un 1% vive bien (muy bien) mientras el 99% vive mal (de éstos, el 30% viven muy mal), y aún se le está dando vueltas a si la casta lo hace bien.. patético..
disfruten lo votado..
Jaque al Neoliberalismo: Capital financiero parasitario y desigualdad
Es conocido por todos que en los últimos años la economía de EE.UU. ha
experimentado desarrollos muy desiguales. Mientras que el sector
financiero ha disfrutado de altas tasas de crecimiento, la economía real
sigue estancada con bajas tasas de crecimiento. En consecuencia, al
tiempo que la oligarquía financiera se está quedando con la mayor parte
del extraordinario aumento del precio de los activos, la abrumadora
mayoría de los ciudadanos sufren el empeoramiento sistemático de sus
condiciones de vida.
Por ejemplo, en un informe reciente del Banco de la Reserva Federal se
demuestra que el aumento de la riqueza nacional total de EE.UU. en el
primer cuarto del año 2014 fue de 1.49 billones, en tanto que la
economía real (evaluada en términos del PIB) se contrajo 1% —según el
Departamento de Comercio, el descenso del PIB fue realmente del 2,9% (no
del 1%). En otro informe similar, el Financial Times señalaba hace poco
que la riqueza del conjunto de los hogares se ha incrementado en un 43%
desde lo más crudo de la crisis económica en 2008, a pesar de la lenta o
inexistente recuperación del mercado de trabajo y la reducción efectiva
de la renta media por familia, por debajo del 7,6% desde 2008 [1].
La explicación de esta manifiesta y creciente brecha entre el aumento
del patrimonio financiero y la ausencia de crecimiento real se encuentra
en la inflación del precio de los activos —una burbuja financiera mayor
que la que estalló en 2008. Del incremento de 1,49 billones durante los
tres primeros meses del año 2014, unos 361 mil millones de dólares se
debieron a la revaloración del precio de las acciones, mientras que 758
mil millones de dólares correspondieron a la inflación inmobiliaria. No
es solo que la burbuja del precio de las acciones haya beneficiado en
gran medida a los ricos, que son quienes poseen la mayoría de estas,
sino que además "el aumento del valor de las casas se ha concentrado en
las mansiones de los super-ricos, no en las modestas viviendas de los
trabajadores". De acuerdo con las cifras publicadas por Redfin, un grupo
inmobiliario, entre enero y abril de 2014 las "ventas del 1% de las
viviendas más caras de EE.UU., las que cuestan 1,67 millones de dólares o
más, han crecido un 21%, mientras que las ventas del 99% restante han
caído un 7,6%" [1].
El Financial Times, que recogió las cifras de Redfin, señaló tendencias parecidas en las ventas de bienes de consumo:
Las ventas de los establecimientos de lujo como LVMH (Louis Vuitton,
Bulgari) y Tiffany aumentaron un 9%; las ventas de los establecimientos
cuyos clientes son sobre todo de clase obrera descendieron. Walmart bajó
un 5%, las ventas de Sears cayeron un 6,8%. En el extremo inferior,
solamente las tiendas baratas a las que recurren cada vez más
estadounidenses para estirar sus dólares vieron incrementar sus ventas.
Dollar Tree, el mayor establecimiento de este tipo, registró un
crecimiento de ventas del 7,2%. ... El periódico observó que las
ganancias demuestran la efectividad de las políticas para recuperar la
riqueza perdida durante la recesión, pero su capacidad para estimular la
economía ha sido limitada, ya que la mayor parte ha ido a parar a las
familias ricas que poseen acciones y grandes casas [1].
El enriquecimiento de la oligarquía financiera, por un lado, y el
simultáneo empobrecimiento de la mayoría de la sociedad por el otro, se
asemeja al crecimiento de un parásito en un organismo vivo a consta de
la sangre o los alimentos esenciales para la vida de dicho organismo.
Esta transferencia parasitaria de sangre económica desde la base hacia
arriba no es simplemente el resultado de la dinámica de la mano
invisible del mercado, o de las fuerzas ciegas de la competencia
económica capitalista. Acaso más importante sea el hecho de que dicha
transferencia es la consecuencia lógica de insidiosas políticas
económicas cuidadosamente elaboradas, diseñadas para consolidar la
austeridad neoliberal.
