el futuro tenía que estar aquí (eso es lo que contaban las películas hace 20 años), y sin embargo no se ha vuelto a la Luna, ni se ha llegado a Marte.. ni siquiera hay buenos trabajos (ni siquierahay trabajo para más de 6 millones de desempleados)..
en lo único que se ha avanzado es en la "igualdad de la identidad de género", en la "Alianza de Civilizaciones", y en "multiculturalidad".. eso sí..
disfruten lo votado..
Blade Runner, Tron, Aliens… Syd Mead: el diseñador del antiguo futuro
Imagen: Syd Mead.
Antes de leer este texto, si quieren paladearlo como Dios manda, visualicen una a una las imágenes de esta fotogalería. Buceen en el trabajo de Syd Mead, el Velázquez de nuestros sueños futuristas.
Permítanme un momento magdalena de Proust antes de empezar. Recuerdo una colección de cromos
de coches en los años ochenta que respondía al extravagante y
fantasioso título de «Coches» y el incisivo y ácido subtítulo de
«Colección de Cromos». Una presentación que hacía que la portada de un dosier de la Policía Nacional sobre un caso de evasión fiscal pareciera el Cuore.
Pero esa era la vida de los niños en aquella década. Austera.
Monocromática. Así nos íbamos luego a Francia de excursión y cuando
veíamos en la primera área de descanso que existían más tipos de
chocolatinas aparte del Huesitos nos temblaban las canillas.
El
caso es que en ese álbum había un cromo maravilloso. Todos traían el
nombre del modelo del coche, la velocidad, potencia, consumo y su
precio. Este que digo, no. Aquí ponía «Citroën-Eole: Modelo experimental». Sin más. Y en la foto venía un coche del «antiguo futuro» que era impresionante. Parecía sacado del Cimoc o el Zona 84.
Pregunté qué era un «modelo experimental» y me dijeron: «el coche que
habrá en el futuro». Qué emoción. Yo tendría uno como ese.
Imagen: Syd Mead.
La sensación al contemplar el Eole era la misma que cuando veías el interior de las naves de V, tan blanquitas. O el skype de Sean Connery en Atmósfera Cero.
Un mundo estilizado que pronto estaría al alcance de nuestras manos.
Pero no. La evolución siguió otros derroteros, ya saben, los teléfonos y
el pornotube. Tan solo podemos afirmar ahora en el futuro que son del
futuro como Dios manda las cuchillas de afeitar, que también sirven para
calcular por el método de la proporcionalidad inversa la inteligencia
de su propietario cuanto más aerodinámica sea su maquinilla.
Dicho
todo esto, si hay que señalar a una persona que nos hizo soñar con el
futuro, que llegó a transformar el mundo de los secadores de pelo y las
batidoras, por supuesto también las maquinillas de afeitar, es al
creador de los escenarios de las películas clásicos entre los clásicos, Blade Runner y Tron,
entre otras. Hablamos de Syd Mead. Un dibujante que se dedicaba a
pintar lo cotidiano de su tiempo como si fuese del futuro. Crear futuros
con lógica, racionales, en sus palabras. Y le pagaban dinerales por ese
don suyo. También describía su trabajo como «el lubricante del
capitalismo».
¿Y
cómo se gestó el monstruo? Nacido en 1933, de familia más bien humilde,
Mead fue un niño de los que se vuelcan con el dibujo y no dan la lata a
sus padres, que estaban siempre de viaje —su padre era ministro
baptista— hasta que se instalaron en Colorado. El primer dibujo suyo que
recuerda es un tío esquiando. Y, concretamente, su primer coche —si en
algo fue luego un maestro fue diseñando coches del futuro— lo dibujó con
tres años de edad. Siempre los hacía con gente dentro, recuerda. Un
detalle importante.
Siempre
he puesto gente en mis dibujos, desde que tenía cuatro años. Siempre he
pensado que los objetos no existen independientemente de las personas.
Era
un cerebro privilegiado. Le encantaba ir al colegio. Allí fue el
primero en aprender a escribir y a contar hasta a cien. Ahora recuerda
orgulloso que con once años era capaz de deletrear la palabra más larga
que existe en inglés, la enfermedad de, agárrense:
Pneumonoultramicroscopicsilicovolcanokoniosis. De modo que, ahora, en la
vejez, presume dichoso de que tenía dotes para las ciencias y para las
letras, que le funcionaban bien los dos hemisferios del cerebro.
