce por
polígonos industriales y entre las estrechas calles de los cascos
antiguos. “Detrás de esa persiana metálica hay un taller ilegal que ya
desmontamos. En ese otro vamos a entrar dentro de poco”, señala sin
soltar el volante. A veces sigue a furgonetas que reparten el trabajo
entre los talleres, o aparca y se pasea frente a las persianas metálicas
rastreando el ruido de máquinas de coser. “Cada operación se prepara
durante un mes”, asegura.
El miércoles 30 de abril, F. G. y seis hombres de su unidad aparcan
frente a un callejón de Callosa de Segura en el que se oculta un taller.
Es una pequeña puerta abierta junto a una vivienda con la fachada
decorada a base de macetas y estampitas de santos. Con chalecos
reflectantes y cámaras de fotos entran a la voz de “Policía de la
Generalitat. Esto es una inspección. Dejen sus carnés sobre la máquina”.
Las ocho mujeres que cosen zapatos se giran. Una de ellas intenta
escapar por la puerta trasera, pero un agente la intercepta y le pide
calma: “Señora, no se alarme, que no es una delincuente”. El dueño del
taller y su mujer están en la mesa de pegado de suelas. En una vieja
radio suena una melodía pegajosa.
Los agentes apuntan los números de bastidor de las máquinas y toman declaración a las mujeres.
Tengo las cervicales molidas de la máquina de coser. Preferiría ser limpiadora”, asegura una aparadora
—¿Tiene contrato?
—No.
—¿Cuánto gana al mes?
—Unos 400 euros.
Son todas españolas, vecinas del pueblo. La mujer que intentó huir
cuenta que está cobrando el paro y no quiere perderlo porque el salario
es muy bajo. Se dedican a lo que en el sector se conoce como “aparado”,
ensamblando en máquinas de coser las piezas troqueladas de cada zapato.
Sus sillas están rodeadas de bobinas de hilo y botas sin suelas,
abiertas con la lengüeta hacia afuera y el aspecto de enormes orquídeas.
Son zapatos de Panter, una empresa local de calzado de seguridad.
Ninguna de las mujeres tiene contrato. Por eso los policías detienen al
empresario por un delito contra los trabajadores, aunque no lo lleven a
comisaría y simplemente lo citen para dos días después.
—¿Cuál es el nombre de la empresa? —pregunta el inspector.
—No tiene.
Tampoco posee licencia de actividad, ni certificado de instalación
eléctrica, seguro, extintores, contrato de retirada de desechos tóxicos…
Él no está dado de alta como autónomo.
—¿Hace declaración de la renta?
—No.
Mientras, las mujeres siguen cosiendo. Continúa el traqueteo.
La redada forma parte de la Operación Ecosub que han lanzado la
Generalitat de Valencia e Inspección de Trabajo contra la economía
sumergida en una región que se caracteriza por dos razones: concentra el
70% de la producción de calzado español y es inmune a la lucha contra
el trabajo clandestino,algo que no es mérito escaso en un país en el que
253.000 millones de euros circulan por debajo del radar, según la
asociación de técnicos del Ministerio de Hacienda Gestha. En el año que
lleva en marcha Ecosub se han destapado 44 empresas ilegales. El 60% se
dedicaban al calzado, pero también se localizaron talleres de cortado y
tintado de pieles en sótanos de chalés, fábricas de escobas en garajes,
lavaderos de vehículos en mitad del campo, textiles, muebles… El dinero
negro engendra más dinero negro, y precariedad. De los 369 trabajadores
fichados en esos talleres clandestinos, 253 estaban sin contrato ni alta
en la Seguridad Social. En una nave de calzado los hombres de F. G.
identificaron a 21 mujeres sin contrato; en Elche, un taller-patera
chino con un empleado que dormía allí. La operación ha revelado desde
negocios diminutos a las poco honrosas actividades de empresarios con
afición a pasar los fines de semana bebiendo champán en París y que se
plantaban a mitad de los registros policiales con sus equipos de
abogados.
