20181105

Julio Verne - París en el siglo XX

una obra que el editor rechazó por "presentar una visión demasiado tétrica y oscura del futuro".. veamos.. un fragmento:


-Amigo mío -le preguntó, ruborizándose-. ¿Qué piensas de las mujeres?

"Así que era eso", se dijo el pianista, que no respondió.


Michel insistió con su pregunta, enrojeciendo aún más.


-Hijo mío -respondió, muy serio, Quinsonnas, interrumpiendo el trabajo-, es muy variable la opinión que podemos tener nosotros, los hombres, de las mujeres. No creo por la mañana lo que creo por la tarde; la primavera agrega a este tema otros aspectos que el otoño; la lluvia o el buen tiempo pueden modificar en mucho mis doctrinas; mi digestión, en fin, puede tener una influencia indudable en lo que yo sienta al respecto.


-Eso no es una respuesta -dijo Michel.


-Hijo, deja que te conteste con otra pregunta. ¿Crees que todavía hay mujeres en la Tierra?
 

-¡Claro que sí! -exclamó el joven.

-¿Y las has encontrado por ahí?
 

-Todos los días.
 

-Veamos, conviene que nos pongamos de acuerdo -precisó el pianista-. No me refiero a esos seres más o menos femeninos cuya finalidad es contribuir a la propagación de la especie humana y que se va a terminar por reemplazar por máquinas de aire comprimido.
 

-Bromeas...
 

-Amigo, hablo con toda seriedad, aunque ya sé que esto se puede prestar para algunas protestas.
 

-Vamos, Quinsonnas -replicó Michel-, seamos serios.
 

-¡No! ¡Divirtámonos! Pero, en fin, te repito mi propuesta: ya no hay mujeres, se trata de una raza extinguida, como la del ornitorrinco y los megaterios.
 

-Por favor, Michel...
 

-Déjame continuar, hijo mío; creo que antaño hubo mujeres, hace muchísimo tiempo; los autores antiguos hablan de ellas en términos formales; incluso mencionan que la parisiense sería la más perfecta de todas. Era, según los viejos textos y retratos, una criatura encantadora y sin rival en el mundo; reunía en sí misma los más perfectos vicios y las perfecciones más viciosas; era una mujer en todo el sentido de la palabra. Pero poco a poco se empobreció la sangre, decayó la raza, y los fisiólogos pudieron anotar esta deplorable decadencia en sus escritos. ¿Has visto cómo los gusanos se transforman en mariposas?
 

-Sí -dijo Michel.
 

-Bien. Fue al contrario: la mariposa se transformó en gusano. El andar acariciante de la parisiense, su gracia bien torneada, su mirada espiritual y tierna a un tiempo, su amable sonrisa, su cuerpo a punto y firme, dieron paso a formas alargadas, flacas, áridas, descarnadas y sin gracia, y a una desenvoltura mecánica, metódica y puritana. El talle se aplanó, la mirada se volvió austera, las articulaciones se anquilosaron; una nariz dura y rígida descendió sobre labios demasiado finos; el paso se alargó; el ángel de la geometría, antes tan pródigo en curvas atractivas, dejó a la mujer reducida al rigor de la línea recta y de los ángulos agudos. La francesa se ha vuelto norteamericana; habla con seriedad de asuntos serios, encara la vida con frialdad, cabalga sobre el magro espinazo de las costumbres, se viste mal y sin gusto, si hasta lleva sostenes de tela galvanizada que pueden resistir las mayores presiones. Hijo mío, Francia ha perdido su verdadera superioridad; las mujeres del siglo encantador de Luis XIV habían afeminado a los hombres; pero después se pasaron al género masculino y ahora no valen ni para la mirada de un artista ni para las atenciones de un amante...
 

-Caramba -exclamó Michel.
 

-Sí -replicó Quinsonnas-, observo que te ríes. ¡Crees tener algo bajo la manga que me va a confundir! ¡Ya me tienes preparada la pequeña excepción a la regla! ¡Bien! Verás que se confirma la regla, y punto. Mantengo lo que te he dicho. E iré más lejos: no hay mujer, de ninguna clase social, que no haya escapado a esta degradación de la raza. La coqueta humilde ha desaparecido; la cortesana, que era por lo menos tan tierna como audaz, ahora padece de grave inmoralidad; es falsa y tonta, pero gana fortunas en el orden y en la economía, sin que nadie se arruine por ella. ¡Arruinarse! ¡Vamos! Esa palabra ha envejecido. Todo el mundo se enriquece, hijo mío, menos el cuerpo y el espíritu humanos.
 

