Misterios del rock: ¿Ordenó la CIA el asesinato de Lennon? | Rolling Stone España
“¿Sabes lo que acabas de hacer?”, le preguntó el portero del edificio
Dakota a Mark David Chapman, que respondió tranquilamente: “He matado a
John Lennon”. Tan tranquilo como si lo que estuviera reconociendo fuera
haber tirado el envoltorio de un chicle al suelo. O más tranquilo aún. Y
Chapman se puso a leer El guardián entre el centeno, también como si la
situación en la que estaba envuelto no tuviera más envergadura que la
que puede tener, pongamos, esperar al metro en el andén. Años después,
en una entrevista exclusiva para la BBC, Chapman recordaba: “Pasó a mi
lado y entonces escuché en mi cabeza: ‘Hazlo, hazlo, hazlo’; una y otra
vez”. Chapman, con una serenidad robótica, confesaba a la BBC: “No
recuerdo tener intención de hacerlo. Debí de haberlo hecho, pero no
recuerdo siquiera haber apuntado, o como quieran llamarlo. Simplemente
apreté el gatillo cinco veces”.
Al ver esta entrevista, el periodista Fenton Bresler pensó,
inmediatamente, en El mensajero del miedo (1962), esa película en la que
un hombre inducido por hipnosis a obrar a voluntad de otros está a
punto de convertirse en presidente de EE UU. El hecho de que Chapman
actuara como un robot, que escuchara voces, que sus actos parecieran no
ser consecuencia de su voluntad sino predeterminados, que se declarara
culpable y no hubiera ni juicio, que se dictaminara que Chapman no
sufría trastorno alguno, ni permanente ni transitorio, a pesar de su
conducta, y la extrañeza de que, en EE UU, los asesinatos relevantes
(Lincoln, John Kennedy, Robert Kennedy, Martin Luther King…) siempre
fueran cosa de locos solitarios, llevaron a Bresler a perseguir la idea
de que Chapman estaba “programado” para matar a Lennon, que el asesino
simplemente “se activó” y disparó, como también habría sucedido con
Sirhan Sirhan, raro asesino de Robert Kennedy en 1968.
El periodista –que escribió el libro Who killed John Lennon? tras años
de investigaciones– habló con el teniente O’Connor de la policía de
Nueva York, que acudió al lugar de los hechos la noche del 8 de
diciembre de 1980; le confirmó su extrañeza ante la actitud de Chapman,
“que podría haber escapado muy fácilmente sólo con haberlo querido.
Tenía el metro al lado y no había nadie cerca que pudiera haberlo
parado”. En cambio, Chapman se sentó, sacó el libro y se puso a esperar,
como si hubiera cumplido una tarea.
John Lennon fue un problema para la CIA y el gobierno norteamericano
desde que, a mediados de los 60, dijo que los Beatles eran más populares
que Jesucristo. Se le malinterpretó, pero el caso es que se organizaron
quemas masivas de álbumes de los de Liverpool y hasta el Ku Klux Klan
experimentó un momentáneo auge de popularidad como sistema de defensa de
valores de toda la vida de dios. Cuando, en 1971, el ya ex beatle se
mudó a Nueva York, todas las alarmas se dispararon. Lennon no sólo era
un músico; era el más importante de todos, y tenía un gusto demasiado
elevado por hacerse amigos revolucionarios –Jerry Rubin y Abbie Hoffman,
por ejemplo– y apadrinar manifestaciones un tanto incorrectas.
La administración Nixon le espió con tanto descaro que el propio Lennon
ironizaba con la cantidad de veces que aparecían “los técnicos del
teléfono” por su casa. La CIA consideraba peligroso su poder de
convocatoria, y este temor se tradujo en constantes actos de
seguimiento, escuchas, amenazas veladas – como la de denegarle el
permiso de residencia– y un generoso archivo de informes negativos,
tanto del servicio secreto como del FBI, en los que se tachaba a Lennon
de personaje nocivo para el bienestar de EE UU. Estas actuaciones
cesaron bajo los mandatos presidenciales de Gerald Ford –republicano
cansado de los tejemanejes de su antecesor Nixon– y Jimmy Carter
–demócrata al que Lennon había apoyado–.
Aunque Carter todavía era presidente el 8 de diciembre de 1980, las
elecciones celebradas el 4 de noviembre pasado habían dado ganador a
Ronald Reagan, que, siempre según la teoría de Bresler, estaría ya
operando en la sombra en asuntos de seguridad nacional como el de Lennon
(que para algunos lo era). El nebuloso Mark David Chapman había pasado
muchos años involucrado como voluntario en supuestos caladeros de la CIA
camuflados de organismos humanitarios gubernamentales en Líbano o
Hawaii, pero no hay archivos de sus tareas. No hay rastro. Era un hombre
sin pasado, según Bresler, un candidato perfecto al que hipnotizar y
utilizar como arma. Están las voces, está su extraña incredulidad ante
sus actos, está su apatía posterior… ¿Por qué no?
Este reportaje, Los misterios del rock, fue publicado en el número 116 de ROLLING STONE.
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