Normal
entonces que también cuente que se aburría mucho con los otros niños
porque jugando no eran capaces de «imaginar nada que no tuvieran
delante». Aunque él también iba con ventaja porque su padre le leía
tebeos, antes de que él aprendiera a leer, de Superman, Linterna Verde,
Flash Gordon y Buck Rogers.
¿Por
qué un ministro baptista muy serio leería esas historias a su hijo
menor? No tengo ni idea, Pero lo recuerdo lo bien que estaba dibujada
cada viñeta.
Así se gestó el monstruo.
Luego en el instituto devoró a Asimov
por su cuenta y aunque nunca se consideró un verdadero fan de la
ciencia ficción, sabía de qué iba el tema. De hecho, en esta época llegó
a conocer al maestro del género Robert A. Heinlein en su propia casa. Fascinado también por las ilustraciones del espacio de Chesley Bonestell,
que fueron hechas antes de que existieran fotografías de la Tierra
sacadas desde su órbita, los intereses de Mead ya se fueron perfilando
cuando solo era un adolescente.
Y eso
hay que añadir, muy importante, que, según sus propias declaraciones,
el dibujo para él llegó a ser una especie de método de supervivencia:
No
estaba bendecido con belleza o habilidades atléticas, siempre fui algo
introvertido, conforme pasó el tiempo y empezaron las comparaciones con
mis compañeros, mi mundo interior empezó a ser un verdadero lugar para
estar, fabricar visiones exactas de mis mundos era enormemente
satisfactorio.
De
adulto Syd siguió dibujando, pero por placer. No sabía cómo se podía
hacer dinero con esa afición suya hasta que consiguió un trabajo en los
estudios Alexander Film Co. Entintaba y creaba personajes de animación.
Con este primer curro pudo comprarse un coche al que no tardó en
cambiarlo completamente por dentro y decorarlo a su gusto. Lo que ahora
llamamos despectivamente tuneo. La cabra tiraba al monte. Su madre le
montó un pollo porque lo había llenado de imágenes de tías en posturas
sugerentes. Las arrancó todas. Los Mead vivían al lado de una iglesia.
El
trabajo en este estudio se vio interrumpido por el servicio militar,
que a la postre resultó más decisivo en las influencias del artista que
los dibujos animados. Le tocó servir en Okinawa, Japón, en 1954,
mientras se reconstruía todo el país. Viajó por Asia y guardó muy bien
en la memoria todo lo que veía. Le fascinaba la decoración geométrica
que abundaba, la mezcla de las culturas china y japonesa. En Hong Kong
alucinó del todo.
En
Okinawa, se topó en una revista con la salida al mercado del coche
Lincoln Continental Mark II. Se quedó helado de la emoción, de la
sorpresa. Escribió una carta al jefe de diseño del modelo, que le
contestó y le recomendó que si quería dedicarse a diseñar coches entrara
en el Art Center de Los Ángeles. Así lo hizo y en esta etapa sabemos
que quedó fascinado especialmente por el pintor Giorgio de Chirico y los clásicos, citados por este orden, Rafael, Miguel Angel, El Greco, Caravaggio, Rubens y Leonardo.
Uno
de sus primeros trabajos fue el diseño de los escaparates de la cadena
de ropa femenina Lerner Shop, pero una vez graduado fichó por la firma
automovilística Ford, en Michigan. Quién sabe lo que su mentalidad
futurista hubiera podido hacer con el mundo de la moda femenina —que no
se alcanzara luego en los ochenta con las hombreras—. La realidad es que
lo que a él el tiraban eran los coches.
Estuvo dos años en Ford, aunque quien le ofreció que empezase a diseñar vehículos del futuro con
completa libertad creativa fue Hansen Co. Estos trabajos le abrieron la
puerta de compañías como US Steels, Celanese Corporation y Allis
Chambers. Empezó a ser conocido internacionalmente, pero en lo suyo, en
el mundo industrial.
Concretamente, US Steel le pidió que dibujara cómo veía las ciudades del futuro. De esta colección de dibujos destaca «Race at Megaestructure».