Política monetaria por el lado de la oferta: la inflación del precio de los activos como estímulo económico
Desde la Gran Depresión de los años 30, los gobiernos de los países
capitalistas centrales han aplicado dos tipos fundamentales de
estímulos: por el lado de la demanda, o keynesianos, y por el lado de la
oferta, o neoliberales. Los primeros están dirigidas a impulsar el
poder adquisitivo de los trabajadores y otros sectores de la población
de manera directa: inyectando poder de compra en el sistema mediante
inversiones a gran escala en infraestructura y otras empresas que creen
empleo. Las medidas de este tipo, que se adoptaron inmediatamente
después de la Gran Depresión y/o la Segunda Guerra Mundial y estuvieron
vigentes hasta finales de los años 70 y principios de los 80, fueron la
piedra angular de los programas del New Deal en EE.UU y de las políticas
socialdemócratas en otras grandes economías capitalistas.
Los paladines de la economía de la oferta también proponen medidas de
estímulo para recuperarse del estancamiento económico. Sin embargo, lo
hacen de manera indirecta, dando un rodeo, en dos etapas. La primera
tiene por objetivo enriquecer todavía más a los ricos, a través de
políticas fiscales que bajen los impuestos a las rentas altas, o bien
con políticas monetarias que favorezcan la inflación del precio de los
activos, que en gran medida benefician a esas mismas rentas. La segunda
etapa consiste esencialmente en una esperanza o un deseo: se espera que,
tras inyectar recursos adicionales al 1% más rico durante la primera
etapa, el 99% restante se beneficie del "efecto de goteo" posterior,
impulsando así la demanda agregada y la actividad económica.
Formalmente, estas medidas se introdujeron cuando Ronald Reagan fue
elegido presidente en 1980. En un primer momento, los arquitectos de la
economía de la oferta se concentraron en la política fiscal. Y tras
llevar a cabo con éxito su programa de reducción drástica de impuestos a
los ricos dirigieron su atención a la política monetaria, sirviéndose
de ella como instrumento redistributivo fundamental a favor del 1%.
Desde los tiempos de Alan Geenspan como presidente del Banco de la
Reserva Federal, pasando por Ben Bernanke y hasta llegar a la actual
Janet Yellen, esta política ha consistido esencialmente en ofrecer
financiamiento gratuito (o casi) e limitado a los grandes bancos y otros
actores de Wall Street. Aunque no está en el debate público, los
responsables de la política monetaria de Wall Street a la cabeza del
Banco de las Reserva Federal y el Departamento del Tesoro, han visto la
inyección de dinero barato a Wall Street como una medida de estímulo
monetario que funcionaría mediante la inflación del precio de los
activos y el "efecto de goteo" posterior.
La lógica oficial para inundar de dinero barato el sistema financiero se
sigue justificando públicamente por los mismos motivos que los
estímulos monetarios keynesianos tradicionales: que tales inyecciones de
dinero al sector financiero se traducirían en préstamos a la economía
real, y de ese modo se incentivaría la inversión productiva, el empleo y
el crecimiento. Esta explicación para suministrar dinero fácil se basa,
sin embargo, en tres condiciones previas fundamentales: que los
fabricantes se enfrenten a un mercado de dinero/capital caro y
restrictivo; que los fabricantes prevean o se encuentren ante una gran
demanda de lo que producen o pudieran llegar a producir; y que haya algo
semejante a una separación entre los sectores financiero y real de la
economía, como pasaba, más o menos, mientras estuvo vigente la Ley
Glass-Steagall (desde 1933 hasta 1998), que estipulaba de manera expresa
los tipos y las cantidades de inversión que los bancos y otros
intermediarios financieros podían realizar.
Sin embargo, ninguna de estas condiciones está presente en la actual
economía estadounidense. Para empezar, no hay escasez de liquidez en el
sector productivo; de hecho, el sector parece estar sentado sobre una
montaña de dinero pero no aumenta la producción debido al descenso de la
demanda, afectada por la austeridad.
