20260630

Ayer conocí a una Enmurada y me confeso algo que me explotó la mente

el autor tiene docenas de relatos cortos parecidos más dignos que muchas películas..

 

pues eso:

Ayer conocí a una Enmurada y me confeso algo que me explotó la mente

Coincidí con Verónica en la cafetería de un club de pádel elitista de la zona norte. Yo iba a acompañar a un cliente, pero ella estaba allí plantada en régimen de caza activa, buscando algún empresario o profesional independiente con el que ejecutar un salto de liana de última hora antes de que fuera tarde. Tenía 35 años y, a pesar del maquillaje de marca y el conjunto deportivo de estreno, se le notaba una derroición amenazante que ni el sol de la terraza podía camuflar.

En cuanto nos quedamos solos en una mesa apartada, se pidió un descafeinado con hielo, tiró el móvil sobre el mantel con desprecio absoluto y se puso a rajar del ecosistema digital con una amargura implacable:

—Marty, te lo juro, la situación derroyente que hay ahí fuera es de proporciones bíblicas. Mi Tinder se ha convertido en un auténtico cementerio nuclear. Cuando tenía 25 me llovían Chads, pero ya no pesco ni un solo match con alfas de verdad; solo me dan likes remeros calvos con la línea del pelo en retirada, hipotecados, tapones y divorciados mil o dosmileuristas que buscan desesperadamente una cuidadora de reemplazo a tiempo completo. Yo a veces les muestro cierto interés por estar aburrida pero luego les dejo en leido. El mercado de la carne está en quiebra total y a mí la derroición me está alcanzando con rapidez. No me hace caso nadie que tenga un patrimonio libre de cargas, ni alguien que sea de mas de 1'80. Me arrepiento de no asentarme con un verdadero alfa cuando pude, yo con un betazo premium no me conformo. Pero tengo un plan.

Al ver mi cara de indiferencia analítica, Verónica se inclinó sobre la mesa, bajó la voz y me desveló la estrategia de psicología evolucionista que utilizaba para sobrevivir en el mercado de citas y arrebatarle los mejores partidos a las chicas más jóvenes del club.

"Marty, las mujeres de mi edad estamos en una guerra biológica asimétrica, pero yo utilizo la ciencia para hackear el sistema", me soltó con una frialdad matemática. "Cuando veo a un hombre con patrimonio mostrando interés por una chortina de veinte años en las pistas, pongo en marcha la táctica antropomórfica de derroer a la rival. Jamás cometo el error de criticar el físico o el vestido de la niña, porque el cerebro del macho alfa detectaría mi envidia al instante y me descartaría. Lo que hago es un sabotaje cognitivo indirecto".

 

Se colocó las gafas de sol, miró de reojo hacia la pista central y continuó detallando su plan de batalla con total naturalidad:


Yo la escuchaba fascinado por el nivel de maquiavelismo antropológico que se gastaba, pero sobre todo por la desesperación que ocultaba todo ese despliegue técnico. Al final, por mucha psicología evolutiva que aplicase en las distancias corta, el mercado de futuros de la carne ya había dictado sentencia y los hombres de alto valor preferían asumir el riesgo de la volatilidad joven antes que comprar un activo maduro en fase de liquidación.

Me despedí con una excusa corporativa sobre una entrega de archivos y la dejé allí, repasando las terrazas del club con la mirada fija de un francotirador que se ha quedado sin munición, asumiendo que el guano relacional ya era una realidad inevitable en su rellano. 

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