Una pedazo de no sé sabe qué irrumpiendo en mitad del desierto, en un
cañón, con la gente tomándose algo asistiendo a una carera en unas
terrazas en plan pijos de Santorini o Ibiza viendo la puesta del sol.
Uno lo ve y lo primero que piensa no es lo futuro que resulta todo, sino
de qué estarán hablando las personas. Era el futuro, pero era
cotidiano. Poco solemne. En algunas de estas pinturas, por cierto, se
puede ver a gente manejando algo parecido a smartphones.
En 1967, trabajó con el ingeniero automovilístico Roy Lunn en un Ford «J» destinado a la carrera de Le Mans.
«Algunos de los diseños que hice para Le Mans todavía no deslucen al
lado de los diseños actuales de alta gama», sigue presumiendo —hay que
decir que presume bastante—. Tan solo se hace autocrítica por el Rolls
Royce que diseñó en los sesenta. No porque no fuera bonito, sino porque
entiende que lo hizo demasiado grande a tenor de la evolución que han
experimentado los coches. En contraposición, los que hizo para la marca de juguetes Hot Wheels fueron un pelotazo por razones obvias. Diseñando juguetes para niños uno se puede extralimitar un poco.
Pero
lo mejor, la sorpresita que dejó en los sesenta, fue un vehículo
articulado, con extremidades; unos vehículos muy parecidos a los que
aparecen en el inicio del Imperio Contraataca luchando contra
los terroristas en la nieve. Es un diseño de 1969. Según explicó, su
idea era que las patas pudieran convertirse fácilmente en ruedas. El
objetivo era poder penetrar en lugares nevados inaccesibles. Estaba
inspirado en la fisonomía de los elefantes. Aunque tampoco podemos decir
que fuera una idea suya exclusiva, cuando él los publicó, el ejército
americano ya había iniciado un prototipo, el RH-2010 – The GE Walking
Truck, de similares características. Y los vídeos que hay ahora de
robots autónomos que van por ahí caminando y pueden hacerlo pegando
tiros, los tienen en YouTube, acojonan un huevo. Lo que dibujó Mead
hacía el bien.
Imagen: Syd Mead.
Aunque no así los concibió George Lucas,
que en su película quería una máquina de destrucción para la nieve. En
principio pensó en usar tanques del ejército noruego revestidos para
darles apariencia espacial, pero buscando inspiración, el libro de Syd
para US Steel cayó en sus manos y vieron que ese vehículo con patas era
justo lo que necesitaban. De ahí partió la idea inicial. Por cierto, que
John Berkey, el que diseñó el póster de la trilogía, es citado como uno de los artistas favoritos de Syd Mead.
Con
el cambio de década, a principios de los setenta, Mead comenzó su
propia compañía. Trabajó con uno de los diseñadores industriales más
famosos, Raymond Loewy, y se hinchó a diseñar. Primero,
para Philips, a quienes aportó idea, conceptos futuristas, durante doce
años. Quién sabe si todos los que hemos podido jugar a guerras
interestelares armados solo con el secador de pelo de nuestra madre se
lo debemos a Syd Mead. Por lo pronto, lo que sí que sabemos que hizo con
Philips y en colaboración con el gobierno holandés fue un prototipo que
anticipaba los actuales coches pequeñitos modelo Smart. El ayuntamiento
de Amsterdam quería una flota de vehículos públicos pequeños y
manejables para moverse por el centro de la ciudad y recurrieron al
artista. Nunca fue puesto en marcha, pero ahí quedó la idea, para
futuras políticas públicas municipales. Este año hay elecciones, tomen
nota.
Imagen: Syd Mead.
También
colaboró junto a Loewy en el diseño del interior del malogrado Concorde
de Air France y el de 747 del sultán de Brunei. Además de trabajos para
las casas y yates de lujo de los miembros de la monarquía saudí y
hombres de negocios de ese país, que no son precisamente austeros y
comedidos, como todo el mundo sabe.
Hizo sus pinitos creando el interior de hoteles. Algunos de ellos han terminado graciosamente siendo un bar vasco, como este en el Eventi Hotel de Nueva York.
