20210805

El mundo PODRIDO de MUJERES y HOMBRES DESCARRIADOS en TINDER

Juan Alberto tiene Tinder y lo mejor que puede vender de sí mismo es una sucesión de tres cifras: 1,84. Su cuenta tiene cuatro fotos: una, con camiseta y RayBan de aviador; otra, delante del espejo de su casa con el torso desnudo, una tercera haciendo escalada y, una última, haciendo pierna en el gym, con cara de no haber giñado en tres semanas.


Dunia se ha currado más su descripción: “Good vibes, no sex. Conocer gente y se verá. Vino, viajar, Nutella. “Si quieres algo de verdad, el universo conspira a tu favor” / Odio el tabaco / Si ves que no te hablo, sígueme en el Insta.

Dunia no quiere que le traten como un amasijo de carne, sino que le valoren por sus prestaciones mentales y emocionales. Tiene una foto encima de una roca, frente al mar, con los brazos pegados al torso para que se marquen sus pechos. Tiene otra de terraceo, con un cóctel con vaso de inspiración dios hawaiano, otra en Tailandia, subida a una barca de ésas de proa larga y una última haciendo escalada.

Todo el puto mundo hace escalada hoy en día.

Juan Alberto y Dunia hablan, se dan sus teléfonos, quedan a tomar unas cervezas, ella se hace la digna antes de ir a follar, él la invita a cenar a un Shangai Mama y acaban en su casa. Ella no se corre porque Juan Alberto hace el amor como si estuviera en una exhibición de culturismo, es decir, tratando de exhibir musculatura mientras pega empujones desacompasados, en plan dolor súbito de ciática a la altura de la nalga. Él trata de meterle de forma violenta la polla en la boca y ella, desmotivada, no se deja. Él quiere correrse en su cara, pero ella no quiere. Ella hace por masajearse el clítoris al principio, pero desiste. Es una estupidez. Él se hace una paja con el condón puesto para terminar mientras se roza contra la pierna de ella, puesta a cuchara, de espaldas.

Se despiden cinco minutos después de la eyaculación. Se bloquean. Juan Alberto vuelve a la app en el trayecto en metro entre Ascao y Cartagena. 1.84.

Joana es Dunia siete años después, con 38 primaveras. Todos los días, antes de salir de casa limpia el arenero de Paco y Julio. Son los nombres de sus gatos…y de sus ex. Joana desayuna pan integral tostado (tostadora retro roja) con rodajas de aguacate y un huevo duro. Lo acompaña con un té rojo con stevia y un complejo de vitamina D.

Joana vive sola en algún lugar dentro de la M30 que no mide más de 50 metros cuadrados. Trabaja de account manager en una consultora de tercera y se maquilla todas las mañanas con una lista de Spotify de Xoel López que suena de fondo. Tiene dos enormes pechos que luce para subir la moral con camisetas blancas ajustadas con ropa del estilo de Desigual. En verano, rematada con sandalias de esparto o con el último modelo de Geox.

Joana cruza el recibidor de su casa y mira el póster de su película favorita, Ameliè, colocado estratégicamente en el recibidor para tratar de sentirse especial antes de pisar la calle. Luego, se despide de Paco y Julio con un “mis mimis”, se cuelga su mochilita negra y se va a la calle.

A media mañana, mientras las compañeras de curro toman un café y un muffin en la cafetería, Lourdes, su compañera del pelo rojo, anuncia que su novio le ha pedido matrimonio. Joana aplaude, pero siente que cada vez que chocan sus manos algo se desgarra en su corazón. La gente se agrupa, forma clanes, tiene hijos…y ella vive sola, con sus gatos, y planifica su vida en función de la hora a la que tienen que comer esas dos bestias capadas.

¿Qué falló? Es difícil decirlo. Relaciones de no más de cinco años, poca paciencia, alguna bronca desmedida en las primeras y muerte por desmotivación en las últimas.

Ese día, vuelve a descargar Tinder y busca perfiles de hombres un poco “currados”. Y encuentra a un tipo que trabaja en Biomedicina en la UAM. Tiene unos 40 años, se llama Arturo y es calvo con barba larga. Conversan durante dos semanas de la vida, el amor, la filosofía de la ciencia y sus desengaños; y un buen día, sábado, quedan para comer en el mexicano-japonés de la Plaza de Colón. Ella se pone un vestido negro que disimula sus kilos de más; y lo complementa con un elegante pañuelo de inspiración magrebí. Él llega con un polo de colores, en plan flashmob de médicos de UCI en pandemia. Joana está a punto de levantarse, pero se queda. De cerca, comprueba que Arturo tiene un par de muelas podridas y huele a colonia Sport Man.

Él no suele tener muchas citas. De hecho, estuvo con su ex 15 años hasta que ella se fue con un contrato a vivir a Estrasburgo. No sabe muy bien cómo comportarse y opta por el silencio. Comen sin dirigirse muchas frases (“esto está muy bueno / sí, jeje / ¿qué es esto que sabe tan rico? / Pueees creo que es cilantro / ahh vale vale”) y optan por café en lugar de postre. Antes de que lo sirvan, ella simula que le llaman por teléfono para transmitirle una mala noticia. Se va pronto de allí.

Y llega a casa en la sobremesa, a las 16.00 horas, con el sábado libre y tras fracasar el plan con el chico virtual que le había gustado. Por el chat no parecía tan raro. Era perfecto. Así que se echa la siesta en el sofá y se levanta deprimida, como vacía. No llora porque no le sale. Sólo deja pasar el rato hasta la hora de la cena, cuando se prepara una lasaña al horno con kale. Imagina una y otra vez en el salón a sus hijos correteando y gritando. Durante años, se opuso a la maternidad. Ahora, la envidia mientras trata de acunar a Paco y a Julio.

Arturo mientras tanto se siente impotente en casa, como si hubiera perdido todo el atractivo para las mujeres. Acierta en la deducción. Está solo y se siente un fracasado. Para colmo, le han fallado las PCRs y tendrá que volver a trabajar 26 días seguidos para rehacer los experimentos para el paper. En el laboratorio, cortando cerebros de ratones, se siente más feliz y cómodo que en las citas de Tinder.

Y éste es el mundo familiar que hay ahí fuera. Disfrutad.

Resumen: Escoria humana solitaria y absurda que se agarra al clavo ardiendo de las apps de ligoteo para aplazar la declaración de su alma como zona catastrófica en siniestro total.



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