20190120

Heteropatriarkado

sin olvidar que el hombre iba a hacer la mili (un año pelando patatas.. con suerte no te morías en el intento); las mujeres "por el mero hecho de ser mujeres" (sic) no iban.. muy curioso el "heteropatriarkado"..
































otras grandes "heroinas feministas" de la historia:

*** Catalina la Grande. Princesa alemana, se convirtió en Gran Duquesa rusa por su matrimonio con el futuro Pedro III. Su principal función como princesa consorte era dar descendencia legítima al trono, así que tuvo tres hijos, …los tres ilegítimos: el primero (futuro zar Pablo II), de Saltykov; el segundo, de Poniatowski; y el tercero, en una época en que ya no convivía con su marido, de Gregorio Orlov. Este tercer embarazo lo ocultó, y cuando su curso natural se hizo demasiado visible, permaneció en cama fingiendo una torcedura de tobillo, que la "retuvo" durante semanas en el lecho con un pie aparatosamente vendado. Llegado el momento del parto, para evitar cualquier indiscreción, encargó a uno de sus sirvientes de máxima confianza que incendiase su casa, situada en las cercanías del palacio. Al ser las casas de madera, el incendio se propagó pronto a todo el barrio, lo que mantuvo centrada la curiosidad general durante las horas críticas del parto, que tuvo lugar en un ala apartada del edificio.

Catalina llegó al poder tras dar un golpe de estado contra su marido (Pedro III), al que sus amigos, encabezados por su amante Gregorio Orlov, dieron muerte. Poco después moría, también asesinado por sus guardianes, el zar Iván VI, depuesto por Isabel I de Rusia cuando tenía dos años, y en prisión desde entonces, al igual que su madre (la regente). Catalina, además de usurpar ilegítimamente el poder (dos regicidios en dos años), lo ejerció con total despotismo. Mantuvo guerras expansionistas contra turcos, suecos y polacos, y aumentó considerablemente (en un tercio) el territorio ruso a costa de ellos. Tuvo incontables amantes, todos ellos "oficiales" y con gran influencia en el gobierno. A todos los cubrió de honores y riquezas. Orlov fue desplazado del lecho imperial por Potemkim, su ministro más capaz, amante imperial durante dos años. Cuando dejó de resultar suficientemente excitante para la zarina, Potemkim se encargó de escoger para ella, con gran astucia politica, los amantes sucesivos (Zavadovski, Zoritch, Rimsky-Korsakov, Lanskoï, Ermolov, Mamonov, Zoubov). No sólo Potemkim velaba por abastecer el lecho de la soberana con adonis sin aspiraciones políticas, sino que también intervenía una "probadora" o "catadora" (una alta dama de la Corte, primero la condesa Bruce, después la Sra. Protassov) que garantizaba el buen rendimiento sexual de los aspirantes y daba su visto bueno antes de conferirles la condición de amantes titulares de la emperatriz, posición que los colmaría de riquezas y honores. Aunque mantenía correspondencia con los principales filósofos ilustrados de la época (Voltaire, Diderot, Grimm...), Catalina ejerció una autocracia sin fisuras, favoreció los intereses de la nobleza rusa a costa de endurecer la condición de los siervos y se opuso con todas sus fuerzas a la revolución francesa. En una época en que los siervos se vendían en lotes, junto con muebles y enseres, y en las gacetas locales eran habituales los anuncios del tipo: "vendo una sierva de 16 años y dos armarios nuevos", Catalina, la amiga de los filósofos ilustrados, batió todos los récords, llegando a distribuir más de ochocientas mil "almas" en regalos y recompensas a sus amigos y amantes. Las profesiones de filantropía reiteradas en sus cartas a los enciclopedistas franceses tampoco fueron impedimento para que Catalina reprimiese con dureza medieval la revuelta campesina dirigida por Pugachev.

