no hay dinero: no hay estudiantes, y éstos tampoco tienen futuro,
luego está la hipertrofia legislativa, permisos, tasas y licencias.. todo eso se paga y todo eso repercute en el precio final..
disfruten lo votado..
Aquellos maravillosos años
La cifra de estudiantes universitarios se desplomó un 40 % en quince años
El desplome de la matrícula de estudiantes afecta a negocios que
vivieron de los universitarios y a la movida nocturna durante la semana,
que casi ha desaparecido
No es la época de Carmiña y Gerardo, los protagonistas de La Casa de la
Troya, que hoy estarían desubicados en Compostela. Muchos de sus colegas
estarían esparcidos por los campus gallegos y el ambiente estudiantil
perdería muchos enteros. Esa merma ambiental es la que notan hoy muchos
empresarios que viven de la Universidade, y es acorde con el declive
estudiantil. El dueño de Casa Román, un popular restaurante que se
nutrió de los universitarios durante 32 años y tuvo que echar el cierre
recientemente, comentó con tono luctuoso que apenas quedan jóvenes que
hacen vida en Santiago.
Y muchos colegas comparten su tesis, y la sufren. Los comedores se van
vaciando del bullicio proveniente de las aulas. Antes de Casa Román no
tuvo más remedio que ponerle el candado otro espacioso establecimiento
poblado de educandos, el Rey David. Era también un punto de referencia y
su muerte fue una crónica anunciada para otros establecimientos de
similar vocación.
Algunos supieron reconducir el rumbo y orientarse hacia otra clientela
bastante fija, como son los peregrinos. Lo ha hecho, por ejemplo, Casa
Manolo, situado cerca de la Praza de Abastos, que mudó las filas
estudiantiles por las de romeros ansiosos del menú asequible. Casa Calo,
que redujo sus menús hasta la mínima expresión, le dio el turno a los
obreros y luego a la nada. ¿Y dónde va el arroz a la cubana que los
chicos se zampaban en Cardenal Payá? La lista no es corta.
Pero la propia rúa do Franco, símbolo de la vida estudiantil, ha perdido
cualquier signo de identificación con la explosión de las aulas,
inmersa en su vocación turística. Un grupo de hosteleros ha querido
rescatar esa tradición tacera y universitaria, compatibilizándola con
los visitantes, y en ese empeño aún anda.
Y es que, como lamenta el dueño del fenecido Casa Román, muchos
estudiantes se han ido pero bastantes otros, gracias a los medios de
locomoción actuales, hacen vida diaria en sus localidades en vez de en
Santiago. Las pensiones estudiantiles se codean a precios económicos por
la supervivencia.
Pero no son solo la hostelería y el hospedaje quienes lloran la
depresión universitaria. El tejido económico de la ciudad está salpicado
de negocios con insuflación estudiantil. Xaquín Mato, que regenta una
papelería en el Ensanche y es presidente de la asociación de vecinos de
la zona, ha visto mucha juventud entrando y saliendo del local en sus
buenos tiempos. Pero «a xente das facultades xa non compra. Isto xa non
ten nada que ver co de hai quince anos». Caso curioso es que hasta hace
unos pocos cursos Mato denunciaba el jaleo provocado por los chicos en
las galerías hosteleras de la zona, a menudo insufrible. Y hoy ve casi
deprimido que «so ves a catro ou cinco rapaces por alí». En su entorno
hay otros negocios con ambiente estudiantil. En la línea de otros
empresarios cree que «os estudiantes vanse a diario ás súas casas porque
lles sae más rentable que vivir aquí». Él, entre tanto, resiste:
«Aguanto para non pechar».
Sin noticias de la movida
Lejos quedan las escenas dominicales de las tardes de los 80 y 90, con
miles de chicos y chicas llegando a sus pisos y residencias para pasar
la semana cargados con sus cajas de plástico con comida casera. Y las
colas en los locutorios telefónicos. Y por supuesto, la movida nocturna
por la semana, que ha desaparecido literalmente. En alguna víspera de
festivo se oye algo de algarabía, y la policía suele actuar de
aguafiestas en media docena de pisos en la madrugada de los jueves. En
los 90 no llegaría un ejército para detener las hordas de estudiantes
que se entregaban a la fiesta y que improvisadamente cortaban el tráfico
al no caber ni en los bares ni en las aceras. «Llevo 30 años trabajando
en la noche y nunca la vi tan muerta», ha dicho Mamés Garfias,
disyóquey que desde la cabina de la discoteca Liberty vio pasar a varias
generaciones universitarias. Desde hace más de un año este céntrico y
amplísimo local, referente en las noches locas de Compostela, está
cerrado a la espera de que regresen los tiempos de la muchedumbre.
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