El quijote que desenmascaró a Urdangarin
Un técnico del Ayuntamiento de Barcelona fue despedido en 1997 acusado
de filtrar documentos que probaban que Iñaki no era el novio perfecto,
sino un jeta que llevaba años sin pagar multas ni impuestos
Hay una persona que en estos momentos –y desde hace tres años– podría
estar saltando de plató en plató de televisión y en cambio ha preferido
no hacerlo. Una persona que podría haber salido del anonimato y que en
cambio ha preferido quedarse ahí, sin que prácticamente nadie de su
entorno sepa aún que él fue el primero que denunció públicamente la
doble moral de Iñaki Urdangarin. Y que esa denuncia le costó cara.
Los hechos se remontan a finales de agosto de 1997, cuando un misterioso
'Comité Anticorrupción' hizo llegar una documentación confidencial
sobre las deudas municipales de Urdangarin a la Federación de Asociación
de Vecinos de Barcelona (FAVB). Faltaba poco más de un mes para la boda
real –que tuvo lugar en la Catedral de Barcelona el 4 de octubre– y en
aquellos momentos había un pequeño movimiento ciudadano disconforme con
que el Ayuntamiento de Barcelona tuviera que pagar una parte del festín,
en forma de horas extra de guardia urbana y de personal de limpieza.
Con más razón, pues, tratándose de un moroso.
Según esos documentos, el contribuyente Ignacio Urdangarin Liebaert
había estado pasando olímpicamente de pagar nada durante años: ni los
impuestos de circulación de su coche deportivo y su moto de gran
cilindrada –no los había pagado desde 1993–, ni los IBI de su piso y del
aparcamiento –debía los de los años 1996 y 1997– ni las multas de
circulación, que no eran pocas: 19, la mayor parte por aparcar la moto
indebidamente. La deuda del entonces jugador de balonmano del FC
Barcelona con el Ayuntamiento de la ciudad ascendía a 476.310 pesetas
–cerca de 3.000 euros–, una cifra entonces considerable y una actitud
que no casaba con la imagen de novio perfecto que entonces se proyectaba
de Urdangarin.
Enseguida saltaron las alarmas en la Zarzuela. Urdangarin corrió a
liquidar sus deudas, mientras la Casa Real se aprestaba a amortiguar el
impacto del dossier, que a principios de septiembre llegaba también a
las redacciones de varios medios escritos barceloneses. Los pocos que
finalmente dieron la noticia lo hicieron invirtiendo los conceptos: ya
no era el Urdangarin jeta que arrastraba cinco años de impagos con el
municipio sino el Urdangarin responsable que se ponía al día de algunos
tributos atrasados. De hecho, la mayor parte de los medios no informaron
de nada. Además de la revista de la FAVB, sólo el semanario El Triangle
le dedicó una doble página y portada, con el título: "Iñaki I, el rey
de las multas".
Una vez pasado el susto y el bodorrio, el Ayuntamiento de Barcelona
inició una minuciosa investigación interna para encontrar al autor del
atentado a la buena imagen del duque. Joan Clos se acababa de estrenar
en la alcaldía y posiblemente quería hacer méritos. Con una eficacia
digna de admiración, un mes después un funcionario del distrito de Les
Corts, de nombre Josep Antoni MG, era despedido de una patada al culo
mediante un decreto de alcaldía ratificado por el pleno municipal. El
rastreo informático había detectado que este técnico municipal había
consultado alguna de las multas más recientes de Urdangarin, y a partir
de ahí una búsqueda más centrada en su gestión constató que en tres años
este empleado había realizado unas 9.000 unificaciones de
contribuyentes –listado unificado de las deudas por diferentes conceptos
y momentos–, una de las cuales correspondía a Urdangarin. Durante el
juicio laboral, celebrado en febrero de 1998, el funcionario admitió que
"posiblemente" hubiera realizado esa unificación, pero aseguró que él
no había divulgado nada y sus compañeros testificaron que era muy
habitual que todo el mundo conociera la clave personal de los otros para
acceder al sistema.
En 2011, cuando saltó el caso Urdangarin, seguí el rastro de Josep
Antoni MG hasta localizarle. Después de aquello, había retomado los
estudios y con el tiempo se había convertido en un especialista en
transporte. Daba clases, había escrito algún ensayo y participaba en una
entidad del sector. Le llamé y le ofrecí publicar toda la historia,
pero ni siquiera me quiso confirmar si efectivamente él había sido el
cerebro de aquel efímero 'Comité Anticorrupción' de la era
pre-wikileaks. Casi nadie de su entorno conocía aquel episodio de su
pasado, me dijo, y no le apetecía nada desenterrarlo, aunque el tiempo
le hubiera dado la razón. A mi modo de ver, a pesar de que posiblemente
hubiera infringido alguna ley, tenía derecho a un cierto resarcimiento
moral, ya que al fin y al cabo había sido víctima del poder por haber
tenido la osadía de destapar un fraude protagonizado por un personaje
público. Le dije que acciones como la suya merecen ser aplaudidas e
imitadas, y no castigadas. Pero no hubo forma de convencerle.
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