Del Mercedes de Kim Jong-il al gulag
Tras hacer carrera en una empresa norcoreana, Jung Gwang Il fue condenado a trabajos forzados
Jung Gwang Il pasó de conducir un automóvil Mercedes obsequio del «Querido Líder», Kim Jong-il, a un campo de trabajos forzados.
Nacido en 1963 en la ciudad china de Yanji, en la frontera con Corea
del Norte, pertenecía a una familia afín al régimen porque su abuelo
había ayudado a Kim Il-sung, el fundador de la patria, en su lucha
contra los japoneses en la Segunda Guerra Mundial.
Con siete años, Jung Gwang Il se refugió junto a su familia en Corea del
Norte para huir del caos en que había caído China durante la
«Revolución Cultural» (1966-76). A salvo de sus desmanes, fue al colegio
en Hoeryong, en la provincia de Hamgyong del Norte, y luego ingresó en
el Ejército norcoreano, donde hizo la mili obligatoria de diez años y se
reenganchó para ascender a teniente.
Como oficial, trabajaba en una empresa estatal que tenía 170 empleados y
ocho barcos pesqueros y vendía bacalao en China, que él mismo
transportaba cruzando la frontera mientras la «Gran Hambruna» se cobraba
dos millones de vida en los años 90.
«Nos compraban la tonelada a 300 dólares y luego se la revendían a los
tratantes de pescado surcoreanos por 1.200 dólares», explica a ABC Jung
Gwang Il, quien decidió romper las normas y saltarse al intermediario
chino. «En sólo 16 meses, conseguí un beneficio de 700.000 dólares para
la empresa estatal y me regalaron un Mercedes E-300 con una plaquita en
el salpicadero diciendo que era un obsequio de Kim Jong-il», rememora
con una sonrisa amarga en el rostro.
Falsa confesión
Pero su buena vida acabó en julio de 1999, cuando el intermediario chino
lo denunció como venganza por haber perdido el negocio y los agentes de
la Seguridad del Estado lo acusaron de espionaje por haber tenido trato
con un surcoreano.
«A base de palizas en una celda subterránea, que me dejaron sin dientes,
me arrancaron una falsa confesión y en abril de 2000 fui condenado a
tres años de trabajos forzados en el campo número 15, en Yodok, donde
los prisioneros teníamos que cultivar la tierra para recibir 600 gramos
de gachas de maíz al día», desgrana durante su relato Jung Gwang Il, que
pesaba 75 kilos cuando fue arrestado y en menos de un año se convirtió
en un esqueleto humano de 38.
«En Yodok, donde los padres le arrebataban la comida a sus hijos para
sobrevivir, no hacía falta la violencia para matar a los prisioneros,
que morían de hambre cuando no podían terminar el trabajo asignado y les
reducían las raciones. Con cada vez con menos comida y más débiles para
tan dura labor, no tardaban en fallecer», se lamenta el exmilitar
norcoreano, que sobrevivió a tal infierno sin poder comunicarse con su
familia durante esos tres años.
Tras su liberación, descubrió que su esposa y sus dos hijos habían huido
a China con la ayuda de unos parientes. El 30 de abril de 2003, él
también desertó cruzando el río Tumen. Tras reencontrarse con su
familia, que pensaba que había muerto, reunió unos 6.000 euros para
comprar pasaportes falsos con los que viajar a Camboya y pedir asilo en
la Embajada surcoreana.
Jung Gwang Il ha rehecho su vida, pero «incluso a salvo en Seúl, adonde
llegué el 22 de abril de 2004, tengo pesadillas con el campo de
concentración».
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