ayudas para las que se necesitan formularios de 20 páginas, y en los que siempre hay alguna clausula imposible de cumplir.. bienvenidos al nuevo "Estado del bienestar"..
disfruten lo votado..
Ser pobre es una mierda - Jot Down Cultural Magazine
Hace unos años mi trabajo consistía en ayudar a familias con pocos ingresos a rellenar el papeleo para pedir servicios sociales.
En un país normal, donde el Estado no se dedica a juzgar la catadura
moral de sus ciudadanos pobres, este es un trámite relativamente
sencillo. Hay papeleo, sí, pero la mayoría de servicios como sanidad o
acceso a guarderías públicas o bien son o bien aspiran a ser
universales. Más allá de demostrar que tienes un pulso y confirmar que
no eres un asesino en serie perseguido por la justicia, la
Administración tiende a dejarte en paz.
Esto no es así en Estados Unidos. Cualquier persona de pocos ingresos
que tenga que pedir alguna clase de ayuda, por desesperada que esté,
tiene que rellenar una cantidad francamente deprimente de formularios, a
menudo adjuntando una montaña enorme de documentación. Impresos de más
de veinte páginas no son en absoluto inusuales, así como largas tardes
al teléfono intentando convencer a un aburrido funcionario de servicios
sociales de que es poco realista pedirle a un indigente una copia de su
carnet de conducir y el teléfono de su casero, por mucho que esa sea una
de las preguntas marcadas como obligatorias en la sección 5B.
A efectos prácticos, lo cierto es que me pasé meses de mi vida
esencialmente rellenando formularios a cientos de personas de muy mal
humor, siempre preguntándoles cosas privadas, embarazosas o directamente
insultantes. Dice mucho de la paciencia y buena voluntad de la gente de
Nueva Inglaterra que nadie me soltara una bofetada y que solo un par de
veces se me liaran a gritos, porque realmente estaba haciéndoles un
examen sobre sus vidas. Por muy buena voluntad que le pusiera, sin
embargo, el tener que pensar sobre quién cumplía los requisitos para
acceder a sanidad, cupones de alimentos y demás día sí día también
acababa por hacer que juzgara a estas personas, aunque fuera un poquito.
Siempre me contuve, intentando ser educado.
Hasta que un día me pasé de listo.
Era una mañana de junio y estaba en una pequeña ONG en New Haven, en un
barrio hispano no demasiado agradable. Dos citas no se habían
presentado, y no estaba de muy buen humor. Llevaba un rato sin clientes,
aburrido en un despacho desvencijado leyendo artículos sobre trenes en
internet. Fue entonces cuando llegó una mujer que no llegaba a la
treintena, puertorriqueña, con sus dos hijos pequeños a cuestas, a ver
si podía apuntarse al seguro médico y cupones de alimentos.
Un poco irritado, saqué el cuestionario y me puse a hacer toda la
horrible batería de preguntas, inquiriendo sobre dónde vivía, dónde
trabajaba, cuánto ganaba, cuántos ahorros tenía, qué coche conducía, si
tenía historial delictivo, dónde vivía el padre de sus niños, y pidiendo
que me detallara su situación familiar. Ser pobre a menudo significa
someterse a estas pequeñas humillaciones, tristemente, e intenté ser
amable, incluso con dos críos chillones interrumpiéndome en un despacho
lleno de cachivaches.
Fue al preguntar sobre sus gastos cuando me pasé de listo. Por una serie
de motivos regulatorios obtusos que no vienen a cuento, en la solicitud
era necesario detallar cuánto se paga de alquiler, electricidad,
calefacción, etcétera, no sea que alguien esté pidiendo ayuda sin pasar
suficiente hambre. La factura de teléfono del mes pasado para esta pobre
chica era de más de cien dólares, ya que además de teléfono e internet
tenían contratada televisión por cable. No era la primera vez que me
encontraba a alguien que no llegaba a final de mes con estos gastos, y
siempre me callaba. Esta vez, sin embargo, no pude evitar juzgarla y
decirle, con bien poco tacto, que quizás harían bien en ahorrar ese
dinero en vez de malgastarlo en un lujo innecesario.
Por muy buena cara que la pobre mujer hubiera estado poniendo hasta
entonces, esa fue la gota que colmó el vaso. Primero se quedó quieta,
mirándome fijamente, frunciendo el ceño. Tras unos segundos de silencio,
pidió a sus dos chavales que salieran fuera un ratito, que ya casi
estaban. Una vez se fueron los niños, cerró la puerta y rompió a llorar,
contándome entre sollozos que sabía que era un lujo, que sabía que era
tirar dinero, pero que no podía hacerlo ya que sus hijos la odiarían por
ello.
Ser pobre, me contó, es no poder hacer nada, nada en absoluto; es no
poder ir a comer fuera, no poder llevar a los niños al cine, no poder
comprarles juguetes o llevarlos a la ciudad. Es no poder apuntarlos a
actividades extraescolares, porque no podía salir temprano de uno de sus
dos trabajos para ir a recogerlos. Desde que recordaba, la palabra que
más había repetido a sus hijos era «no». Dejarles sin Spongebob, sin
poder hacer nada más que sentarse a mirar la pared cuando estaban en
casa era demasiado. Y por supuesto, no era solo por sus hijos. Sin
televisión, sin ese pequeño lujo que apenas podía pagar, no se veía
capaz de aguantar esos días que volvía del trabajo a las once de la
noche, cansada y oliendo a McDonalds, sin perder la cabeza. Ver la
novela grabada y fumarse un cigarrillo. Era eso o no poder más.