Modernizó fachadas de edificios modernos por todo el mundo, Houston,
Detroit, Nueva York, Texas, Michigan, Singapur, Londres … Y el pabellón Spaceship 2056,
en el parque de atracciones New Roema de Japón. Una megacúpula con
montaña rusa que entran unas ganas locas de ponerla al lado de un
aeropuerto sin aviones español.
Pero
por lo que alcanzó verdadera relevancia mundial fue por su salto al
mundo del cine «en persona», no inspirando indirectamente a Lucas.
Empezó en Star Trek, de Robert Wise.
El director sabía exactamente lo que quería. Una nave, la de los malos,
que tenía que parecer «orgánica y mecánica al mismo tiempo». Algo
«absolutamente extraño». Lo hizo en una habitación de hotel de
Amsterdam. Paramount le enviaba un mensajero dos veces a la semana a
recoger los diseños. Y las últimas escenas las acabó en un bar pimplando
bitterballen —una especie de croqueta holandesa—, ginebra y cerveza. El
resultado dicen que no convenció a los fans de la saga, gentes
peculiares donde las haya, pero con el paso del tiempo aparece citado
elogiosamente por los que vieron la película a edades tiernas.
Se
trata de un vehículo misterioso y apabullante, un verdadero delirio
técnico realizado con maquetas que no tiene nada que envidiar a ningún
FX digital de hoy en día; su atmósfera es realmente indescriptible, una
gran labor de diseño y realización que, unida a la música de Jerry
Goldsmith, sugiere un gran viaje hacia lo desconocido. (fortalezaescondida.blogspot.com.es/)
La
nave nunca llegó a verse entera en la pantalla. Había unos planos en
los que aparecía su sombra sobre la luna, para mostrar sus verdaderas
dimensiones, pero fue cortada. Uno de los creadores de la serie, Gene Roddenberry,
le ofreció a Mead seguir trabajando con ellos, pero pretendían que lo
hiciera sentadito en una silla fichando en una oficina. Mead dijo que
no. Entre otras cosas porque el cine no era el único de sus proyectos.
Ahora recuerda a Roddenberry como un «control freak». Sus cenizas, que
están esparcidas por el espacio, se retorcerán al oírlo, suponemos.
El siguiente en llamarlo fue Ridley Scott. Se había dado cuenta de que tras el éxito de Alien, necesitaba un reclamo equivalente a la mítica nave Nostromo, diseñada por Roon Cobb. En su primer encuentro le habló de una película que se iba a llamar Dangerous Days. Cine negro mezclado con ciencia ficción y que finalmente se tituló Blade Runner. Le dijo: «Syd, esto no es como La fuga de Logan,
donde todo es rápido y limpio». La acción se situaba en Los Ángeles en
2019 —por cierto, solo quedan cuatro años—, tenía que ser sucio, era un
futuro cercano. Lo cual aumentaba las posibilidades de meter la pata, ha
confesado Mead, no era como en Alien que la acción se situaba en un futuro muy lejano en el que podías diseñar lo que te diese la gana
Mead reconoce que si le cogen el 60% de lo que ha diseñado para un proyecto, se da con un canto en los dientes. Pues bien, en Blade Runner
tomaron el 100%. Todo es tal cual lo diseñó. Ridley Scott esperaba los
vehículos, pero se encontró que con esa manía de Mead de
contextualizarlo todo, de al dibujo de un coche ponerle calles y
edificios detrás, incluso viandantes, y el director al recibir los
diseños vio que ya tenía todo el conjunto hecho. Compró todo lo que pintó. A lo loco.
Como
modelos, Mead tomó autobuses de Filipinas, coches cubanos de los
cincuenta y sesenta y le dio a todo una pátina de modernidad. Pero en un
futuro oscuro. La ciudad, entendió, se había extendido de forma
vertical, construyendo edificios unos encima de otros. De modo que a pie
de calle, parecía actual, como era en el siglo XX, y por arriba
absolutamente sofisticada.
Partió
de la apariencia de Nueva York y Chicago y las imaginó con edificios de
novecientos metros de altura. Mead se quejaba de que las películas de
ciencia ficción tenían tendencia a sustituir las ciudades por otras
nuevas, cuando él consideraba que, tal y como ha venido ocurriendo
siempre, conservarían las partes viejas aunque surgieran nuevas
modernas. No obstante, se le acusó de haber copiado el estilo del barrio de Ginza, en Tokio,
pero él se defiende con la excusa de que estuvo allí en el 61, cuando
no existía este barrio, y no volvió hasta el 83, cuando ya había salido Blade Runner.