Los miembros de la policía inscrita a la autonomía que están agitando la
zona llegaron a Elche en mayo del año pasado. Los empresarios del
calzado los conocen como “la Fiscalía”. Son dos unidades de 10 agentes
procedentes de la Policía Nacional que fueron diseñadas para labores
mayormente administrativas, pero que empezaron a moverse ante la gran
cantidad de denuncias que les llegaban, principalmente de extrabajadores
y de talleres molestos con la competencia desleal de los clandestinos.
Al frente de una de las unidades está F. G., con 15 años de experiencia
en el departamento de narcóticos. Sus hombres normalmente actúan junto
con inspectores de trabajo y dan cuenta de sus hallazgos al Ministerio
de Trabajo y las Consejerías valencianas de Industria y Medioambiente.
“En talleres ilegales hemos encontrado zapatos de empresas
internacionales que luego en las tiendas cobran a 100 euros el par”,
explica el policía. Una portavoz de la fábrica de Panter, a la que
pertenecían los pares encontrados en el taller ilegal, explica que ellos
solo contratan a proveedores con todos los papeles en orden, con partes
de entrada y salida, códigos de barra, cheques… Pero que desconocen si
esos proveedores pueden subcontratar parte de su producción. Ese es el
problema clásico: en esta pequeña comarca la economía blanca y la negra
se funden en un desesperante gris. Y todos lo saben.
Por eso, el día después de que el Gobierno de Rajoy prometiera crear
600.000 empleos en España, el diario alicantino Información abría con el
titular “100.796 trabajadores sumergidos en Alicante”. La cifra es el
resultado de cruzar los datos de la EPA y las cotizaciones a la
Seguridad Social. Esta cuenta de la vieja revela que Alicante es la
provincia de España en la que más trabajadores ocupados no cotizan: uno
de cada seis. A 23.000 empleos de distancia se sitúa Valencia, y casi a
50.000, Baleares.
Los cálculos son un indicio de la precariedad laboral, pero tampoco
deben tomarse al pie de la letra, porque la ley exonera de cotizar a los
autónomos que no lleguen al salario mínimo. En el mundo de la economía
informal es imposible moverse con números precisos. La ambigüedad y las
dobles contabilidades son la norma, igual que los contratos de jornadas
de dos horas que encubren sesiones de 12 en el taller.
En talleres ilegales hemos encontrado zapatos que se venden a 100 euros en tiendas”, explica un policía
Las actuaciones de la policía han amplificado el alcance de la lucha
contra el fraude, pero en Alicante ya existían 50 inspectores y
subinspectores de Inspección de Trabajo, además de un equipo de cinco
funcionarios dedicado en exclusiva a la economía irregular. En 2013
hicieron aflorar 3.945 empleos negros, y este año las cifras van camino
de duplicarse. No parece que haya demasiadas razones para ser optimista
en esta lucha. En 1986, con la obligación de declarar el IVA, comenzaron
los intentos por emerger lo que permanecía sumergido, pero las
costumbres son tozudas. A principio de los años ochenta la Consejería de
Trabajo del País Valenciano calculaba que un 25% del producto regional
bruto procedía del trabajo no legal, exactamente la misma cantidad que
apunta este año un informe de Gestha.
Los vaivenes de la industria del calzado local son una cruel metáfora de
la evolución del trabajo en España. De una condición casi colonial, el
sector ha pasado a levantarse como un peso medio en exportaciones, pero
las condiciones de sus trabajadores no siempre han acompañado estos
progresos. Mientras la economía nacional despegaba, ellos seguían sin
recoger los beneficios; y ahora que se ha desfondado, han vuelto a
encajar los golpes más sucios.
Manuel Martínez Valero se llama el estadio del Elche, equipo de fútbol
de Primera división. Además de presidente del club, el difunto Martínez
fue un empresario que comenzó en las líneas de producción de zapatos.
