¿Cuenta en Suiza? No, piso en Manhattan. Aquí acaba el dinero de políticos corruptos
Un
buen día, durante el segundo mandato del presidente taiwanés Chen
Shui-bian, varias personas cargadas con lo que un testigo describió como
"cinco o seis cajas de fruta” entraron en la residencia presidencial en
Taipei. Después se supo que en el interior de las cajas había 6
millones de dólares. Se trataba de un soborno para la primera dama, Wu
Shu-jen, “lubricante verde” para animar a su marido a beneficiar a una
empresa que buscaba una fusión.
Documentos de una Corte de Manhattan describen el camino que el dinero
en efectivo siguió después de haber sido desempaquetado de las cajas de
fruta. Primero se almacenó en una bóveda de un banco en Taipei, junto
con montones de billetes que la primera dama hizo pasar por
“donaciones”. Después se trasladó, en maletas, hasta el sótano de un
ejecutivo involucrado en la fusión corporativa. Finalmente se blanqueó
en bancos de Hong Kong y los EEUU y acabó en una cuenta suiza controlada
por el hijo de la pareja presidencial.
¿Qué tiene que ver todo eso con Manhattan? Pues que el dinero de las
cajas de fruta, tras muchas vueltas por el planeta, acabó siendo
utilizado para comprar un apartamento de lujo en una torre de vidrio y
metal frente a Chelsea Park y Madison Square Garden, por el que se
desembolsaron más de un millón y medio de dólares. No es ya ningún
secreto: el ladrillo de Nueva York es uno de los destinos planetarios
más atractivos para políticos corruptos, evasores fiscales y
blanqueadores de dinero, según revela el nuevo trabajo del Consorcio
Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ).
Manhattan forma parte del puñado de destinos de élite (junto con Miami,
Londres, o Dubai) que atraen a un gran número de compradores
internacionales. Los apartamentos de lujo son especialmente populares
entre millonarios chinos, rusos y sudamericanos. Desde el año 2008,
aproximadamente el 30% de las ventas han ido a parar a compradores que
indicaron una dirección internacional o presentaron el nombre de una
sociedad de responsabilidad limitada, maniobra empleada por los
compradores extranjeros.
Debido a que muchos de ellos hacen lo posible para ocultar sus
identidades e intereses, es complicado saber cuántos pagan con dinero
sucio. La mayoría, además, se sirven de trucos fiscales o agujeros
legales para ofrecer una pátina de legitimidad al asunto. Pero es
evidente que los funcionarios públicos de Nueva York y su industria
inmobiliaria abrazan los millones sin pensar mucho de dónde provienen.
"¿No sería genial traer aquí a todos los millonarios rusos?"
Michael Bloomberg, el exalcalde de Nueva York, incluso les animó a
acudir a la Gran Manzana. “¿No sería genial si pudiéramos traer aquí a
todos los multimillonarios rusos?", llegó a decir a la revista New
Yorker. Se combinan, además, políticas estatales que ofrecen exenciones a
los propietarios más ricos de Manhattan con normativas federales para
vender patrimonio inmobiliario sin importar de dónde viene el dinero.
Jaikumar Ramaswamy, jefe de la sección de lucha contra el lavado del
Departamento de Justicia de EEUU, afirma que oligarcas y déspotas tienen
muchas razones para comprar patrimonio inmobiliario: necesitan una vía
de escape si las cosas se ponen feas en sus países de origen, quieren
estacionar sus activos con inversiones que no perderán nunca demasiado
valor y ser capaces de disfrutarlas y hacer alarde de su riqueza. "No
están comprando bienes raíces en Detroit. (...) Están comprando en
lugares que les dan algún tipo de estatus: Londres, París, Nueva York,
Malibú...”.
Un laberinto en alta mar
La historia del apartamento de la ex primera dama de Taiwán ilustra a la
perfección cómo se utilizan estructuras offshore para dirigir ganancias
ilícitas hacia el ladrillo. Pasando a través de una maraña de cuentas
bancarias, el origen del dinero y las identidades de las personas
asociadas quedaron totalmente ocultos entre paraísos fiscales de alta
mar e intermediarios.
