Eso lo contó en su tiempo el famoso soldado Alvin York en la Primera Guerra Mundial condecorado por participar en la ofensiva de
Meuse-Argonne. Él era un joven granjero muy religioso que un día recibió
una carta del gobierno de su país para ir a la guerra, él no quiso
sumarse al ejercito alegando motivos religiosos, pero al final no le
quedó otra que ir. Después de una breve instrucción en academia militar
le montaron en un avión y le transportaron a Francia, a los pocos días
de llegar a esa Europa en guerra, fue trasladado al frente, cuando vio
con sus propios ojos lo que era la batalla dijo que lo primero que pensó
era en marcharse, si hubiese podido en ese momento lo habría hecho,
unos minutos de bloqueo mental sin saber que hacer, hasta que decidió
que lo mejor era avanzar, pensó que si era el mejor de su pueblo y los
pueblos vecinos en el estado de Tennessee cazando conejos, un alemán era
un blanco más sencillo que un conejo, y decidió, valiéndose de su
puntería certera de buen granjero americano avanzar, y avanzó y avanzó y
arrasó con todo lo que se le puso por delante. Mientras miraba a su
alrededor no veía a ninguno de esos oficiales uniformados que se
paseaban por la academia militar, eso sí, veía a su lado a granjeros,
pescadores, tramperos, herreros, mineros, carpinteros, caldereros,
etc... Esos eran los que estaban matándose y muriendo.
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