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Las CCAA gastan 28.000 millones más que en plena burbuja inmobiliaria
Los datos son claros: por mucho que se hable de austeridad, las
Comunidades Autónomas gastan en 2012 más que en 2006. Los presupuestos
regionales para el ejercicio pasado alcanzaron los 174.500 millones de
euros, 28.000 millones más que en 2006, cuando el país estaba en la fase
expansiva de la burbuja. Las plantillas de empleados autonómicos son
hoy mayores que entonces en más de 300.000 personas, y tanto el gasto en
educación como el gasto en sanidad han crecido más de un 16% respecto a
2006.
Siguiendo con los datos de las CCAAs, es importante señalar que el nuevo
informe de BBVA sobre el déficit autonómico subraya que las
administraciones regionales han gastado 112.000 millones más de lo que
ingresaron durante el periodo 2003-2012. El presupuesto autonómico por
habitante es hoy un 8% mayor que entonces, y el 80% del déficit
autonómico se debe a este aumento del gasto público. Por otra parte, y
sin dejar de hablar de las CCAAs, hay que subrayar también que los
gobiernos regionales mantienen facturas sin pagar por más de 10.300
millones de euros.
Ante semejante descontrol, no debería sorprendernos que el Gobierno
español reconozca que no sabe lo que cuestan las 149 embajadas
autonómicas que siguen abiertas después de un año y medio de
legislatura. En 2010, su coste fue estimado en 150 millones de euros por
el Partido Popular. La región con más embajadas autonómicas es
Cataluña, que llegó a tener 48 oficinas de este tipo.
La sangría que sufre el sector privado también tiene mucho que ver con
la conflictividad laboral agitada por los sindicatos y, a menudo, por
PSOE e IU. Tomemos como referencia la situación de Madrid: de acuerdo
con datos del gobierno regional, la proliferación de huelgas en 2012
redujo el PIB autonómico en 1.758 millones, provocando la pérdida de
23.870 puestos de trabajo. En doce meses, la capital sufrió 2.500
manifestaciones (a una media de siete por día) y más de 60 huelgas. Esta
conflictividad agitada por los sindicatos y la oposición política
supuso una caída del PIB del 0,2% en lugar de un crecimiento del 0,3%.
Esto situó las horas de trabajo perdidas en 7,2 millones, lo que supuso
unas pérdidas de 140 millones. Pese a todo, Madrid sigue adelante
gracias a las rebajas de impuestos y la creación de empresas.
Si la conflictividad laboral es un problema, también lo es el exceso de
burocracia y regulación: su coste para los autónomos supera los 1.100
millones de euros cada año. De hecho, la falta de unidad de mercado
puede estar costando a España más de 45.000 millones de euros. No
obstante, las Administraciones siguen regulando a un ritmo frenético: el
año pasado, un millón de páginas más de nuevas normativas.
Otro factor que hace mucho daño al sector privado y apuntala la
sobredimensión del Estado son los impuestos. Esta semana hemos conocido
que el Ejecutivo revisará el Impuesto de Sociedades, lo que se traducirá
en una subida de impuestos valorada en 3.000 millones de euros.
El cuadro en el IRPF tampoco es positivo. España es uno de los países en
los que este tributo es más alto: el tipo máximo medio en la UE es del
38%, pero en nuestro país alcanza el 52%. A esto se le suman los
diferentes "recargos" que se añaden a los tipos generales. Frente a
semejante desaguisado, Pedro Schwartz ha pedido que se unifiquen todos
los tramos con un gravamen único del 18%.
Estas propuestas son un soplo de aire fresco después de las casi 30
subidas de impuestos aprobadas por el gobierno central en 2012 o a las
más de 50 subidas de impuestos aprobadas por los Ejecutivos autonómicos
en plena crisis. Peor aún: el 75% de los ayuntamientos (más de 6.000
consistorios) subió el IBI en 2012. El aumento medio del gravamen fue
del 10%, y la contribución media por hogar es de casi 800 euros. Hoy en
día, el sector privado financia al 70% de la población (empleados
públicos o receptores de transferencias).
Ante este panorama, no es de extrañar que, según el último informe del
Día de la Liberación Fiscal, el español medio pague 8.667 euros al año
en impuestos. Esto equivale a que todos los ingresos obtenidos entre el 1
de enero y el 3 de julio sean dedicados a cumplir con las obligaciones
impuestas por el fisco, lo que equivale a entregar 184 días de salario a
Hacienda.
Tampoco ayuda el sobrecoste registrado en numerosos proyectos de gasto
público. Por ejemplo, los 8.966 millones abonados por el AVE
Madrid-Barcelona superan en un 18% el precio fijado inicialmente en los
concursos. Otro triste ejemplo de despilfarro lo tenemos en un submarino
encargado por la Armada española que ha sido completado con sobrepeso
y, por tanto, deberá ser reparado con cargo al contribuyente. El
programa en que se enmarca este proyecto ha costado ya más de 2.000
millones de euros.
Un ejemplo más: según el Tribunal de Cuentas, siete de cada diez obras
del Primer Plan E ni siquiera eran "necesarias para los municipios".
Dicho plan de estímulo costó más de 8.000 millones y supuso un
desembolso un millón de euros por cada puesto de trabajo estable
subvencionado. Al primer Plan E le siguió una segunda fase que ni
siquiera era constitucional.
Para explicar el absoluto descuadre fiscal de España también es
importante tener en cuenta que el dinero inyectado por el Estado a las
cajas de ahorro ha supuesto más del 10% del PIB, superando los 113.000
millones de euros. De dicho montante, al menos 34.000 millones no serán
devueltos, tal y como admite el FROB. La situación podría haberse
evitado con mecanismos de quitas y capitalización privada como los que
se han aplicado en las preferentes (con un ahorro estimado para los
contribuyentes de entre 12.000 y 13.000 millones de euros).
Las subvenciones son otra vía de gasto donde tampoco se aprecia un
cambio de rumbo. Esta semana hemos conocido que la Generalidad de
Cataluña ignorará su lamentable situación fiscal para subvencionar un
programa de "educación bilingüe en Guatemala". Dicho capítulo de gasto
resulta curioso si tenemos en cuenta que el Ejecutivo que encabeza Artur
Mas apoya repetidamente la inmersión lingüística en Cataluña.
También los casi 4.000 "entes públicos" (empresas, fundaciones, etc.)
concentran buena parte del gasto público que políticos de uno y otro
signo se niegan a recortar. A lo largo de 2012, sus plantillas han
aumentado de 147.700 a 159.300 empleados. A esto le añadimos los miles
de trabajadores que han sido "colocados a dedo" en la Administración.
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