20121011

Por qué no se puede españolizar a los catalanes

A su perseverante empeño de poner puertas al campo y lograr la cuadratura del círculo, el Gobierno quiere añadir otro más: españolizar a los catalanes. No se conoce ejercicio más inútil desde aquel concilio que se propuso determinar el sexo de los ángeles.

Tengo la convicción que Rajoy necesita ganar tiempo y entretenernos con este tipo de debates bizantinos mientras consigue la ansiada ayuda financiera. Quiero demostrar mi aserto explicando por qué no se puede españolizar a los catalanes:

Porque los catalanes sólo tienen una forma de ser españoles, esto es, siendo catalanes. Cuando Wert propone “españolizarlos”, da a entender que deben convertirse en algo distinto de lo que son. He ahí el inmenso error, tanto como tratar que un andaluz acomode su idiosincrasia a lo que otros esperan de ellos. Absurdo.

Porque no todos los españoles (y no me refiero sólo los catalanes) tragan el concepto que tienen otros del “ser español”. No todos los españoles tienen que disfrutar con el flamenco, los toros, Chiquito de la Calzada o la selección española. Es más, hay quienes abominan de tales cosas. Y no son menos españoles por ello. Todavía más: si ser español implica comulgar con ellas, están dispuestos a dejar de serlo. Actitud muy española, por otra parte.

Porque la gestión política del último siglo ha hecho un flaco favor al concepto de “españolidad”. El “arriba España” dañó a España. El café para todos tampoco ha servido para contentar a los catalanes ni al resto de españoles, muchos de los cuales viven en carísimas autonomías que ni siquiera necesitan. Que Navarra, el País Vasco o Cataluña reclame mayor autogobierno no significa que La Rioja o Extremadura deban necesitarlo por obligación.

Porque muchos, muchísimos, demasiados españoles no entienden todavía que hay territorios que poseen una lengua más, además de la mayoritaria. Lenguas antiguas, ricas y respetables (todas). Las personas que hablan dichas lenguas tienen derecho a usarlas en sus respectivos territorios. La obcecación catalanista de hoy procede de la imposición castellanista de ayer. Se heredó la actitud. Se cambió el objeto. De la verdadera promoción del bilingüismo debería haber resultado un territorio mucho más culto, en el que este tipo de disputas resultaran innecesarias. ¿Ha sido así? A juzgar por sus políticos, no. Mientras un vascoparlante no pueda ser atendido en euskera en cualquier ámbito público de su comunidad, tendremos problemas. Mientras un canario no pueda hacer lo propio en español a lo largo y ancho del territorio, también. Esto no es una cuestión política. Es cultura.

Porque en Madrid y en Barcelona existe una superestructura política que vive del conflicto. Si en la calle se viviera la tensión que se ha instalado en las instituciones, hace tiempo que este país viviría en la guerra civil. Por eso estoy convencido de que el mal llamado “problema catalán” no terminará con la independencia. La superestructura política, de la que cada vez viven más ciudadanos, se ha convertido en una bestia que se alimenta de un conflicto tan artificial como permanente. Mientras haya superestructura habrá apariencia de conflicto. Aunque luego, en las calles de cualquier pueblo de Cataluña, la gente viva y deje vivir.

Ya lo dijo Cánovas del Castillo: “español es aquel que no puede ser otra cosa”. Sería más práctico (y tal vez más útil) la catalanización de España que su contrario. Pero no nos engañemos: a algunos les resulta más rentable cabrear a todo el mundo. Y así estamos.

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