Con más de 25 millones de estadounidenses desempleados o trabajando solo
a tiempo parcial que buscan y necesitan trabajos a tiempo completo, las
empresas estadounidenses acumulan más de 2 billones de dólares en
efectivo, negándose a invertir en actividades productivas o puestos de
trabajo, y dedicándose, en cambio, a la especulación y la recompra de
acciones que son más rentables para sus altos directivos. La recompra de
acciones de las empresas no financieras se dio a un ritmo anual de 427
mil millones de dólares en el primer cuatrimestre, según la Reserva
Federal [1]. En segundo lugar, dado que los actores del sector
financiero ya no están limitados por las restricciones reglamentarias
sobre los tipos y las cantidades de su inversión, por qué habrían de
buscar o esperar a los prestatarios del sector real (quienes, como se
mencionó, tienen suficiente dinero en efectivo), en lugar de invertir en
el mucho más lucrativo negocio de la especulación. No es de extrañar
que a medida que se han ido eliminando los obstáculos reglamentarios
durante las últimas décadas, las burbujas financieras y sus estallidos
se hayan convertido en un patrón recurrente.
En realidad, no solo los bancos de Wall Street y otros beneficiarios de
la política monetaria dedican el dinero recibido casi sin intereses a la
inversión especulativa, sino que cada vez más empresas del sector
productivo desvían una parte creciente de sus beneficios hacia la
especulación en lugar de la producción — su razonamiento parece ser el
siguiente: ¿por qué molestarse en la engorrosa tarea de producir cuando
se pueden obtener mayores retornos comprando y vendiendo títulos? La
atracción por las ganancias especulativas, facilitada por la amplia
desregularización del sector financiero, es lo suficientemente fuerte
como para inducir al capital a abandonar las actividades productivas en
pos de mayores retornos en la especulación. Esta constante transferencia
de recursos del sector productivo al financiero es exactamente lo
contrario de lo que los responsables de la política monetaria —y toda la
teoría económica neoclásica/dominante— afirman que ocurre: el flujo de
dinero desde el sector financiero hacia el productivo.
Esta huída de capitales del sector real al financiero, y el desfase
entre la rentabilidad empresarial y la inversión real fueron señalados
en un artículo de Robin Harding publicado en el Financial Times el 24 de
julio de 2013. Titulado "Corporate Investment: A Mysterious
Divergence", el artículo revelaba que en las últimas tres décadas habría
tenido lugar una "desconexión" entre la rentabilidad empresarial y la
inversión real; esto indicaría que, al contrario que en ocasiones
anteriores, una parte significativa de los beneficios empresariales no
está siendo reinvertida para aumentar la capacidad. En lugar de eso, se
está desviando hacia otro tipo de inversiones no productivas que ofrecen
rendimientos superiores del capital invertido por los accionistas.
Hasta los años 80, las dos se mantuvieron a la par —alrededor del 9% del
PIB. Desde entonces, y especialmente en los últimos años, mientras que
la inversión real ha descendido hasta el 4% del PIB, las ganancias
empresariales han aumentado hasta cerca del 12% del PIB [2].
Los altos cargos financieros que dirigen la política monetaria en EE.UU.
y otros grandes países capitalistas no pueden ignorar estos hechos: que
la mayor parte de la liquidez que tan generosamente inyectan al sector
financiero se utiliza para transacciones especulativas en ese mismo
sector sin que se aprecie ningún impacto positivo en la economía real.
De modo que la pregunta es: ¿por qué insisten entonces en bombear dinero
al sector financiero? La respuesta, como se mencionó anteriormente, es
que en lugar de la política monetaria keynesiana parece que acaban de
descubrir un nuevo estímulo monetario (del lado de la oferta): "el
efecto goteo" de la inflación del precio de los activos.
Al presentar la inflación del precio de los activos como una herramienta
monetaria para estimular la economía, los responsables de estas
políticas, tanto en EE.UU. como en otros países capitalistas, ya no son
reacios a crear burbujas financieras; esas burbujas son vistas y
mostradas como capaces de estimular la economía gracias a la mejora de
la demanda como consecuencia de la revalorización de los activos. En
lugar de regular o limitar las actividades especulativas del sector
financiero, los responsables de la política económica, con el Banco de
la Reserva Federal a la cabeza desde los días de Alan Greenspan, han
estado favoreciendo las burbujas del precio de los activos
—enriqueciendo a los ricos todavía más y exacerbando las desigualdades.
