A su perseverante empeño de poner puertas al campo y lograr la
cuadratura del círculo, el Gobierno quiere añadir otro más: españolizar a
los catalanes. No se conoce ejercicio más inútil desde aquel concilio
que se propuso determinar el sexo de los ángeles.
Tengo la convicción que Rajoy necesita ganar tiempo y entretenernos con
este tipo de debates bizantinos mientras consigue la ansiada ayuda
financiera. Quiero demostrar mi aserto explicando por qué no se puede
españolizar a los catalanes:
Porque los catalanes sólo tienen una forma de ser españoles, esto es, siendo catalanes.
Cuando Wert propone “españolizarlos”, da a entender que deben
convertirse en algo distinto de lo que son. He ahí el inmenso error,
tanto como tratar que un andaluz acomode su idiosincrasia a lo que otros
esperan de ellos. Absurdo.
Porque no todos los españoles (y no me refiero sólo los catalanes) tragan el concepto que tienen otros del “ser español”.
No todos los españoles tienen que disfrutar con el flamenco, los toros,
Chiquito de la Calzada o la selección española. Es más, hay quienes
abominan de tales cosas. Y no son menos españoles por ello. Todavía más:
si ser español implica comulgar con ellas, están dispuestos a dejar de
serlo. Actitud muy española, por otra parte.
Porque la gestión política del último siglo ha hecho un flaco favor al concepto de “españolidad”. El
“arriba España” dañó a España. El café para todos tampoco ha servido
para contentar a los catalanes ni al resto de españoles, muchos de los
cuales viven en carísimas autonomías que ni siquiera necesitan. Que
Navarra, el País Vasco o Cataluña reclame mayor autogobierno no
significa que La Rioja o Extremadura deban necesitarlo por obligación.
Porque muchos, muchísimos, demasiados españoles no entienden todavía que hay territorios que poseen una lengua más,
además de la mayoritaria. Lenguas antiguas, ricas y respetables
(todas). Las personas que hablan dichas lenguas tienen derecho a usarlas
en sus respectivos territorios. La obcecación catalanista de hoy
procede de la imposición castellanista de ayer. Se heredó la actitud. Se
cambió el objeto. De la verdadera promoción del bilingüismo debería
haber resultado un territorio mucho más culto, en el que este tipo de
disputas resultaran innecesarias. ¿Ha sido así? A juzgar por sus
políticos, no. Mientras un vascoparlante no pueda ser atendido en
euskera en cualquier ámbito público de su comunidad, tendremos
problemas. Mientras un canario no pueda hacer lo propio en español a lo
largo y ancho del territorio, también. Esto no es una cuestión política.
Es cultura.
Porque en Madrid y en Barcelona existe una superestructura política que vive del conflicto. Si
en la calle se viviera la tensión que se ha instalado en las
instituciones, hace tiempo que este país viviría en la guerra civil. Por
eso estoy convencido de que el mal llamado “problema catalán” no
terminará con la independencia. La superestructura política, de la que
cada vez viven más ciudadanos, se ha convertido en una bestia que se
alimenta de un conflicto tan artificial como permanente. Mientras haya
superestructura habrá apariencia de conflicto. Aunque luego, en las
calles de cualquier pueblo de Cataluña, la gente viva y deje vivir.
Ya lo dijo Cánovas del Castillo: “español es aquel que no puede ser otra cosa”. Sería
más práctico (y tal vez más útil) la catalanización de España que su
contrario. Pero no nos engañemos: a algunos les resulta más rentable
cabrear a todo el mundo. Y así estamos.
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