20140713

Aquellos maravillosos años

no hay dinero: no hay estudiantes, y éstos tampoco tienen futuro,

luego está la hipertrofia legislativa, permisos, tasas y licencias.. todo eso se paga y todo eso repercute en el precio final..

disfruten lo votado..


Aquellos maravillosos años

La cifra de estudiantes universitarios se desplomó un 40 % en quince años

El desplome de la matrícula de estudiantes afecta a negocios que vivieron de los universitarios y a la movida nocturna durante la semana, que casi ha desaparecido

No es la época de Carmiña y Gerardo, los protagonistas de La Casa de la Troya, que hoy estarían desubicados en Compostela. Muchos de sus colegas estarían esparcidos por los campus gallegos y el ambiente estudiantil perdería muchos enteros. Esa merma ambiental es la que notan hoy muchos empresarios que viven de la Universidade, y es acorde con el declive estudiantil. El dueño de Casa Román, un popular restaurante que se nutrió de los universitarios durante 32 años y tuvo que echar el cierre recientemente, comentó con tono luctuoso que apenas quedan jóvenes que hacen vida en Santiago.

Y muchos colegas comparten su tesis, y la sufren. Los comedores se van vaciando del bullicio proveniente de las aulas. Antes de Casa Román no tuvo más remedio que ponerle el candado otro espacioso establecimiento poblado de educandos, el Rey David. Era también un punto de referencia y su muerte fue una crónica anunciada para otros establecimientos de similar vocación.

Algunos supieron reconducir el rumbo y orientarse hacia otra clientela bastante fija, como son los peregrinos. Lo ha hecho, por ejemplo, Casa Manolo, situado cerca de la Praza de Abastos, que mudó las filas estudiantiles por las de romeros ansiosos del menú asequible. Casa Calo, que redujo sus menús hasta la mínima expresión, le dio el turno a los obreros y luego a la nada. ¿Y dónde va el arroz a la cubana que los chicos se zampaban en Cardenal Payá? La lista no es corta.

Pero la propia rúa do Franco, símbolo de la vida estudiantil, ha perdido cualquier signo de identificación con la explosión de las aulas, inmersa en su vocación turística. Un grupo de hosteleros ha querido rescatar esa tradición tacera y universitaria, compatibilizándola con los visitantes, y en ese empeño aún anda.

Y es que, como lamenta el dueño del fenecido Casa Román, muchos estudiantes se han ido pero bastantes otros, gracias a los medios de locomoción actuales, hacen vida diaria en sus localidades en vez de en Santiago. Las pensiones estudiantiles se codean a precios económicos por la supervivencia.

Pero no son solo la hostelería y el hospedaje quienes lloran la depresión universitaria. El tejido económico de la ciudad está salpicado de negocios con insuflación estudiantil. Xaquín Mato, que regenta una papelería en el Ensanche y es presidente de la asociación de vecinos de la zona, ha visto mucha juventud entrando y saliendo del local en sus buenos tiempos. Pero «a xente das facultades xa non compra. Isto xa non ten nada que ver co de hai quince anos». Caso curioso es que hasta hace unos pocos cursos Mato denunciaba el jaleo provocado por los chicos en las galerías hosteleras de la zona, a menudo insufrible. Y hoy ve casi deprimido que «so ves a catro ou cinco rapaces por alí». En su entorno hay otros negocios con ambiente estudiantil. En la línea de otros empresarios cree que «os estudiantes vanse a diario ás súas casas porque lles sae más rentable que vivir aquí». Él, entre tanto, resiste: «Aguanto para non pechar».

Sin noticias de la movida

Lejos quedan las escenas dominicales de las tardes de los 80 y 90, con miles de chicos y chicas llegando a sus pisos y residencias para pasar la semana cargados con sus cajas de plástico con comida casera. Y las colas en los locutorios telefónicos. Y por supuesto, la movida nocturna por la semana, que ha desaparecido literalmente. En alguna víspera de festivo se oye algo de algarabía, y la policía suele actuar de aguafiestas en media docena de pisos en la madrugada de los jueves. En los 90 no llegaría un ejército para detener las hordas de estudiantes que se entregaban a la fiesta y que improvisadamente cortaban el tráfico al no caber ni en los bares ni en las aceras. «Llevo 30 años trabajando en la noche y nunca la vi tan muerta», ha dicho Mamés Garfias, disyóquey que desde la cabina de la discoteca Liberty vio pasar a varias generaciones universitarias. Desde hace más de un año este céntrico y amplísimo local, referente en las noches locas de Compostela, está cerrado a la espera de que regresen los tiempos de la muchedumbre.

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