Como él, la mayoría de los empresarios clásicos del calzado se formaron
cosiendo zapatos en los alrededores de Elche en los años sesenta, cuando
Estados Unidos localizó en aquella zona rural una excelente reserva de
mano de obra barata. A partir de ahí fueron surgiendo pequeñas empresas
como Kelme o Pikolinos que salieron al mercado extranjero. Desde
curtidores a fabricantes de cajas de cartón, en 30 kilómetros a la
redonda toda la economía gravitaba alrededor del zapato. Y con la
llegada de la democracia incluso creció la conciencia respecto a las
malas condiciones laborales, por ejemplo la peligrosidad de las colas
que causaban la polineuropatía o polineuritis por N-Hexano, un grisú
silencioso que causó la invalidez de decenas de trabajadores que dormían
junto a los pegamentos en las mismas habitaciones en que aparaban todo
el día.
Para aumentar su competitividad, los empresarios ilicitanos comenzaron
en los ochenta a trasladar parte de la producción a Wenzhou, la capital
china del calzado. El objetivo era mantener la Vega Baja como centro
logístico, de perfeccionamiento del producto, diseño y embalaje, pero
pronto se iba a descubrir que aquello de la globalización era un proceso
de ida y vuelta. Los empresarios chinos empezaron a instalarse en
España para comercializar directamente su producto, que introducían en
el país a través del puerto de Valencia, a veces con métodos fiscales
poco ortodoxos, como ha recalcado la reciente Operación Heijin de la
Policía Nacional contra un industrial chino de la zona que presuntamente
logró evadir 103 millones de euros. Los antiguos fabricantes locales
comenzaron a venderles a esos nuevos ricos chinos sus naves industriales
a precios desorbitados. En Alicante se reproducía el modelo de Prato
—la capital del Made in Italy by Chinese, donde el pasado año murieron
siete trabajadores que malvivían en semiesclavitud—. Ante los precios
asiáticos, los salarios comenzaron a despeñarse. Tanto que el principal
polígono de Elche, el Carrús, alcanzó en 2004 un momento de tensión
dramático cuando una manifestación de trabajadores del calzado sin
empleo incendió dos naves de empresarios chinos.
Fue un drama relativo para un país en la senda del crecimiento. Ahora el
Carrús está lleno de naves con letreros chinos que anuncian que los
amos del lugar no nacieron en la Vega. Mientras, los trabajadores
locales del calzado se comenzaron a recolocar en otros sectores, como la
construcción y sus derivados, hasta que incluso se hizo difícil
encontrar aparadoras. Durante un tiempo se derivó a un discurso
nostálgico, temiendo la desaparición del trabajo tradicional, mientras
la industria patria conseguía no perder comba en los mercados, apostando
por el diseño y la exportación de calzado de mayor calidad. 2005 fue el
primer año en el que Elche contabilizó más trabajadores en el sector
servicios que en su industria zapatera. Pero entonces llegó la brutal
crisis. Todos esos puestos en el ladrillo, las tiendas o los hoteles de
la turística mitad norte de Alicante se esfumaron, y los empleados
burlados por la suerte se volvieron hacia los cordones, el olor a cola y
la ausencia de contratos.
Martín Carpena, secretario general de la comarca de Vinapoló-Vega Baja,
ha visto esta evolución. “Desde 2008 el trabajo en negro ha remontado un
7%. Está claro que esto le interesa a algunos. Quien no cumple con la
legislación no necesita irse a China porque ya se ahorra un 30% de
gastos malpagando a sus trabajadores y engañando a la Seguridad Social”.
Las condiciones de trabajo para los ilegales no son sencillas. Sus
ganancias quedan sujetas a las temporadas de la pasarela internacional.
Al principio del invierno se confeccionan zapatos para verano; en
verano, para el invierno. El resto del año es un páramo. Un trabajador
que no quiere dar su nombre ni revelar el pueblo en el que vive, explica
que durante el medio año bueno gana 2.500 euros mensuales, produciendo
unos mil pares a la semana. A estos ingresos hay que restarles las colas
y la gasolina que gasta yendo a recoger los zapatos y a entregarlos.