Donde sí admite que se inspiró para la ciudad de Blade Runner
es en las Torres Gemelas de Nueva York, las cuales amplió en su
imaginación. Trabajaba siempre desde un punto de vista racional. Si iba a
doblar la altura de un edificio, imaginaba todos los cambios que ello
supondría alrededor. Se entrenaba cogiendo revistas de actualidad y
llevando al futuro con la imaginación todo lo que veía, los reportajes,
los anuncios, el interior de las casas… Así parió el vehículo de Harrison Ford,
inspirado en el sistema de elevación de los aviones Harrier. También
inolvidable. Por problemas con el sindicato del cine, no pudo firmar
como «art-director» en los créditos de Blade Runner y lo hizo como
«visionario del futuro». Casi mejor para él, que es como se le recuerda.
Solo
le puedo decir que cuando preparábamos la película éramos totalmente
inconscientes de lo que podría suponer. Insisto, nos limitábamos a
configurar una estética acorde con la historia. Mezclamos muchos estilos
—lo clásico, lo moderno, el art decó, etcétera— y el resultado final,
afortunadamemte, fue muy interesante. Blade Runner es,
verdaderamente, un filme único, irrepetible. Trabajando en ese filme
aprendí que para ser un creador debes olvidar las reglas y proceder con
ingenuidad. También se reafirmó mi idea de que la fantasía es para la
mente lo que el aire para el cuerpo. (La Vanguardia)
Imagen: Syd Mead.
Antes de terminar con Blade Runner, ya estaba trabajando en Tron.
Otra joya de diseño que no se llevó ningún premio porque en la Academia
consideraron que los efectos especiales estaban «trampeados» por haber
empleado ordenadores. El gremio temía que el desarrollo de la
informática les iba a dejar a todos en la calle. De hecho, muchos
animadores de Disney se negaron a trabajar par Tron porque
creían que estaban cavando su propia tumba apoyando una película con
escenarios diseñados por ordenador. Les mandamos a todos ellos un fuerte
abrazo desde aquí, desde el año 2015.
A Mead los diseños para Tron
le entusiasmaron más que nunca. Se trataba de un lugar, el interior de
un ordenador, donde transcurría la acción, en el que no podía haber ni
gravedad, ni peso por lo tanto, de modo que puso todo su empeño en que parecieran irreales.
Los tanques no están mal, pero lo que pasó a la historia fueron las
motos. No solo por su espectacular diseño y unas escenas que dejaron KO a
los niños de todo el orbe, sino por los posteriores juegos de ordenador
que inspiraron. Uno de ellos, el Zona 0, de la compañía española Topo Soft. Este verano recordamos su pedazo de banda sonora en CPC.
Imagen: Walt Disney Pictures.
A continuación le llamó Peter Hyams para 2010, Odisea 2. Tuvo que diseñar la nave soviética, el Leonov, en contraposición al Discovery de Stanley Kubrick.
La nave en la que ‘vivía’ el ordenador HAL tocando las bolsas
testiculares a la tripulación a Syd Mead le parecía «la cocina del
futuro», tan blanquita como era. Y así es como se estaban diseñando en
esa época y se ha seguido haciendo hasta hace muy poco. Él quiso
entonces para su Leonov
explotar la fama estereotipada de los rusos como diseñadores más bien
torpes, que hacían cosas de gran tamaño y poco sofisticadas. «Estilo
brutalista» que exteriormente no era «lovely», como el Discovery. En
este rodaje, Mead conoció a Arthur C. Clarke, con quien
Hyams mantuvo una contacto constante por vía email, un sistema de
comunicaciones completamente desconocido fuera de la comunidad
universitaria en 1984. Los correos están publicados en un libro, The Odyssey file.
Imagen: MGM.
Su siguiente diseño para el cine fue con James Cameron. El Sulaco, la nave de la segunda entrega de Alien.