En su última etapa, por ejemplo, el dinero fue manejado por un asesor de
patrimonio con sede en Miami, un ciudadano alemán llamado Stefan R.
Seuss, que creó una compañía de Nueva York, la West 28th Street LLC, y
quien aparecía en calidad de copropietario del apartamento. Al analizar
los cheques que emitía, la pista se perdía en las Islas Vírgenes
Británicas. Y no se podía seguir tirando del hilo.
Cuando estos laberintos de alta mar se construyen con la suficiente
profesionalidad y habilidad, dicen los expertos, resulta imposible para
las autoridades detectar el flujo de dinero ilícito. La Oficina de las
Naciones Unidas contra la Droga y el Delito estima que tan sólo se puede
interceptar una quinta parte del dinero ilícito sobre el que hay
sospechas. Y obviamente no descubre todo lo que se blanquea: las
estimaciones más optimistas calculan que sólo salta a la vista el uno
por ciento.
El “caso taiwanés” acabó en manos de la policía por un error de
aficionados en el proceso de blanqueo, un descuido que acabó acorralando
al ejecutivo que había almacenado el dinero en su sótano. Fue
precisamente él quien acabaría presentando pruebas contra el
expresidente y su mujer, que finalmente fueron condenados a largas penas
de prisión en una serie de cargos de corrupción.
A pesar de las muchas pruebas, los fiscales estadounidenses tuvieron que
luchar durante casi dos años y medio para demostrar que el apartamento
de Manhattan era producto de la corrupción del expresidente de Taiwán.
Entre otras cosas, un abogado que representa al hijo de la primera
pareja negó que la familia hubiera hecho nada malo e incluso denunció
que el Departamento de Justicia estaba intentando “congraciarse con el
nuevo gobierno de Taiwán” y con la China comunista.
Ramaswamy, el funcionario del Departamento de Justicia, admite que la
incautación de bienes inmobiliarios en esas circunstancias es muy
difícil, ya que las autoridades no pueden simplemente demostrar que el
dueño de la propiedad es corrupto. "Tienes que demostrar el nexo entre
la corrupción y la propiedad en sí", explica. "A veces los jueces se
muestran escépticos: ¿por qué vamos a por un tipo que hizo algo en un
país extranjero?".
El Tío Sam mira para otro lado
Aparte de investigaciones ocasionales (a menudo iniciadas en otros
países), las autoridades de EEUU no ponen muchas trabas a extranjeros
que quieren blanquear dinero comprando patrimonio inmobiliario. Ni los
agentes ni las autoridades competentes están obligadas a conocer las
identidades reales de los compradores y, a diferencia de los banqueros,
corredores de bolsa y otros intermediarios financieros, ni siquiera
están obligados a informar de operaciones sospechosas ante la policía.
La Patriot Act, aprobada después de los atentados del 11 de septiembre,
requiere que bancos, casas de valores y otras firmas financieras sigan
unas estrictas normas contra el blanqueo de dinero. Los agentes
inmobiliarios fueron incluidos en un principio en la lista, pero un
vacío jurídico motivó que el Departamento del Tesoro los eximiera
"temporalmente". Han pasado doce años y dicha “excepción” sigue en pie.
En Washington, los lobistas del ladrillo se encargan de que no haya
urgencia por revisar la norma.
Muchas voces en EEUU lo denuncian con insistencia. El senador Carl
Levin, demócrata de Michigan, ha puesto de relieve el papel de los
agentes inmobiliarios que ayudan a funcionarios extranjeros corruptos y a
sus familias a llevarse a EEUU lo que han saqueado en sus países. Y
Louise I. Shelley, directora del terrorismo, delincuencia transnacional y
del Centro de la Corrupción en la Universidad George Mason de Virginia,
cree que el lavado de dinero en bienes raíces ha crecido desde el 11 de
septiembre al mismo ritmo que han aumentado los controles sobre otro
tipo de operaciones. El uso de los bienes raíz como refugio para el
dinero sucio, resume, está "terriblemente de moda".
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