*** Isabel la Católica, hermana del rey Enrique IV, disputó los derechos dinásticos a la hija del monarca y heredera legítima, Juana la Beltraneja, y alumbró con ello una contienda civil que duraría cuatro años. Aprovechó el descontento de una facción de la nobleza, que destronó al rey simbólicamente en la llamada "farsa de Ávila" y forzó la situación hasta lograr que el rey la reconociera como sucesora en el pacto de los Toros de Guisando, que fue denunciado por el propio rey dos años más tarde en Valdelozoya tras el matrimonio de Isabel con Fernando, heredero de la corona de Aragón. Isabel hizo caso omiso de esta revocación y, a la muerte del rey, se autoproclamó reina en un verdadero golpe de Estado, lo que dio lugar a la guerra civil entre sus partidarios y los de la Beltraneja. Como es costumbre en el caso de reinas o aspirantes a serlo por la fuerza de las armas, ella no intervino nunca personalmente en las luchas, ya que encomendó a su marido, príncipe aragonés, la dirección de su ejército castellano. Fernando, en cambio, si se expuso al peligro de esas batallas a favor de su esposa, en particular en la batalla decisiva de Peleagonzalo (1476). La gran capacidad mostrada por Isabel como gobernante dejó pronto en segundo plano, incluso para la Historia, la cuestión de su legitimidad como soberana. Gobernó como lo hubiera hecho el monarca más celoso de su autoridad en su época, y sin mostrar ningún escrúpulo femenino o feminista: expulsó de España a los judíos y se apoderó de sus bienes, combatió a los moros de Granada hasta su expulsión, creó la Santa Inquisición y sus hogueras, comenzó la explotación de los indios en América, etc. Por cierto, también creó unas curiosas Escuelas de Palacio, de las que formaban parte jóvenes de ambos sexos de las familias más ilustres del reino, que acompañaban a todas partes a la corte itinerante de aquellos tiempos y estudiaban bajo la dirección de personajes como Pedro Mártir de Anglería, Lucio Marineo Sículo o Beatriz Galindo, la Latina. Sí, sí, jóvenes de ambos sexos.

*** Catalina de Médicis fue la instigadora y verdadera responsable moral de la Masacre de San Bartolomé (24 de agosto de 1572) que costó la vida a unos 4000 protestantes en París y a varias decenas de miles más (entre 20.000 y 60.000, según los autores) en el resto de Francia. Su activa participación en la política y las guerras de religión de Francia no representó para ella, como mujer, los riesgos que llevaron a la muerte a su hijo Enrique III (asesinado en 1589 por el fanático monje católico Clément), su yerno Enrique IV (asesinado en 1610 por el no menos fanático Ravaillac), o para el padre de Enrique IV, Antonio de Borbón, Condestable de Francia, muerto en 1562 de un disparo de arcabuz en el sitio de Rouen, o su hermano Luis I, príncipe de Condé, jefe del partido hugonote, muerto en la batalla de Jarnac (1569), por citar sólo a algunos miembros de su familia muertos en la contienda entre católicos y protestantes franceses.

*** María Estuardo. La biografía de María Estuardo (1542-1587) es, literalmente, una intensa novela romántica. Pero su aureola de heroína trágica no está exenta de tenebrosidades, entre las que destaca el asesinato de su segundo esposo Henry Darnley, rey consorte de Escocia. Dos años después de haber superado con su empeño y decisión característicos todos los obstáculos políticos que se oponían a su matrimonio por amor con el jovencísimo Darnley, María Estuardo está decepcionada y cansada de su esposo, al que no perdona su participación en la conspiración para asesinar al secretario personal de la reina y personaje omnipotente en Escocia, el advenedizo italiano David Riccio. Entonces entra en escena el conde de Bothwell, noble escocés del que María se enamora perdidamente y al que ofrece su mano y, con ella, la corona a cambio de su ayuda para desembarazarse de Darnley. Éste, que siente su vida en peligro, se ha retirado al castillo que su padre, el conde Lennox, tiene en Glasgow. Allí se siente seguro, protegido por las murallas de la fortaleza paterna y con un barco siempre preparado en el puerto para una huida precipitada. En las fechas en que todo está listo para su asesinato, Darnley yace en su lecho de Glasgow, enfermo de viruela. En tales condiciones, la conspiración contra su vida parece condenada al fracaso. Y ahí es donde interviene decisivamente María Estuardo, que finge un repentino interés por la salud de su esposo, acude a visitarlo a Glasgow, le hace creer que desea la reconciliación y logra convencerlo para que vuelva a la Corte. En pleno mes de febrero, el rey hace el viaje desde Glasgow a Edimburgo en la litera que María Estuardo ha tomado la precaución de llevar consigo. Pero llegados a Edimburgo, en lugar de conducir al enfermo a cualquiera de las residencias reales, lo llevan a una humilde casa de los suburbios, alegando que la viruela podría ser contagiosa. Al cabo de unos días, durante los cuales María Estuardo no deja de visitar frecuente y ostentosamente a su marido enfermo y fingir un constante desvelo por su bienestar, en la madrugada del 10 de febrero de 1567, se produce una terrible explosión y la casa salta por los aires. El cuerpo sin vida de Darnley aparece en el jardín. Tres meses más tarde, el 15 de mayo de ese año, María Estuardo y lord Bothwell, la pareja asesina, contraen matrimonio en medio de la hostilidad general del país y de los lores en particular, que poco después fuerzan la huida de Botwell y retienen prisionera a la reina. Bothwell busca refugio en Dinamarca, donde las autoridades no pueden emprender ninguna acción judicial contra él y, en principio, lo ponen en libertad. Pero -ironías de la opresión patriarcal- una antigua amante lo denuncia por incumplimiento de una supuesta promesa de matrimonio hecha por Bothwell años atrás y consigue que lo metan en la cárcel, donde morirá diez años más tarde. María Estuardo conseguirá también huir de Escocia y pedirá asilo en el vecino reino de Inglaterra.