Inicialmente, Mead esbozó una embarcación esférica mientras iba en el
avión camino de Hollywood. Al director no le gustó. El guión se iba a
parecer a Rambo más que a otra cosa y quería algo plano, con
una superficie lisa, donde los protagonistas pudieran matarse mientras
él lo grababa con un sencillo traveling. Entonces Syd hizo la nave con forma de fusil.
En sus palabras, «un carguero masivamente armado». Una nave hexagonal
con la parte delantera llena de antenas. En cuanto al interior, destacan
las camas de hibernación, todas puestas en fila. Para el vehículo en el que se mueven Ellen Ripley y sus siempre perjudicados camaradas, Mead actualizó los helicópteros de carga del ejército americano.
Imagen: 20th Century Fox / Brandywine Productions.
Y otro diseño histórico y que todo el mundo recuerda fue el de Cortocircuito. Esta vez, tenía que ser un robot «simpático». Nada de análisis de corte industrial. El director, John Badham,
le pidió que dentro del robot pareciera que hubiera una persona. Que
tuviera alma. Sentimientos. Lo que la película, por otra parte, trataba
de contar. Después de estrujarse las meninges, la forma con la que logró
Mead que Nº5 transmitiera una apariencia humana, aunque fuera un
conjunto de hierros, fue una de sus salidas más geniales: los párpados.
Con eso logró que el robot jugase con la mirada y transmitiera
emociones.
El
problema de diseñar para el cine en lugar de para la industria
convencional, es que si yo hago el diseño de una cámara de fotos, ellos
luego se gastan un montón de dinero para educar al público para que crea
que eso, de hecho, es una cámara. En el cine ese lujo no se da. Tienes
que jugar con el vocabulario que ya está en la cabeza de la audiencia,
tienes que hacer concesiones. En realidad estás manipulando clichés. (New York Times)
Imagen: TriStar Pictures.
En 1994 hizo también los vehículos de Timecop, con Jean-Claude Van Damme dirigido por Peter Hyams. Al año siguiente hizo Johnny Mnemonic, suyo fue el delfín, y la tecnología miniaturizada de Días extraños, de Kathryn Bigelow. Misión imposible III en 2006 y su última gran creación fue la nave de Elysium,
quizá una desigual película. Se trataba de una nave-ciudad donde
residían los millonarios que habían escapado de la tierra por ser esta
inhabitable por la superpoblación, miseria y enfermedades. Como en
pateras, los terrícolas trataban de saltar desde la Tierra a este lugar
en naves piratas. El Elysium se parecía a la estación espacial de 2001, pero con un interior de jardines y campos de golf donde los ciudadanos de bien hacían el mal.
Pese
a todo, mi diseño favorito lo hizo antes de que el cine clavara sus
dibujos en nuestras mentes —sin saber la mayoría de nosotros que eran
suyos—. Se trata de una caravana que hizo para la revista Playboy. Inspirada en la canción de Chuck Berry
«No Money Down» en la que el protagonista de la letra se va a vivir a
su coche, Mead creó un vehículo de seis ruedas con todas las
innovaciones tecnológicas y comodidades. La furgoneta se conducía ella
sola mientras tú te podías relajar. Y el cuadro de mandos, cuando
estacionabas, se convertía en la barra de un bar. En las imágenes, Mead
dibujó a un caballero follando
cómodamente en su interior, por si alguien le quedaban dudas de para
qué estaba diseñada. De todas sus ideas, sin duda la más deseada.
Este
buen hombre, premiado en Sitges por cierto, tiene ochenta y un años. Es
un americano de pura cepa. Considera a su país el mejor lugar del mundo
para salir adelante, el tópico de la tierra de las oportunidades. «Los
que odian América están irritados porque funciona muy bien, pero la
gente no para de venir, votan con los pies», asegura. También rechaza el
arte moderno y no le gustan los coches de hoy en día. Diseñados por
ordenador, cree que eso no hace que sean mejores, sino que todos se
parezcan entre ellos. Añora los tiempos en que se dibujaba en la mesa
cada pieza y luego se ensamblaban. En todo caso, Elysium no será lo
último que veamos de su factoría. Promete «morir con un lápiz o un
pincel en la mano». Y por nuestra parte, antes de que eso suceda,
preferimos que nos lo crionicen.
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