-¿Me estás diciendo entonces que es imposible hallar una sola mujer en esta época?
-Por supuesto. No hay ninguna menor de noventa y cinco años. Las últimas murieron con nuestras abuelas. Sin embargo...
 

-¡Ah! ¿Sin embargo?
-Algo se puede encontrar en el fauburg Saint-Germain; en ese rincón del inmenso París todavía se cultiva esa rara planta, esa puella desiderata, como diría tu profesor; pero solamente allí.
 

-Así que insistes en esa creencia -le dijo Michel, sonriendo con algo de ironía- de que la mujer es una raza extinguida.
 

-Pero, hijo mío, si los grandes moralistas del siglo diecinueve ya presentían esta catástrofe. Balzac, que sabía mucho, se lo comentó a Stendhal, en su famosa carta: la mujer, dice, es la Pasión y el hombre es la Acción, y por este motivo adora el hombre a la mujer. Pero ahora los dos son la acción y por eso no hay más mujeres en Francia.
 

-Está bien -dijo Michel-. ¿Pero qué piensas del matrimonio?
 

-Nada bueno.
 

-Pero dime algo.
 

-No me impresiona el matrimonio de nadie ni me importa el mío.
 

-Así que no piensas casarte.
 

-No, mientras no se establezca ese famoso tribunal que exigía Voltaire para juzgar los casos de infidelidad, un tribunal con seis hombres y seis mujeres y un hermafrodita que tenga el voto decisivo en caso de empate.
 

-Deja las bromas, por favor.
 

-No bromeo. ¡Esa sería la única garantía! ¿No recuerdas lo que pasó hace un par de meses en el proceso por adulterio que le hizo monsieur de Coutances a su mujer?
 

-¡No!
 

-El presidente preguntó a madame de Coutances por qué había olvidado cumplir sus deberes: tengo poca memoria, contestó ella. Y se la declaró inocente. ¡Y bien! Francamente, esa respuesta merecía ese fallo.
 

-Olvida a madame de Coutances -dijo Michel- y volvamos al matrimonio.
 

-Hijo mío, ésta es la verdad absoluta: si eres joven, te puedes casar. Pero una vez casado, ya no puedes ser joven otra vez. Hay entonces entre el estado de casado y el de soltero una diferencia espantosa.
 

-Pero Quinsonnas, ¿qué tienes, exactamente, contra el matrimonio?
 

-Esto es lo que te puedo decir: el matrimonio me parece una heroicidad inútil en una época en que la familia propende a destruirse, en que el interés particular empuja a cada uno de sus miembros por caminos diversos, en que la necesidad de enriquecerse a cualquier precio mata los sentimientos del corazón; antes, según los autores antiguos, todo era diferente; si hojeas los viejos diccionarios, te sorprenderá encontrar palabras como penates, lares, hogar doméstico, interior, la compañera de la vida, etc.; pero esas expresiones hace mucho que desaparecieron junto con las realidades que representaban. Ya no se utiliza; parece que antaño los esposos (otra palabra en desuso) mezclaban íntimamente su existencia; uno recuerda esas palabras de Sancho: ¡no es gran cosa un consejo de mujer, pero seria un loco si no lo escuchara! Y se lo escuchaba. Pero mira la diferencia: el marido de hoy vive lejos de su mujer; en la actualidad habita en el club, allí desayuna, allí trabaja, cena y juega, y allí se acuesta. Madame hace sus cosas por su lado. Monsieur la saluda como a una extraña, si es que la encuentra por casualidad en la calle; la visita de vez en cuando, aparece los lunes o los miércoles; a veces madame lo invita a comer, rara vez a pasar la tarde; en fin, que se encuentran tan poco y se tutean tan poco que uno llega a preguntarse si verdaderamente quedan herederos en este mundo...
 

-Esto es casi cierto -comentó Michel.

-Completamente cierto, hijo mío -insistió Quinsonnas-. Ha continuado la tendencia del siglo último: ya entonces se trataba de tener los menos hijos que fuera posible, las madres se molestaban si veían que sus hijas quedaban embarazadas muy pronto y los maridos jóvenes se desesperaban por haber cometido tamaña barbaridad. Por otra parte, hoy ha disminuido notablemente el número de hijos legítimos en beneficio de la multiplicación de hijos naturales; estos últimos ya son la mayoría; muy pronto serán los dueños de Francia y aplicarán la ley que impide la búsqueda de la paternidad.


-Eso me parece evidente -dijo Michel.


-Ahora bien, el mal, si esto es mal, existe en todas las clases sociales; advierte que un viejo egoísta como yo no condena este estado de cosas, sino que lo aprovecha; pero debía explicarte que el matrimonio ya no es el arreglo de antes, y que las llamas del himen ya no sirven para hacer hervir el agua en la olla. 

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