efectivamente: el problema es pretender conseguir beneficios del 40%, como ha pasado con el ladrillo en hispanistán la última década..
Competitividad: el problema no son los salarios, sino los beneficios empresariales
La competitividad se ha convertido en el mantra predilecto de las
autoridades económicas europeas y españolas. Según el discurso oficial,
España tiene un problema de falta de competitividad, y la vía de mejora
pasa por políticas de austeridad y la “devaluación interna”: abaratar
los costes laborales, bajando salarios, para así competir en el mercado
global. A desmentir esta falacia se dedica Qué hacemos con la
competitividad, último título de la colección ‘Qué hacemos’. Una
denuncia de las consecuencias fatales que el discurso de la
competitividad está teniendo en Europa y especialmente en España, y una
apuesta por un concepto diferente: la Competitividad Estructural.
Adelantamos unas páginas del libro, dedicadas a uno de los principales
lastres de la economía española: los beneficios empresariales, su poca
reinversión, la falta de compromiso de los accionistas con las empresas.
Frente a ello, el libro apuesta por fórmulas de reinversión de
beneficios en cuyo control participen los trabajadores.
La competitividad en España
(…)
La reducción de salarios no es una medida necesaria para mejorar la
competitividad, sino que está orientada a mejorar la rentabilidad
empresarial, los beneficios.
Una visión más amplia del concepto de competitividad, la mencionada
Competitividad Estructural, considera que no se trata de reducir como
sea los costes laborales para competir como sea, sino establecer las
bases para un crecimiento sostenido de la productividad, que redunde en
mejoras de la calidad de vida colectiva.
En primer lugar, porque el mero hecho de reducir los costes para ofrecer
precios más atractivos no garantiza nada. Para vender hace falta
también que alguien compre y la situación actual de la Unión Monetaria
Europea se caracteriza por un estancamiento generalizado, derivado
precisamente de la aplicación simultánea de políticas de restricción
fiscal y devaluación salarial. Sorprendentemente, son las propias
autoridades europeas las que están promoviendo esta “carrera hacia
abajo” de los salarios en busca de mayor “competitividad”, sin
comprender aparentemente que no todos los países de la eurozona pueden
ser a la vez exportadores netos (¿quién comprará la producción?) o que
una reducción generalizada de los costes salariales no modifica la
situación competitiva relativa de cada país. La alocada carrera por los
ajustes en la eurozona obvia este hecho, aplicando una vieja y errónea
idea acuñada por el economista francés Jean Baptiste Say, según la cual
la oferta creaba su propia demanda. Pero si todas las economías del área
tratan de reducir salarios para ofertar precios más competitivos
resultará que ninguno de sus principales socios los adquirirá, en la
medida en que el poder adquisitivo del conjunto de sus trabajadores será
cada vez menor.
Además, dadas nuestras actuales especializaciones productivas y la baja
tasa de reinversión de beneficios, es bastante improbable lograr cambios
significativos en la composición y el tamaño de nuestras exportaciones y
mejorar la “competitividad estructural” incrementando las exportaciones
de mayor productividad y contenido tecnológico, únicamente a través de
bajadas en los salarios.
En tercer lugar, estas medidas y las de recorte presupuestario deprimen
aún más la demanda interna (consumo e inversión de los hogares, empresas
y administraciones públicas). Por tanto, no sólo sería necesario que
las exportaciones crecieran a una tasa mayor como consecuencia de las
medidas de devaluación interna, sino que lo hicieran a una tasa
suficiente para compensar los efectos negativos sobre el crecimiento y
el empleo que tiene la caída del consumo y la inversión. Algo imposible.
En la actualidad España se enfrenta al reto de afrontar un cambio de
modelo productivo en el que se incrementen las actividades exportadoras
basadas en la Competitividad Estructural y que sea capaz de financiarse
básicamente mediante la reinversión de beneficios y la financiación
exterior a largo plazo. Apostar por una “economía de alta
productividad”, abandonando el modelo que podríamos denominar como
“economía acordeón”: una economía que crece a tasas muy altas en épocas
de crecimiento por la afluencia de capital exterior cortoplacista, y que
se encoge, entrando en abruptas etapas recesivas, cuando el capital
exterior desaparece.
Insistir en un modelo de “economía acordeón”, como EuroVegas en Madrid, o
los nuevos planes urbanísticos expansivos de muchos ayuntamientos de
Andalucía, al que se añade el impulso a las actividades exportadoras de
baja productividad, supone tomar una dirección equivocada –y poco
eficaz- para lograr la pronta recuperación de la economía española. Es
ahondar en el mismo error del pasado, un error que pagarán varias
generaciones futuras. Supone que en vez de tomar medidas para solventar
las carencias tradicionales del empresariado español, relacionadas con
la escasa reinversión de beneficios que impide incrementar
sustancialmente la productividad, se decide que esas ineficacias las
paguen los trabajadores, mediante una fuerte devaluación salarial y de
las condiciones de trabajo, lo que hará mucho más lenta, y por tanto
dolorosa, la salida de la crisis, como indica la caída del PIB del 1,4%
en 2012 y las previsiones para 2013 de descenso del PIB en un 1,5%.