La había juzgado, obviamente. Había juzgado que ese pequeño lujo, ese
gasto innecesario, era una muestra de su falta de disciplina, de la
falta de criterio que la había hecho pobre. Tenía dos hijos, estaba
sola, fumaba y encima quería ver Dexter en la tele. No era digna.
Lo que no estaba viendo es que esta mujer, aún no llegada a la
treintena, tenía dos empleos a tiempo parcial, dos niños llenos de
energía y absolutamente nadie que la ayudara. No se había tomado unas
vacaciones desde hacía años, y no sabía si temía más el verano porque no
sabía dónde iba a meter a sus hijos mientras estaba en el trabajo, o
porque le iban a reducir las horas en el curro y no podría pagar el
alquiler. Su cansancio no era la clase de agotamiento que se va con una
buena noche de sueño. Su cansancio era el de estar muerta de miedo todo
el día, de forma constante, sin pausa, harta de que todo el mundo la vea
como una fracasada y rota por dentro por la sospecha de que quizás
tuvieran razón.
La pobreza es una mierda. Se ha hablado mucho estos días en Estados
Unidos sobre si existe una «cultura de la pobreza», sobre si la gente
con pocos ingresos lo que necesitan es menos servicios sociales que les
rían las gracias y más lecciones sobre fortaleza moral. Ojalá fuera tan
sencillo. La realidad es que cualquier persona medio normal que viva
bajo los niveles de estrés, angustia y temor de estar cerca de la
pobreza no tendrá las más mínimas ganas de que alguien le explique sus
errores. Sencillamente estará demasiado agotado para prestarle atención.
Hay un libro sobre este tema absolutamente fascinante, publicado hace
unos meses, llamado Scarcity: The New Science of Having Less and How It
Defines Our Lives, de Senil Mullainathan y Eldar Shafir. El foco de los
autores, su pregunta inicial, es explicar por qué los pobres toman
decisiones que a menudo parecen irracionales. Por qué compran alcohol,
juegan a la lotería, fuman o tienen televisión por cable. Por qué no
ahorran y prefieren comprarse un televisor LED de cincuenta pulgadas a
abrir una cuenta de ahorros.
Su conclusión, basada en una cantidad tremenda de evidencia empírica,
es que los humanos tenemos un «ancho de banda» limitado a la hora de
procesar información y tomar decisiones. Podemos atender unas pocas
cosas a la vez, podemos preocuparnos por un número limitado de
proyectos, pero llegado un determinado nivel de actividad y problemas
que confrontar no damos más de sí. El «ancho de banda» disponible, sin
embargo, no depende demasiado de la inteligencia o talento de cada
individuo, sino que está fuertemente influenciado por el contexto.
Alguien sin preocupaciones inmediatas puede procesar una cantidad
considerable de información y tomar decisiones a largo plazo.
Cuando alguien afronta una situación de escasez material inmediata,
sin embargo, su capacidad cognitiva se concentra en responder a esa
amenaza, a ese riesgo inmediato, dejando de lado cualquier otro problema
a afrontar. Alguien en la pobreza tiende a vivir obsesionado por lo
inmediato, por el problema que tiene justo ahora mismo al frente. No
hace planes sencillamente porque su cerebro no le deja pensar en nada
más. Es una respuesta primaria, el cerebro de cazador-recolector
obsesionándose con su necesidad imperativa de supervivencia. Y lo es
hasta el punto de producir una reducción de la capacidad de razonamiento
medible y verificable; un descenso del coeficiente intelectual de
quince puntos solo por estar sufriendo ese estrés. Para haceros una
idea, es el equivalente a tener que tomar decisiones tras una noche sin
dormir.
La experiencia de la pobreza, el día a día de no saber cómo vas a pagar
el alquiler, no saber qué vas a hacer con tus hijos, no saber cómo vas a
poder alargar los treinta dólares para una compra que te llegue hasta
el viernes, es algo increíblemente duro. Es angustioso para los adultos
que viven en este mundo, y es aún peor para los hijos que crecen en una
familia así, con padres que viven abrumados por este miedo constante.
Para un niño crecer en un contexto de estrés tóxico, de inestabilidad
familiar, padres agotados, gritos constantes y el temor constante de
perderlo todo es extraordinariamente doloroso, especialmente durante la
primera infancia. Crecer con algo parecido a estrés postraumático hace
que salir de ese pozo sea algo mucho más difícil (las habilidades de
aprendizaje se resienten, peores habilidades sociales, falta de
modelos), perpetuando aún más el problema.
Cuando hablamos de pobreza, por tanto, nunca podemos olvidar lo
extraordinariamente duro que es sufrirla. No estamos hablando de vivir
en pisos pequeños, comer mal, no ir al cine o estar en un barrio feo de
la ciudad. Estamos hablando de miedo, angustia y temor constantes, a
menudo en solitario, sin que nadie se digne a prestarte atención.
Afortunadamente, sabemos cómo reducir la pobreza: el estado de bienestar
puede hacerlo, y funciona bien en muchos países. El problema en España
es que nuestro estado de bienestar no cumple con su cometido en
absoluto. Pero de eso, me temo, hablaremos en otro artículo.
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