Aparte de cuestiones tales como la justicia social y la seguridad
económica para la mayoría de la sociedad, la idea de crear burbujas de
activos como vectores de estimulación económica es además insostenible
—mejor dicho, destructiva— a largo plazo: las burbujas financieras, sin
importar cuánto puedan llegar a durar o crecer, en última instancia
están ligadas al valor real producido (por los trabajadores) en una
economía. Los agentes de la oligarquía financiera que dirigen la
política económica no parecen preocuparse ante esta siniestra
perspectiva ya que aparentemente han descubierto algo parecido a un plan
de aseguramiento [insurance protection scheme] que podría proteger al
mercado y a los principales actores financieros contra los riesgos de
las burbujas financieras.
Asegurar las burbujas financieras: una nueva burbuja para tapar la que estalló
Al parecer, a quienes defienden las burbujas de activos como un estímulo
económico no les preocupan los efectos desestabilizadores de las
burbujas que ellos contribuyen a crear, ya que tienden a pensar (o
esperar) que las probables perturbaciones y pérdidas provocadas por el
posible estallido de una burbuja pueden compensarse creando otra
burbuja. En otras palabras, creen haber encontrado una póliza de seguros
para las burbujas que estallan inflando otras nuevas. El profesor Peter
Gowan de la London Metropolitan University describe esta estrategia
perversa con las siguientes palabras:
Tanto los reguladores de Washington como los de Wall Street obviamente
pensaron que juntos podrían controlar los estallidos. Esto significaba
que no había necesidad de evitar que dichas burbujas se formaran: por el
contrario, es evidente que ambos reguladores y operadores las crearon,
pensando sin duda que una de las maneras de controlar las que estallaban
era inflar una nueva en otro sector: tras la crisis de las "dot com",
la burbuja inmobiliaria; detrás de aquella, una de los precios de la
energía o de los mercados emergentes, y así sucesivamente [3].
Randall W. Forsyth de [la revista financiera] Barron's señala igualmente
que "Greenspan siempre sostuvo que los responsables de política
monetaria pueden... limpiar las secuelas de la quiebra —lo que
significaba impulsar una nueva burbuja, alegó". Es obvio que con esta
política de asegurar realmente las burbujas financieras la propuesta
especulativa siempre saldría ganando, una propuesta a la que
acertadamente se denomina "daños morales" ["moral hazard"], ya que
fomenta la asunción de riesgos a costa de otros —en este caso el 99%,
pues el coste de rescatar a los jugadores "too-big-to-fail" [demasiado
grandes para quebrar] se paga con políticas de austeridad que favorecen
los recortes. Sabiendo que "la Reserva Federal intervendría para
rescatar a los mercados, fueron de exceso en exceso", sigue diciendo
Forsyth. "Así que, la quiebra del [fondo de cobertura] Long-Term Capital
Management en 1998 engendró el crédito fácil que llevó a la burbuja y
al estallido de las 'dot com', que a su vez condujo a la facilidad
extrema y a la burbuja inmobiliaria" [4].
La política de proteger a los mayores especuladores financieros contra
la bancarrota muestra, entre otras cosas, que los arquitectos
neoliberales de los últimos años han descartado no solo las políticas
socialdemócratas del New Deal de gestión de la demanda, sino también las
políticas de libre mercado de no intervención como las defendidas, por
ejemplo, por la Escuela Austriaca de Economía. Tienden a ser
intervencionistas cuando la oligarquía empresarial-financiera necesita
ayuda, pero abogan por la economía del "laissez-faire" cuando quienes la
necesitan son la clase obrera y las organizaciones de base. Antes del
auge del gran capital y su control de la política económica, las
burbujas especulativas no contaban con un seguro que cubriera los
riesgos del estallido: los especuladores, accionistas e inversores
perdían su dinero; la economía real se liberaba del peso muerto de la
deuda insostenible; y (después de un doloroso pero relativamente corto
periodo de tiempo) el mercado reasignaba el capital a actividades
productivas. Sin embargo, en la era del gran capital y los poderosos
financistas, el proceso para crear una "tabula rasa" ["clean slate"]
está bloqueado, pues las entidades financieras que juegan un papel
fundamental provocando burbujas y estallidos también controlan las
políticas [4].
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