(…)
La clave de la Competitividad Estructural es la productividad
La incapacidad política de los gobiernos de actuar eficazmente sobre el
sector financiero y energético ha hecho que finalmente el esfuerzo de
reducción de costes haya recaído sobre los costes laborales, lo que
tiene consecuencias demoledoras sobre la competitividad estructural, ya
que reduce el tamaño de la demanda nacional y su sofisticación (se
reduce la demanda productos de alta elasticidad renta, de alto contenido
tecnológico). La competitividad estructural de una economía depende de
su grado de capitalización, en términos de infraestructuras y
accesibilidad, capital humano, e innovación tecnológica.
El resultado del escaso volumen de beneficios reinvertidos ha hecho que
el stock de capital productivo, excluidas las viviendas, en los últimos
15 años creciera a una tasa tan solo del 1%, mientras que en los años
sesenta y setenta creció a una tasa anual del 10%. La inversión en
maquinaria y bienes de equipo, que viene descendiendo en términos
absolutos desde 2008, durante la última década tan sólo ha representado
como media un 26% de la formación bruta de capital, porcentaje muy
inferior tanto a la inversión en vivienda (un 39,2%) como a la inversión
en otros edificios y construcciones, (un 34,4%). La tasa de inversión
en bienes de equipo llegó a suponer el 8% del PIB en 2007, pero en los
nueve primeros meses de 2012 tan sólo significó el 6%, habiendo
descendido en un 6,4% respecto al mismo periodo de 2011.
Hay que revertir la falta de compromiso de los accionistas con sus
empresas, y desacoplarlo de actividades especulativas a corto plazo,
como la inmobiliaria
El decreciente compromiso de los accionistas con sus empresas, entre
cuyas causas también está la financiación exterior cortoplacista, es un
elemento muy preocupante en una economía como la española, ya que el
stock de capital en 2009 representaba tan sólo un 161% del PIB, un peso
muy inferior al que tiene en otras economías desarrolladas como
Alemania, un 184% y EEUU, un 209%. El stock de capital productivo
privado por empleado en 2009 apenas representó un 75,6% de la media del
área euro, el mismo porcentaje que en 1995. La tradicional escasez de
capital productivo es un elemento básico a la hora de explicar la baja
productividad de las empresas españolas, sobre todo de las pequeñas y
hay que recordar que la estructura empresarial de nuestro país se
caracteriza por su atomización.
Para avanzar hacía una “economía de mayor productividad”, que mejore su
competitividad estructural, hay que impulsar el esfuerzo inversor
privado, para que incremente volumen de capital físico y de innovación
tecnológica, revirtiendo la falta de compromiso de los accionistas con
sus empresas, a la vez que debe ser desacoplado de actividades
especulativas a corto plazo, como la inmobiliaria.
I.-Impulsar fiscalmente Fondos de Reinversión de Beneficios en cuyo control participen los representantes de los trabajadores.
Como hemos visto, intentar establecer una estrecha relación entre la
evolución de los salarios y la competitividad tiene un fuerte sesgo
ideológico, ya que los datos muestran que no han sido los salarios el
factor que ha generado tensiones inflacionistas. El origen de nuestro
diferencial de inflación respecto la UE (y de parte de la burbuja de
activos inmobiliarios) está en el incremento de los beneficios
empresariales distribuidos a los accionistas y de los intereses
financieros pagados por los prestamos solicitados, la parte del
beneficio que no se reinvierte en la empresa, que no incrementa su
productividad. El porcentaje que representan ambos conceptos sobre el
beneficio total pasó del 39% en 1995 al 60% en 2008. Esto muestra un
menguante compromiso de los accionistas con sus empresas, que fue
favorecido por la mejora en el tratamiento fiscal de los gastos
financieros en el Impuesto de Sociedades, impulsado por el PP en los
años noventa, ya que en términos fiscales era más rentable pedir
créditos (incluso a los accionistas) para afrontar las necesidades de
inversión de una empresa que aumentar su capital.
Por ello resulta imprescindible incentivar la reinversión productiva de
los beneficios de las empresas. La reducción del porcentaje de
beneficios distribuidos a los accionistas (los que han generado
inflación de precios y activos inmobiliarios) no reduce su riqueza,
aunque sí su renta disponible. La reinversión de beneficios incrementa
su patrimonio a largo plazo, el valor de las acciones (si la empresa
cotiza en bolsa) o el valor de sus activos.
Una mayor participación de los representantes de los trabajadores en el
destino de estos fondos puede tener indudables efectos positivos en la
productividad. Ya que la implicación de los trabajadores puede ser
determinante para obtener mejoras en la posición de poder de mercado, e
incluso de monopolio, a la que pueden acceder las grandes empresas en,
al menos, tres aspectos: 1)el acceso a la tecnología, 2)los
conocimientos de gestión en equipo, y 3)la mejora de ideas de
comercialización. Como reconoce la Fundación Europea para la Mejora de
las Condiciones de Vida y Trabajo en su proyecto EPOC: “las propias
empresas reconocen que la participación de los trabajadores es un
elemento determinante en la generación de riqueza”.
Las experiencias desarrolladas en Alemania a través de los Consejo de
Vigilancia, donde hay más de 800 empresas que disponen de ese órgano, o
en Suecia, donde se desarrollaron los Fondos de Asalariados, ponen de
manifiesto el papel que juega la participación de los trabajadores en la
alta competitividad y productividad de las empresas de esos países. “La
cogestión lleva a que el personal se identifique más con su empresa y
los conflictos puedan ser solucionados en un marco de diálogo” (Angela
Merkel dixit).
Qué hacemos con la competitividad es una obra colectiva escrita por
Bruno Estrada, María José Paz, Antonio Sanabria y Jorge Uxó. Más
información en la web de la colección.
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