*** Pero en Inglaterra reina otra mujer, la protestante Isabel I, con la que María Estuardo mantiene desde hace años una doble rivalidad como católica y como aspirante legítima al trono inglés. Isabel I, en lugar de conceder el asilo solicitado por la católica reina de Escocia o permitirle proseguir viaje hacia otro país, hará prevalecer las viejas animosidades personales, religiosas y dinásticas, y retendrá a María por la fuerza y contra todo derecho en Inglaterra durante casi veinte años. Durante todo ese tiempo, María Estuardo es una presencia incómoda para Isabel, ya que cuenta con muchos partidarios católicos en Inglaterra y en el extranjero y es la heredera natural del trono de Londres. Así que Isabel decide poner en práctica una de las obras maestras de la intriga policial de todos los tiempos, urdida por Walsingham, su ministro de la Policía. Para ello, no sólo infiltran a sus agentes en los círculos católicos que corresponden en secreto con María Estuardo, sino que inducen, desde dentro de ellos, una conspiración controlada para asesinar a la soberana inglesa. Toda la correspondencia secreta entre María Estuardo y sus partidarios es interceptada, descifrada y copiada por los agentes de Isabel antes de llegar a su destino. Maniobrando hábilmente, los agentes de Walsingham logran arrancar a María Estuardo la pieza de convicción que tanto necesitan: la aprobación del asesinato que se trama. Este será el error definitivo de María Estuardo, que la llevará al cadalso en 1587 y la convertirá, definitivamente, en una reina de leyenda. Para Isabel I, la vencedora, el saldo no será tan positivo: la historia siempre la retratará como la gobernante pérfida que apresó ilícitamente a una reina que le pedía asilo o libre paso y urdió contra ella toda clase de mezquindades hasta lograr su condena a muerte.

A Isabel I tampoco le tembló la mano al enviar jesuitas y todo tipo de predicadores católicos al martirio: a partir de 1580 los ahorcamientos y descuartizamientos de católicos son frecuentes, y en los años siguientes 250 católicos morirán a causa de religión, y sólo el temor a agotar la paciencia de la Santa Sede y de España puso freno al celo represor de Isabel. En otros casos, la persecución consistió en penas de prisión, apartamiento de los hijos de familias católicas para educarlos en el protestantismo y, sobre todo, imposición de multas a los súbditos que no acudiesen al servicio religioso anglicano, una curiosa forma de aumentar los ingresos del Tesoro.[4] Otro recurso de Isabel, mucho más conocido, consistió en dar vía libre a sus corsarios preferidos, Hawkins y Drake, para que saquearan los galeones españoles y le entregaran, eso sí, la parte del botín que le correspondía.

El vestuario de Isabel I comprendía 3.000 vestidos y, según afirmaba el embajador francés de Maisse, no habría cabido en una casa de dimensiones medias. Su colección de cremas y perfumes llenaba varias habitaciones. En 1579, con ocasión de los proyectos de boda de Isabel con el príncipe d'Alençon, hermano del rey de Francia, un tal John Stubbs, protestante puritano, tuvo la osadía de escribir un panfleto contra la católica familia real francesa y denunciar las consecuencias negativas que tendría la boda para la Inglaterra protestante. Isabel ordenó que le cortasen la mano derecha.

