que Rajoy era un inútil estaba claro desde el momento en que perdió dos veces contra otro analfabeto integral como Zapatero, así que el "problema" en el PPartido PPodrido no puede venir por ese lado, y nadie puede decir que no lo sabía.. y menos dentro de su propio partido.. otra cosa es que sean traidores y desertores buscando una poltrona para seguir buscando "el bien de la sociedad".. lo cual sin duda es sobre-cogedor..
el "problema", en general, es que el PPartido PPodrido está lleno de imputados, de corruptos, de sobre-cogedores que ya han sido señalados por la Justicia (y eso que la "justicia" en hispanistán merece un tomo aparte, lo mismo que la propia "democracia")..
disfruten lo votado..
"El problema se llama Rajoy": maniobras en el PP para buscar un nuevo candidato a las generales
¡Pero
cuántas ratas había en este barco! Un veterano diputado del PP,
marianista por más señas, se hacía cruces esta semana al contemplar el
panorama de traidores y desertores que empiezan a aparecer en su
partido.
De la noche a la mañana, acollonados por el juez Ruz, el rosario de
imputaciones, la cuerda de presos y maleantes y, como colofón, la
intensa rumorología sobre el CIS aviesamente difundida desde algunos
despachos estratégicos, una gavilla de héroes del silencio, de
tontilocos culiparlantes, de estómagos agradecidos y cerebros ralos, han
dado en concluir que el principal problema que nos acogota no es el de
una democracia debilitada, una transición traicionada y una Justicia
contaminada. El problema se llama Rajoy. Y así lo espetan, quedamente,
por los pasillos ocultos del Congreso, por los abrevaderos de lujo
madrileños, por los saloncillos del poder.
No se trata de una campaña, ni de una ofensiva, ni de una conjura,
siquiera menor. Nadie osa, formalmente, poner en cuestión al líder del
partido que, no se olvide, goza de una mayoría absoluta en el Parlamento
de la que carecen sus principales homólogos europeos, incluida la
todopoderosa Angela Merkel. Pero brujulean como comadres esparciendo
dudas, incógnitas y... cizaña.
El dedo de la 'divina providencia'
De pronto, en el PP, empieza a tambalearse el tabú de la intangibilidad
de Rajoy, del culto del líder máximo, del sagrado respeto a quien le
deben todo, la mayoría, el Gobierno, el despacho, el salario, la
ocupación... y circula, aún de manera incipiente, la especie de que 'con
Mariano no ganamos' y 'hay que cambiarlo todo".
Algunos de los receptores de este mensaje, veteranos en el partido,
recuerdan que estos intrigantes no advierten que ellos serían los
primeros en caer. "Le deben todo lo que son y ahora incluso juguetean a
defenestrarlo". Nada serían (ahora, al menos, gozan de la categoría de
monigote) si el dedo de la 'divina providencia' marianil no les hubiera
sentado en la poltrona.
Se han aferrado a las difusas palabras de Esperanza Aguirre (a la que
detestan) pronunciadas esta semana en lo de Carlos Herrera, "vamos a ver
qué se plantea, no avancemos las cosas", para concluir que ya se ha
dado el pistoletazo de salida en la carrera por la sucesión. La
presidenta de Madrid respondió con escasa habilidad a la pregunta sobre
la posible candidatura de Rajoy a las generales. Unas horas después, el
propio presidente obvió esas palabras y le mostró su total apoyo, luego
de espetarle aquello de que "Esperanza se equivocó como yo y como todos
los que estamos aquí". Ecos de Granados y de Bárcenas, por supuesto.
Ambos dirigentes del PP están salpicados por el mismo mal: haber
nombrado, apoyado y mantenido en el cargo a personajes impotables pese a
las carretadas de evidencias en su contra.
Los restos del naufragio
'Podemizados' y acollonados, buscan a alguien que pueda salvar los
restos del naufragio, que oriente la nave hacia las rompientes de las
urnas con cierta garantía de supervivencia. Asumida la máxima de que no
hay más futuro que una legislatura de gobierno compartido con el PSOE,
es decir, la gran coalición, apuntan algunos nombres que ejercerían esa
función de buscar el consenso con los socialistas sin grandes
dificultades.