Tiene 50 años y lleva 15 pegando tacones en un taller en una pequeña
nave anexa a su casa. “Cuando terminé el instituto no había más trabajo,
así que me metí”. Hasta hace dos años no estaba dado de alta en la
Seguridad Social, pero le obligó la presión de las empresas que querían
tener todos los papeles en orden para exportar sus productos. ¿Un éxito
del sistema? Solo a medias. “Me di de alta de autónomo en la categoría
más baja, como limpiador. Pago 70 euros y no me da derecho a nada, pero
estoy en regla y le facturo a la empresa una mínima parte de lo que
cobro como si le hiciese trabajos de limpieza”. No presenta declaración
de la renta y su hijo es quien ingresa el dinero en su cuenta para no
atraer la atención de Hacienda.
El taller de este hombre nunca ha pasado una inspección, “ni la
pasaría”, explica con una carcajada triste. Utiliza colas que asegura
que no son tóxicas, pero solo ventila abriendo la puerta. Su jornada se
extiende siete días a la semana de siete de la mañana a once de la
noche. “Es muy duro, pero si no lo hago yo lo cogerá otro, y tengo una
hipoteca que pagar”.
Javier García Lillo, el secretario general de la Federación de
Industrias del calzado Español, representa una industria que en 2012 dio
empleo legal a 24.263 personas, con 1.397 empresas y 132,4 millones de
zapatos exportados. El suyo es un sector a la defensiva, que se siente
atacado al hablar de las aparadoras ilegales. “Los trabajadores deben
ser los que denuncien, no nosotros. Si esas empresas no funcionan dentro
de la ley, es responsabilidad de la Agencia Tributaria”, empieza la
conversación. Luego reclama buena fe a la hora de aproximarse a una
industria que presume de vender a 150 países. “Hace 30 años que pedimos
al Gobierno que nos declare un sector de temporadas, y eso ayudará a
terminar con estas cosas”, explica. Considera que las fábricas ilegales
son “casos aislados”, rémoras de un tiempo que se desvanece. “Hemos
pasado de zapatos de bajo coste al alto coste. La diferencia está en el
diseño y el marketing, no tanto en la fabricación, que es siempre igual
de costosa. Esas pequeñas empresas que defraudan son las que continúan
ancladas en el pasado, trabajando para terceros porque no aportan valor
añadido”.
Valor añadido. El relato de otra aparadora anónima recuerda lo difícil
que resulta alcanzarlo. Tiene 55 años y trabaja en el comedor de su casa
unas 10 horas al día dándole a la máquina de coser mientras vigila con
un ojo el puchero. Sale a la puerta a hacer el pegado porque le tiene
respeto a las colas, más incluso que a las vecinas que le puedan
denunciar a la Fiscalía. No gana mucho porque no se centra en un solo
proceso. “Empiezo el zapato y lo acabo”, cuenta. A la semana termina 150
botines, por 2,60 euros cada uno. “Se paga la faena al mismo precio que
hace 15 años. Ahora ya no hay trabajo, y los empresarios solo se lo dan
a su fábrica. Lo mío es un favor porque necesito comer”, explica.
Lleva años intentando escapar del sector. Comenzó a los 15. Llegó a
cotizar siete años mientras era dependienta y se empleaba en fábricas.
Tiene problemas personales y por eso tuvo que volver “obligada” a los
zapatos. Tampoco podría hacer otra cosa. “Tengo las cervicales
destrozadas de la máquina de coser. Preferiría ser limpiadora”. Las
curvas de la vida la han llevado a aceptar con cierto estoicismo la
posición que le ha reservado la economía mundial. “Yo misma probé un año
a repartir faena. Es más fácil: solo tienes que pasearte, pero no me
gustaba porque he sido aparadora y no quiero explotar a otros”. Eso no
quiere decir que prefiera quejarse de sus condiciones laborales.
Recuerda que es un favor. “Yo lo entiendo. Las empresas no pueden pagar
más porque con la competencia global es imposible. Ahí están los chinos,
que también andan muertos de hambre. No es culpa de ellos. Ni de
nosotros”.
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