evidentemente la culpa la tienen los jóvenes más preparados, que se largan, son unos "antipatriotas".. claro, claro..
que un montón de ladrillos en el que vivir cueste medio millón de Euros (principal más intereses) a pagar en cómodos plazos a 40 años.. no tiene nada que ver..
que por un trabajo de 70 horas la semana se consiga la fabulosa cantidad de 600 euros mensuales.. eso el que consigue trabajo, claro.. que hay más de 6 millones de personas que no lo encuentran.. no tiene nada que ver..
que la electricidad sea la más cara de Europa (un 30% más) y tenga que subir otro 16% éste trimestre, por alguna oscura razón. y que nadie del Ministerio correspondiente mueva un dedo ante tal anomalía.. no tiene nada que ver..
y la lista de cosas que "no tienen nada que ver" es muchísimo más larga..
justo por eso seguirán entrando millones de indocumentados, que tampoco van a trabajar (trabajo no hay), sino que se van a llevar paguitas, subvenciones, techo y comida..
disfruten lo votado..
La caída de la población pone en riesgo el futuro de España
Nuestro país sufre una de las tasas de fecundidad más bajas de
Europa y un envejecimiento galopante sin políticas decididas para
afrontar el problema
España está perdiendo su recurso más valioso: las personas. Somos menos y cada vez más viejos.
Con la agenda política y de los medios de comunicación copada por la
crisis o las luchas de poder, las autoridades apenas parecen prestar al
gran problema de futuro para nuestro país, el descenso y envejecimiento
de la población.
Mientras la economía vivía momentos de gloria,
la masiva llegada de inmigrantes y cierto repunte en la natalidad
retardó unos años la crisis demográfica, pero ahora muchos de aquellos
recién llegados están regresando a sus países de origen, miles de
españoles están emigrando y el número de nacimientos está en claro
retroceso.
España tenía cerca de 15,5 millones de habitantes en 1857, año del
primer censo moderno disponible, y en 2012, la población alcanzó su
máximo histórico, con 46,8 millones. A partir de entonces, ha empezado a perder población.
A 1 de enero de 2014, el capital demográfico de nuestro país había
disminuido ya en más de 300.000 personas, hasta poco más de 46,5
millones.
Los expertos creen que esto es solo el principio del declive de las próximas décadas. Las
previsiones del Instituto Nacional de Estadística (INE) apuntan que en
2052 la población española se situará en torno a los 41,5 millones. Sin
embargo, este descenso se podría quedar corto, ya que esa predicción a
largo plazo se realizó en 2012, mientras que la previsión a corto plazo
publicada en 2013 ya reflejaba para 2022 unos 700.000 habitantes menos
que las que figuraban en el informe anterior.
El cambio de tendencia de 2012 tiene que ver claramente con la inversión
en el signo las migraciones. Desde comienzos del milenio, cuando el
número de extranjeros empadronados en España no llegaba al millón, el
flujo de inmigrantes se incrementó hasta un ritmo de más de medio millón
de personas anuales a lo largo de la década. El pico de extranjeros se
alcanzó en 2011, con más de 5.750.000 empadronados.
El saldo migratorio comenzó a ser negativo en 2010 y el pasado año se situó en -210.936
personas, diferencia resultante entre las casi 470.000 que abandonaron
nuestro país y las cerca de 260.000 que llegaron. La mayor parte de los
que se marchado son inmigrantes que, cuando han venido mal dadas, han regresado a sus países de origen. Sin
embargo, también ha habido miles de españoles que han salido al
exterior a buscar un futuro que la crisis y los altos índices de paro de
los últimos años no les dejaban ver claro.
Falta de niños
En cualquier caso, España tiene otros problemas demográficos más
profundos, menos coyunturales, que no solo dependen de que la economía
vaya mejor o peor y cuyas consecuencias a medio y largo plazo pueden
resultar devastadoras: la caída de la natalidad y el envejecimiento de la población.
El descenso de los nacimientos y de la tasa bruta de natalidad no es un
fenómeno reciente, sino que tiene que ver con las transformaciones
sociales que ha vivido nuestro país, sobre todo a partir de la llegada
de la democracia. En 1976, la tasa bruta de natalidad -el número de
nacimientos por cada mil habitantes- era de 18,7, mientras que el pasado
año se redujo hasta 9,1. Así mismo, frente a los más de 677.000 bebés
llegados al mundo al año siguiente de la muerte de Franco, en 2013 se
registraron 425.390.
Para los demógrafos, es especialmente relevante la fecundidad, es decir,
el número de hijos por mujer. El indicador coyuntural de fecundidad,
que era de 2,80 en 1976, se ha situado en 2013 en tan solo 1,27, a la
cola de los países europeos. Se entenderá la gravedad del dato si
se tiene en cuenta que el nivel de reemplazo generacional, es decir, el
nivel de fecundidad necesario para asegurar que las sucesivas
generaciones de nacidos sean sustituidas por otras de igual tamaño, se
considera 2,1 hijos por mujer. Según advierten las especialistas Teresa
Castro-Martín y Teresa Martín-García en un análisis sobre el déficit de natalidad publicado por la Obra Social la Caixa, «en asusencia de migraciones, una tasa de fecundidad persistente de 1,3 implica que la población total se reducirá a la mitad en un plazo de 45 años».
La baja fecundidad no se explica solo por el hecho de que nuestro país
se haya sumado al club de las naciones desarrolladas, ya que otros
países de nuestro entorno tienen menos negativos. España sufrió más
tarde que otros los procesos de cambio demográfico, pero su problema de escasez de niños es más agudo. El retraso en la edad de la maternidad, cerca ya de los 32 años de media, la extensión de los anticonceptivos y del aborto, la disminución de matrimonios y el aumento de las rupturas, así como la falta de políticas decididas de apoyo a la familia, son algunos factores que han contribuido a reducir el número de hijos por pareja.
Junto a ello, la población española se envejece a marchas forzadas.
Más de 2,6 millones de personas tienen en nuestro país más de 80 años,
lo que supone el 5,7% de la población, pero en las décadas venideras,
con el aumento de la esperanza de vida y la natalidad a la baja, la
proporción se prevé mucho mayor, con lo que ello supondrá, entre otras
muchas implicaciones, para el sostenimiento del estado del bienestar tal
como ahora lo conocemos.
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