*** A Isabel I la había precedido en el trono inglés su hermanastra católica María I Tudor (1515-1558), quien, en su breve reinado de cinco años, se ganó merecidamente el apodo popular de Bloody Mary (María la Sanguinaria) con que ha pasado a la historia, debido a la implacable persecución que desencadenó contra los protestantes y los nutridos grupos de ellos que envió a la hoguera o al cadalso. En los cuatro años que van de 1554 a 1558, Bloody Mary quemó en la hoguera a cerca de 400 protestantes, cifra que hace palidecer a las de la Inquisición Española, cuya cifra total de ejecuciones en tres siglos de historia no pasó de 3.000 en todo el territorio peninsular.

*** Cristina de Suecia (1626-1689), reina desde los 6 años, renuncia al trono a los 28, pero no por ello se considera despojada de sus prerrogativas reales. En 1657, durante su estancia, ya como simple particular, en el palacio de Fontainebleau, cedido como residencia provisional por el rey francés Luis XIV, se producen los acontecimientos de la "Galería de los Ciervos", que ponen al desnudo ante toda Europa la personalidad de esta reina culta y excéntrica. Cristina tiene por entonces a su servicio a dos personajes que se odian ferozmente: el conde Santinelli y el marqués Monaldeschi. Éste, hábil falsificador, simula la letra de su rival Santinelli y, en secreto, prepara un escrito en el que se vierten injurias contra la ex reina y se desvelan sus aspiraciones al trono de Nápoles. Después abandona ese escrito en un lugar conveniente, a fin de que la reina lo descubra por casualidad y despida a Santinelli. Pero Cristina es demasiado inteligente para dejarse engañar por una trampa tan simple, y demasiado orgullosa para permitir que el personal de su séquito la engañe.

Unos días después del descubrimiento del escrito, Cristina hace venir a un confesor, el padre Le Bel. En su presencia, revela a Monaldeschi que lo sabe todo. Éste observa al confesor y, a cierta distancia, un grupo de tres hombres armados. Aterrado, cae de rodillas ante Cristina y pide perdón por su falta. Cristina le manda levantarse y se dirige a la inmediata Galería de los Ciervos, llamada así por las veinte cabezas de ciervos modeladas en yeso que recorren su parte alta. Monaldeschi la sigue, vertiendo toda clase de explicaciones y súplicas. Cristina escucha imperturbable durante largo rato. Cuando se cansa, llama al padre Le Bel y le dice fríamente: "Padre, preparad a este hombre para la muerte". Ni las súplicas del condenado ni la intercesión del buen padre hacen mella alguna en el ánimo de Cristina, que se retira a una estancia próxima. El padre Le Bel corre tras la ex soberana, se arrodilla ante ella, le recuerda que está fuera de su país y que, al pronunciar una condena de muerte, ofendería al rey de Francia. Cristina se muestra impasible: "Yo sólo tengo que responder de mis actos ante Dios, no ante el rey de Francia", dice sin mostrar el menor asomo de indulgencia. Entonces se producen las atrocidades de una matanza interminable, ya que Monaldeschi lleva una cota de mallas bajo sus ropas, por lo que es herido repetidamente en las extremidades y en la cabeza antes de que uno de los esbirros consiga atravesarle el cuello con su espada.

Cuando se conocen, los hechos causan perplejidad y escándalo en París. Sin embargo, en una carta al nuncio apostólico de Viena, Cristina muestra su extrañeza ante la repulsa suscitada por los acontecimientos: "Cuando yo reinaba, sólo exigía de mis súbditos una obediencia ciega y la ejecución de mis órdenes sin replicar. Yo era la única señora absoluta… Ahora ha cambiado mi fortuna, pero no mis sentimientos. Así que hago ahora en pequeño lo que antes hacía en grande."




lo que nos cuentan diversos estudios:



pero claro: una cosa es "violencia doméstica" (la que la mujer ejerce en el hombre), y otra es la "violencia de jenaro" (la que el hombre ejerce en la mujer: que conlleva condenas majores por el mismo delito, presunción de culpabilidad, no tener derecho a la tutela judicial..)..


claro, claro..

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