Ponen sobre la mesa el nombre de Alberto Núñez Feijóo, un clásico en la
figura del delfín, querido por el partido, de gestión impecable en
Galicia y de imagen moderna alejada de las trampas de Madrid. Tuvo algún
resbalón con un asunto incómodo, pero logró zafarse del oprobio y
mantener su perfil de 'mirlo blanco', al decir de los estrategas
políticos. "Me repugna", dijo el presidente gallego al estallar el caso
Bárcenas, cuando nadie en el PP osaba abrir la boca.
Consciente de que el run-run empieza a cobrar cuerpo en algunos
estamentos de su partido, Feijóo salió el miércoles como una bala para
despejar todas las sospechas: "El candidato a las próximas elecciones es
sin duda Mariano Rajoy". Y no hubo más. Cierre de filas absoluto con su
presidente.
Soraya, dechado de perfecciones
En busca del sucesor, también miran hacia la Moncloa, donde la figura de
Soraya Sáenz de Santamaría crece, con un espectacular espaldarazo tras
la crisis del ébola. Joven, eficaz, laboriosa, figura fiel e
imprescindible del presidente, Soraya aparece ahora como un inmaculado
dechado de perfecciones. Ni siquiera los papeles de Bárcenas le han
contaminado. Una ventaja con relación a Dolores Cospedal, la otra
columna en la que se apoya Rajoy y que mantiene a duras penas la moral
del partido en estos tiempos de descomunal zozobra.
A Sáenz de Santamaría la meten estos días en todas las quinielas.
Primero, como aspirante a la alcaldía de Madrid. Ahora como excelente
cabeza de lista en unas generales. Incluso deslizan que en Zarzuela no
ven mal la apuesta. ¿Si el rey abdicó, por qué no va a hacerlo Mariano?,
argumentan. En las próximas generales, además, el candidato del PP
tendrá que vérselas con Pedro Sánchez o con Susana Díaz y, por supuesto,
con la alegre turba de Podemos, que va a movilizar el voto joven en
forma reseñable. Argumentan estos maniobreros que Rajoy es de otra
época, de otros tiempos y que, además, representa mucho de cuanto ahora
se rechaza y hasta se detesta. Muchos de nuestros votantes han dejado de
creer en Mariano, te dicen estos trapisondistas peperos.
Argumentan estos maniobreros que Rajoy es de otra época, de otros
tiempos y que, además, representa mucho de cuanto ahora se rechaza y
hasta se detesta
La serenidad y la virtud
La mítica parsimonia de Rajoy, su inaudita templanza, su inconcebible
sangre fría, ya no es virtud sino pecado. "Tanta serenidad es dolor",
decía el inmenso Claudio Rodríguez. Cierto que la economía no remonta lo
suficiente, que los retoques fiscales de Montoro no convencen, que el
paro afloja pero no basta, que el asunto catalán sigue incendiado, que
la corrupción no toca techo. Y que cada vez hay más gente que no
advierte signos de liderazgo en el inquilino de la Moncloa.
Se anuncian medidas de regeneración democrática, se airean planes
reformistas (los mismos que hace un año) se avientan iniciativas sobre
la transparencia. Más vale tarde... Hay quien reclama cambios en el
equipo de Gobierno, tan abrasado y yermo, para remontar hasta las
generales. Pedro Arriola, el gurú de Rajoy, ha basado toda la estrategia
del partido en el miedo a Podemos. Pero el problema es que mucho voto
tradicional del PP no abandona su abulia, su fastidio, su hartazgo. De
momento, ni siquiera el temor a un cambio radical le conmueve. En las
autonómicas se verá.
Rajoy nunca ha hablado de si acaricia la idea de volverse a presentar a
las presidenciales. En su entorno familiar y en su círculo de amistad,
netamente gallego, se sugiere que está algo fatigado. Pero de ahí no
pasan. Nadie en el partido duda de que intentará repetir mandato. Ocho
años es la norma no escrita para permanecer en la Moncloa. Estos son los
planes. Y no serán estos urdidores de insidias, quienes le hagan
cambiar de opinión.
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